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Verdad y posverdades en la exitosa serie sobre el drama de Chernobyl

La miniserie de HBO, considerada por muchos la mejor de la historia, presenta distintas aristas de análisis. Uno de ellos es cómo la crítica la recibió y cómo interpretó su mensaje político y social.

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Ficción. Por momentos, Chernobyl se ajusta al relato pormenorizado de los hechos. La historia se ve reflejada a partir de un relato construido cuidadadosamente. | Foto Web

El éxito rotundo de la serie de HBO Chernobyl marcó la agenda de los medios inmediatamente. Casi todos los diarios y medios en general publicaron algo al respecto. La rutina periodística exige cubrir rápido el tema, no siempre, claro, con los mejores resultados. Hubo diarios argentinos (a los que solo haré referencia, no voy a comentar los extranjeros, salvo uno español) que dieron noticia detallada de cómo sucedió la tragedia de la central nuclear el 26 de abril de 1986 en Ucrania. Incluso, recurrieron a viejas notas de archivo de esa época; otros se preguntaron cómo está el lugar hoy y utilizaron notas sobre el turismo nuclear (sí, hay gente que visita en un tour zonas que todavía tienen alta radiación); otros hablaron de cómo, en la vasta zona de exclusión, se diversificaron las especies animales e incurrieron en la observación de que la naturaleza prospera donde no está el hombre (algo que, a esta altura, con el daño que le hemos hecho al planeta, ya lo tenemos bastante claro) pero, en estos artículos, no se pregunta si esos animales contienen radiactividad.

Hay diarios que usaron la variante “yo estuve ahí” y escribe un periodista que cubrió los hechos, poco después de 1986 o entrevistan a la única sobreviviente que vive en la Argentina y que era una niña en el momento del desastre; hubo algunos diarios que se preocuparon de por qué las computadoras que usaban los rusos en la serie eran tan viejas o de las imágenes fantasmales de la desdichada ciudad de Prypiat, donde está todavía la central nuclear. Finalmente, no olvidemos a los que se preguntaron si algo así podría suceder en la Argentina (¿alguien tiene dudas?).

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Crónicas del futuro. De lo mucho que leí y vi en los medios de comunicación esta semana, rescato la entrevista que hizo el diario español El País a la Premio Nobel de Literatura 2015, Svetlana Aleksiévich, periodista y escritora biolorrusa, autora del libro Voces de Chernobyl. Crónica del futuro escrito en 1996, diez años después de la explosión nuclear más grande de la historia (junto con Fukuyima en 2011, dicen algunos). El libro consiste en el testimonio de los sobrevivientes de la tragedia y conmueve y fascina, como toda la literatura de la autora. Su última obra traducida al español es El fin del “homo sovieticus” y allí explica muchas cuestiones de fondo que se ven en la serie y que, entonces, pueden comprenderse desde otra mirada.

Voces de Chernobyl de la gran Svetlana sirvió de base a ocho o nueve historias que se cuentan en la serie (para lo cual hasta firmó contrato con HBO que “olvidó” ponerla en los créditos). Por ejemplo: la de la esposa del bombero que estuvo con él hasta su muerte y que con eso causó la muerte por radiación del bebé que estaba esperando; la de la matanza de perros y gatos domésticos; la de los evacuados y de los más de 600 mil “liquidadores” que limpiaron con riesgo de sus vidas la zona de exclusión, la de los pilotos de los helicópteros. Interesante que todos los testimonios del sufrido pueblo de la agonizante URSS insistan en que las autoridades les ocultaban información y les importaba más evitar una mala imagen del Soviet que el bie-nestar de su propia gente.

La CIA, Putin. Digo esto, porque en las redes sociales también se habla del tema. Algunos recuerdan la extraordinaria película Silkwood protagonizada por una joven Meryl Streep en 1983. Allí se narran hechos de contaminación en una central de EE.UU. que son “borrados” por los interesados. Esto nos lleva al tema de los que leyeron la serie como una mera propaganda occidental contra el régimen soviético. Adelanto, no entendieron nada. La profundidad, la belleza y el homenaje al valor de los hombres y mujeres que se jugaron la vida por salvar a los otros conciudadanos, muy probablemente, solo habría sido posible, si el pueblo soviético no hubiera puesto su deber moral por sobre su interés personal. Eso tiene mucho que enseñarnos. El gobierno de Putin tampoco entendió nada y ahora está haciendo una serie para decir que la culpa de la explosión fue de un agente de la CIA que saboteó el reactor 4. Ni los rusos independientes, que recibieron muy bien el programa de HBO, pueden creer eso. Putin sigue en la Guerra Fría.

