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ESPECTACULOS / Arte independiente
viernes 8 junio, 2018

Espacios teatrales que no funcionan como negocio

¿Podemos decir que un hecho artístico aislado es un hecho artístico? Yo creo que no.

Javier Daulte

Periferia. El autor, que estrenó Siniestra, señala la importancia de que el teatro independiente sobreviva. Foto: duche zarate

¿Podemos decir que un hecho artístico aislado es un hecho artístico? Yo creo que no. Cuando se habla de una renovación en un área del arte en una determinada comunidad, no es porque haya surgido un nuevo artista plástico que a todos sorprende, o un novelista al que nadie conocía y encabeza las ventas en las librerías, o un actor que descuella inesperadamente con su inventiva forma de interpretar.

Cuando hay una renovación en el arte siempre corresponde a una movida, a un fenómeno que envuelve de algún modo, sino a todos, a muchos. Es el caso del Impresionismo, el Dadaísmo o el Surrealismo, por poner algunos ejemplos. Cuando se producen novedades artísticas estas novedades encarnan en un colectivo de artistas.

Lo mismo pasa con las salas teatrales. Cuando Miguel Angel Solá, Alicia Leloutre y Juan Leyrado adquirieron el predio donde hoy está el Espacio Callejón y le dieron inicio a ese proyecto que se llamó por entonces El Callejón de los deseos, nunca pudieron imaginar que serían (junto con el desaparecido Babilonia) los pioneros fundadores de lo que hoy es uno de los circuitos artísticos alternativos más potentes de Buenos Aires, y al que yo quiero bautizar como La República Cultural del Abasto.

La cantidad de espacios culturales en un reducido radio es impactante: El Abasto Social Club, el Beckett Teatro, el Teatro Ciego, El Cubo, el Espacio Callejón, La Carpintería, El Portón de Sánchez, La Tertulia, El Extranjero, El Tinglado, El Camarín de las Musas, Pata de Ganso, Habitándonos, Huella Teatro, el IFT, Sala Mediterránea, la Sala Ana Itelman, El Imaginario Cultural, La Vieja Guarida, el Auditorio Ben Ami, el Actor’s Studio… Y sin duda me olvido de unos cuantos. Por si esto fuera poco, hoy se está construyendo la nueva sala de El Teatro del Pueblo en el mismo barrio, en Lavalle entre Bulnes y Mario Bravo. Y éste es un hecho extraordinario que celebro particularmente porque en gran parte es gracias a El Teatro del Pueblo (y a la Fundación Somi, encabezada por Tito Cossa) que hoy puede haber esta proliferación teatral (y no solo en Buenos Aires. Pensemos que Tito Cossa fue el mentor de lo que terminó siendo el Instituto Nacional del Teatro, una institución única –creo– en el mundo, que se ocupa de fomentar y subsidiar la labor teatral independiente en todo el país).

Ninguno de los espacios mencionados funciona como un negocio. La inversión privada necesaria para crearlos y mantenerlos es enorme y si no fuera por el recién mencionado INT y por Proteatro y sus sistemas de subsidios, la mayor parte de estas salas desaparecería. Y estas salas, estos espacios, ya forman parte del patrimonio cultural de nuestra ciudad. Protegerlas es un deber que nos toca a los artistas y al Estado. El actual ministro de Cultura de la Ciudad está especialmente interesado en el fenómeno y se ha mostrado (y se muestra) atento a nuestras necesidades e inquietudes. Eso es auspicioso. Pero aún así la tarea no es sencilla. Las cuentas no cierran, los beneficios (cuando los hay) son magros y siempre se reinvierten, porque es larga la lista de tareas y trabajos pendientes de mantenimiento y mejoras.

Hablaba más arriba del colectivo de artistas. Y que sin ese colectivo no hay acontecimiento más allá de los aciertos aislados de tal o cual emprendimiento cultural y/o artístico.

Fue con ese espíritu de colectivo artístico que imaginé el proyecto que hoy me tiene más que ocupado en el Callejón y al que llamamos Teatro Líquido. Cinco creadores (Silvia Gómez Giusto, María Marull, Héctor Díaz, Paula Marull y yo) estamos desde el año pasado escribiendo cinco obras que también dirigiremos. Son obras con muchos personajes, son obras que no se ajustan a lo posible, sino que por el contrario, exceden, y mucho, lo que sería razonable en términos de producción y realización. Quizás la premisa de este proyecto es que no haya una respuesta lógica a la pregunta de: ¿por qué lo hacen? Sencillamente lo hacemos porque queremos hacerlo.

Creo que la única enseñanza que los artistas independientes pueden brindarnos es ésa: lo hacen porque quieren hacerlo. Y punto. Sin conveniencias ni intereses de ninguna especie. O como dice Alain Badiou: hay un interés sí, pero se trata de un interés desinteresado.

Es nuestra responsabilidad como artistas independientes bregar por la irresponsabilidad del arte. Por sus premisas absurdas. Por su no encajar en el sistema.

Son muchos los teatros de nuestro querido Abasto. Son muchos los artistas que circulan por esas salas. Eso es estimulante y contagioso.

Lo único que le pedimos a nuestros funcionarios es que nos cuiden. Y que cuiden a las instituciones creadas para cuidarnos. Porque es fundamental que esas instituciones se mantengan vigorosas.

Buenos Aires tiene el raro privilegio de ser la capital mundial del teatro hispanoparlante. Nadie pidió a nuestros artistas que esto así fuera. Pero como dijo una vez una querida amiga: yo no pedí que me dieran dos brazos, pero si me quieren cortar uno no lo voy a permitir. Sabemos por otro lado que el impulso que motiva a todos los que hacen arte independiente es misterioso. Los artistas independientes crean, imaginan, inventan. Nadie les pide que lo hagan. Pero cualquiera puede disfrutar del resultado de ese impulso. Se trata, por lo tanto, de una donación.

Debemos velar porque este estado de cosas continúe y crezca. Confío que así será.

*Director y dramaturgo, acaba de estrenar Siniestra. A cargo del Espacio Callejón.


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