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ESPECTACULOS / Sebastian Lelio
sábado 4 agosto, 2018

Historias de amor prohibidas

El director, ganador del Oscar –el primero para Chile–, asegura que les da lugar a las mujeres porque siempre desafían al sistema. Estrenó Desobediencia, sobre guión de Rachel Weisz, y de la escena más polémica afirma que solo buscó mostrar sus rostros.

Juan Manuel Domínguez

Sebastián Lelio, el héroe que le dio un Oscar a Chile y dirigió a Weisz y McAdams en Desobediencia. Foto: SONY

Cuando Una mujer fantástica ganó el Oscar a la Mejor Película Extranjera, Sebastián Lelio –que venía desde hace rato siendo el favorito en la categoría– se convirtió en el hombre que le dio su primer Oscar a Chile. El director confiesa por teléfono: “La felicidad del premio nace en parte porque me permitió darme cuenta de que, a diferencia de lo que muchos me decían, que me iba a abrir puertas, siento que por suerte he logrado con el tiempo contar lo que he querido. Historias que saben escuchar a sus mujeres, que miran a un rincón del mundo en un momento dado y desde ahí, desde quien es un outsider de ese mundo, se puede definir mucho. Pero no es definir lo que me interesa. Eso aparece por mi confianza en los actores, en las actrices”.

Lelio, cuando ganó el Oscar, ya tenía una película bajo el brazo y que hasta había sido estrenada en algunos festivales: Desobediencia, que se estrenó el jueves pasado en nuestro país. La película cuenta una historia de amor prohibido, que se da entre dos mujeres, basada en la novela de Naomi Aiderman, y tiene lugar en una comunidad judía ortodoxa en Inglaterra. Y se ha hecho tontamente famosa por una escena de sexo bastante gráfica entre las actrices Rachel McAdams y Rachel Weisz (también productora del film).

—“Una mujer fantástica”, “Gloria” y “Desobediencia”, tus últimas películas, logran contar historias de mujeres y ganan hoy un valor casi político; ¿fue esa siempre tu idea?

—No. Entiendo que se pueda leer así. Pero mi idea siempre es contar y encontrar el punto medio entre la actriz y su personaje, esa instancia casi documental donde la actriz trabaja su persona hasta un punto en que aparecen ambas. Eso es lo que busco, esa verdad. Y en estas historias, donde siempre pienso que estoy cruzando la raya, donde siento que quizás hablo muy directo de algo muy pequeño, aparece un desborde, y las películas llegan al imaginario colectivo. Pero yo creo en el cine. En el poder de una historia, de una actuación. En su poder de cambiar el mundo. Los temas que hoy son urgentes pueden no serlo mañana.

—¿Por qué entonces aparece una lectura política?

—No puedo negarla, pero no puedo decir que la busco directamente. Sí entiendo que las mujeres suelen estar en otro lugar en el cine, que suele ser más marginal. En mi cine han tenido el centro, pero eso no implica que no tengan un arco donde lo que importa son ellas, que no son panfleto. No creo en el cine político, que nos dice qué pensar. Entiendo que hay resonancias entre mis películas, pero no son creadas por una forma en la que busco que se lean. Para mí son documentos de un encuentro entre una historia, los actores y actrices y mi momento. Siempre tuve mujeres fuertes a mi alrededor. Pero es cierto que filmar a mujeres es político porque siempre deben desafiar al sistema. Por suerte el mundo ha decidido que no sea tan así.

—En “Desobediencia” hay una escena de sexo muy fuerte, y casi inusual para dos actrices como Rachel McAdams y Rachel Weisz. ¿Cómo lográs esa confianza en tus actrices?

—Es excepcional, seguro. Pero porque lo siento excepcional. Cuando Weisz se me acercó con el guión y la historia, me sentí muy halagado y aterrado. Pero en esa escena yo buscaba sus rostros. Porque en la abundancia de información sentimos que nada puede conmocionarnos. Y lo cierto es que quería que se vieran todos sus miedos, sus ganas, la desesperación y principalmente su conexión. ¿Cuándo puedes apreciar por su amor la conexión de dos personas en el cine sin caer en gestos, o abundancias o excesos de simplificaciones?

 

Un cine de actrices

—¿Hay mucha expectativa en lo que hagas ahora debido al Oscar (ahora se viene tu propia remake de Gloria, con Julianne Moore en el rol protagónico)?

—Sinceramente, desde que se estrenó Gloria siento que todo ha sido un sueño, algo de lo que me voy a despertar en algún momento. Pero siempre he hecho las películas que quise hacer. Así que no creo que eso cambie.

—¿Ha sido difícil hacer las películas que siempre quisiste hacer?

—Siempre lo es, para cualquier realizador. Ahora quizás esperan un poco más de mí. Pero honestamente no puedo decir que no. Siempre he hecho las películas que quise. Siempre he generado estos retratos que están, al menos eso siento yo, al servicio de las actrices. Siento que mi tarea es cuidar ese preciso cruce entre la ficción y el documental.

—Pero ¿te cuesta sentir el valor de tu cine?

—Claro que le veo valor. Pero siento que no sería correcto decir algo así. Realmente creo en el cine, y quiero hacer una buena película. Y quiero que esas películas sean vistas. Si no, ¿cuál es sentido de hacer cine? Creo que nadie que haga películas busca otra cosa que que su película sea vista. Al menos como primera instancia. Después hay muchas otras, que en mi caso no suele ser la política.


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