Mitos y verdades sobre la catástrofe nuclear en Chernobyl en 1986

Ultimo artículo periodístico que destaco: el de Mariana Enriquez para Página/12. La pregunta central es la que nos hacemos muchos: ¿por qué el éxito de Chernobyl ahora? La autora lo asocia a la época de posverdad y noticias falsas en las que vivimos o, podríamos agregar, en lo que llama el periodista y filósofo Miguel Wiñaski, tiempos de “posmoralidad”, cuando la ética no importa. Es muy acertada la observación de Enriquez. En la serie, las últimas palabras del protagonista, el profesor Legasov son: “¿qué precio tendrá la mentira?”. Los argentinos sabemos bien qué precio pagamos por vivir rodeados de negadores de la verdad, de fabuladores, de idealistas sin memoria y de políticos, carentes de la mínima noción de verdad.

Me detengo ahora en un breve análisis de la miniserie de cinco capítulos y del porqué de su gran repercusión. Empiezo por lo segundo. Vivimos en una época en que la juventud, antes que nadie, tomó conciencia en lo destructiva que es la humanidad para el planeta. Esos jóvenes conocen Chernobyl por primera vez y comprueban el horror de cómo la negligencia por la vida en general desata la catástrofe. Vivimos en una época en que se miente abiertamente sobre el calentamiento global. El presidente Trump rechaza las energías renovables (de hecho, confunde los molinos de Don Quijote con las turbinas eólicas) para apoyar a los petroleros que están aniquilando el Golfo de México con los derrames de sus oleductos.

Vivimos una época, en que las estadísticas son manipuladas o negadas (recordemos el “no contamos a los pobres para no discriminarlos” de un ex ministro que ahora quiere gobernar la provincia de Buenos Aires). Los soviéticos no contaron cuántos muertos hubo. Esa fue la mejor forma de asegurarse, como se dice en la serie, que nunca sepamos cuántas fueron las víctimas. El gobierno de Gorbachov y los sucesivos insisten en que solo hubo 31 trabajadores de la central y de los bomberos muertos. Sin embargo, los distintos informes científicos hablan de entre 4 mil y 93 mil víctimas, que incluyen a los niños que murieron de cáncer de tiroides por la radiación o de los que nacieron y siguen naciendo con malformaciones. Definitamente, vivimos en una época, en que las “malas noticias” son rechazadas por un grupo u otro, según les plazca. Serrat decía: “Nunca es triste la verdad. Lo que no tiene es remedio”.

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Perestroika. Algunos logros de la serie: la forma en que está contada (la narrativa o storytelling, como se dice ahora). El tiempo se maneja con anticipaciones y vueltas al pasado que nunca entorpecen la comprensión del relato. Cualquier cambio temporal tiene un fin claramente explicativo. Otro aspecto por resaltar: la recreación minuciosa de la URSS en los años, en que comenzaba la Perestroika. Parece que el mismo Gorbachov dijo que Chernobyl fue el inicio del fin. Importa más que lo digan los cientos de sobrevivientes que Aleksiévich entrevistó para su libro y que ahora no puede visitar Rusia por miedo a los que la acusan de traidora.

La serie muestra maravillosas y bellísimas escenas, en las que conmueve el heroísmo de la gente común: los bomberos, los mineros, los soldados, los “liquidadores”, los miles que vivían en la zona de exclusión y que debieron ser evacuados, las enfermeras, los médicos. También, el personaje del burócrata que es quien mejor evoluciona en la trama y se aleja minuto a minuto del estereotipo: Boris Shcherbina, representado por el actor sueco Stellan Skarsgard. A eso agreguemos: los roles fundamentales, actuados impecablemente, por los actores ingleses Jared Harris como Legasov y Emily Watson (personaje inventado para representar, en una mujer, a todos los científicos que trabajaron para paliar los daños de la catástrofe). No está de más recordar que, en la URSS, las mujeres tuvieron igualdad con los hombres, algo muy avanzado para nuestros tiempos, en los que seguimos luchando para que nuestras voces y nuestra dignidad sean respetadas.

Chernobyl es extraordinaria. No es un documental. Es una ficción que narra hechos que sucedieron con una mirada profundamente humana y que propone un mensaje claro: volvamos a la verdad, volvamos al heroísmo, volvamos al amor por la patria, volvamos a pensar en el prójimo antes que en nosotros, volvamos a enfrentar a los poderosos y corruptos. Pero, sin dejar de lado nunca lo que nos hace lo que somos: personas, dignas de respeto. Por último, respetemos la naturaleza y sus leyes, respetemos el valor de los científicos de buscar la verdad, respetemos este mundo bello que se nos dio poblado de especies animales y vegetales para que lo cuidemos. Para eso se nos dio el mundo. Chernobyl nos interpela fuertemente: ¿qué hicimos con tanto regalo? Porque la maravilla de la Tierra no fue nuestro mérito.

*Escuela de Posgrado de Comunicación. Universidad Austral.