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ESPECTACULOS / JOSE CURA
domingo 10 diciembre, 2017

Por amor al Teatro Colón

El director, actor y cantante rosarino es el protagonista de la ópera Andrea Chénier en el primer coliseo. Afirma que los poetas siempre han sido conciencia de la sociedad.

Alfredo Mera

Ver a Cura. Para ver y oír al gran tenor hoy habrá función de la ópera Andrea Chénier a las 17, y luego el sábado próximo a las 20. Habla sobre la crisis actual. Foto: aballay

Nació en Rosario, y en 1992 debutó en Verona comenzando una carrera internacional como tenor interpretando papeles muy potentes. Vive entre España y las visitas a nuestro país siempre que puede y posee doble nacionalidad. Tras el debut del último martes en el Colón, noche en la cual cumplió 55 años, José Cura estrenó Andrea Chénier (ópera de Humberto Giordano en cuatro actos) y le queda por delante la función de este domingo a las 17, más las del miércoles y sábado próximo a las 20. Consagrado por su talento es vicepresidente de la British Youth Opera y en esta oportunidad eligió el trabajo, a pesar de que “Estas en teoría son las vacaciones que me iba a tomar para empezar con todo el año que viene y las estoy sacrificando por amor al Teatro Colón”, dice cansado, pero contento.

—¿Qué representa hacer “Andrea Chénier” en la actualidad?

—Las óperas basadas en revoluciones, más en la Francesa, son muy actuales. Chénier era un tipo políticamente incorrecto, que llamaba a las cosas por su nombre. Por eso le cortaron la cabeza. Un tipo que apoyó la Revolución cuando la consideraba justa, pero cuando vio que aquello que apoyaba se parecía mucho a lo que combatía, dijo basta. Hoy, cada uno se refugia en decir lo justo, por las dudas… Los artistas, sobre todo los poetas y compositores, siempre han sido “conciencia de la sociedad”. La primera aria es una canción de protesta del 1700. Ahora hablamos mucho de Bob Dylan, pero hoy te dan un Nobel por protestar, en la época de Chénier te cortaban la cabeza.

— ¿Cómo viviste que se retire Lucrecia Martel de la dirección de la obra?

—No lo viví dramáticamente porque no la llegué a conocer. Nos intercambiamos un par de mails de cortesía para conocernos un poco, pero no llegamos a trabajar. No es que la puesta avanzó hasta cierto punto y después hubo que avanzar de cero. Empezamos directamente sin Lucrecia. Más allá de los conventillos de pasillo, nadie llegó a entender lo que íbamos a hacer. Estamos muy bien, trabajando con Matías Cambiasso. Está todo en orden y a tiempo.

—¿Con qué Teatro Colón te encontraste?

—Con el de siempre. Los argentinos somos acomplejados y siempre pensamos que lo nuestro es lo peor, cuando los problemas están en todos lados. Puedo asegurar que el Colón comparado con la Scala de Milán es Disneylandia. Los teatros están en una sociedad y la sociedades están en crisis, al igual que la política, la economía o la educación. No podés en un mundo revolucionado pretender que los teatros sean satélites de paz, amor, justicia y belleza. Es una estupidez. Nunca fue, ni será y está bien que así sea. Si no, el arte pierde conexión con la realidad. Dicho esto, los teatros salen adelante cuerpeándola, como las sociedades.

—En “Andrea Chénier” sos intéprete. ¿Podés alejar al compositor y al director?

—No es que no podés, no debés. Toda esa riqueza que te da ser además compositor, te permite entender lo que estás ejecutando desde otra perspectiva… Por qué fue utilizado determinado acorde, por qué acompañan los metales y no las cuerdas. Ese entendimiento que te da el oficio de compositor y director, enriquece la interpretación. No hay que separarse, sino intentar que no estorbe. El peligro que tiene eso es que estás siempre analizando y opinando, incluso inconscientemente y nunca terminás siendo el personaje en el escenario. Durante los ensayos es muy útil.


“La distancia tiene bueno y malo”

“El reconocimiento afuera te emociona, pero te compromete menos. En Rusia me dieron lo que llaman el Oscar a la carrera musical. Me emociona, pero no me compromete socialmente con Rusia, por más que sea el primer artista internacional en recibirlo. En cambio, ser profesor honorario de la Universidad de Rosario, me compromete afectiva y socialmente –dice sobre el reconocimiento que acaba de recibir–.  Uno va opinando con la responsabilidad que da pertenecer a una institución educativa, con todo el peso que tiene esa palabra, aunque esté manchada.

—¿Con qué te encontraste en la universidad?

—La distancia tiene bueno y malo. No terminás de envenenarte con la situación diaria, pero tampoco de comprometerte. La universidad aquí tiene un “problema” y es que como hay poca competencia privada, hace que haya menos presión para ser eficaz. Los profesores son buenos, pero algunos están contagiados por un sistema que no es el ideal y no logran transmitirle a los alumnos lo que quisieran. Este es el germen de todo. Algunos salen de un huevo de Pascua, pero nuestros políticos en general, salen de nuestras universidades. Ni hablemos de la gran crisis mundial, de que los jóvenes entran en las universidades. Los estudios puede ser más o menos interesante, pero el susto es cuando salís. ¿Qué hacés?


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