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ESPECTACULOS / Paloma Herrera
sábado 6 enero, 2018

“Si sos bueno, vas a tener tu contrato renovado”

A punto de cumplir un año al frente del Ballet Estable del Teatro Colón, analiza su gestión como directora. La visita de Julio Bocca en 2018 y más funciones, entre sus logros.

Analía Melgar

Amores. Hace un año que está en pareja con el empresario Francisco Masiá. Foto: juan carlos ferrari

Es enero en Buenos Aires, y Paloma Herrera todavía trabaja ultimando detalles de lo que será la temporada 2018 en el Teatro Colón, antes de irse una semana a Nueva York –donde vivió 25 años y la esperan cuestiones administrativas para resolver y amigos para visitar– y luego una semana a Aruba, “donde no hacer nada, nada, nada”. La bailarina, ya alejada de los escenarios, es la directora del Ballet Estable del Colón desde febrero de 2017. A casi un año de haber asumido, parecería haber encaminado a este conjunto que ha sufrido repetidos, y nocivos, cambios de dirección, hacia cierta estabilización y prosperidad.

—¿Cómo analizás este año transcurrido?

—Intenso (se ríe). Agarré la temporada de una forma y haberla terminado con los desafíos que lograron los bailarines, con cantidad de funciones y giras, fue muy emocionante. Se logró todo contrarreloj. Por suerte, sirven la trayectoria y el nombre. Dejé de bailar, pero dejé una huella. Me puse en contacto con coreógrafos y repositores, y aunque era todo con un mínimo de tiempo, dijeron que sí porque los llamé yo. Eso es supergratificante. Hay que cambiar esa mala fama y desconfianza hacia el Colón. Y a los bailarines yo les decía: “Se van a hacer más funciones”; tal vez era difícil de creer, pero se fueron haciendo todas las cosas. La compañía cambió la dinámica de trabajo y ahora tiene un cuerpo listo para hacer lo que se necesite, con inspiración, adrenalina.

—¿Cuál es la distribución entre bailarines de planta y contratados?

—Hay cien bailarines (estables), de los cuales no todos pueden bailar. Durante 2017, hubo 27 refuerzos, con contratación por obra. Luego (el 11 de diciembre), se hizo una audición para 2018, en la que quedaron diez bailarines para toda la temporada (no solo por obra); muchos de los que fueron refuerzos quedaron contratados para la temporada.

—¿Cómo es decirle a alguien que no sigue más?

—Es durísimo, pero todos han venido, a mi oficina o después de la función, a decirme qué maravillosa experiencia había sido. Se fueron, porque en la audición había una edad límite (entre 16 y 25 años), y muchos de ellos no pudieron hacer la audición. Yo soy supertransparente. Les dije: “Teníamos presupuesto para 27. Luego, vino la audición; vino gente de afuera que era mejor. (Los que no quedaron) saben que están en la lista; este año vamos a necesitar mucha gente”. Trato de ser lo más justa posible. Nunca se fueron de mal modo, ni repentinamente.

—Hay, en el ámbito privado y el oficial, reclamos por los llamados “contratos basura”. ¿Esto existe en el mundo de la danza clásica y/o, puntualmente, en el Ballet Estable?

—No. Para mí no existe eso. Si sos bueno, vas a tener tu contrato renovado siempre. Yo siempre lo tuve así en el American Ballet y en todas las compañías de afuera. Para mí, no es contrato basura: estuve 25 años; no es basura, del tipo que “hoy estás, mañana no, y uno nunca sabe”. (En el ABT), si a alguien no le renovaban, era por algo. No son contratos basura: son contratos de trabajo, que no son estables. En el Colón, uno está estable hasta que se jubila; en el resto de los lugares no es así.

—¿Cómo fue recibido en la compañía que roles protagónicos fueran otorgados a jóvenes bailarines, y no a otros, de larga trayectoria en el Ballet?

—La gente que tiene algo especial es indiscutible. Al que cree “Ah, pero me lo merezco yo” le podés decir “Ok, si querés, ponete (a intentarlo)” (hace un gesto de que, en realidad, ni vale la pena)… Los roles no son algo a dedo. Eso es lo maravilloso del arte: se ve. Si alguien no funciona, aunque se ponga, se ve que es algo que no está bueno. Cuando los chicos (más jóvenes) me dijeron “gracias por la oportunidad”, yo les dije: “No, yo no hago nada”. Son ellos los que tienen el talento y hacen el esfuerzo. No es que yo tengo el poder; cuando vienen los repositores, eligen a los mismos; es el mismo ojo.

—En otras áreas del Colón, fuera del Ballet Estable, ¿has percibido cambios, despidos, en el personal?

—No sé… Sé que algunos contratos se bajaron para 2018, pero que yo sepa, no. Hay que preguntarle más a gente que está en el tema.

—¿Cómo recibiste el cambio de ministro de Cultura, el pase de Angel Mahler a Enrique Avogadro?

—Nadie me dijo nada; me enteré como todo el mundo. Trato de mantenerme fuera de todo lo político; lo mío es artístico. Lo único que quiero es que los bailarines estén lo mejor posible y que el telón se abra y haya magia. Trato de mover cielo y tierra para tener a los mejores maestros, el mejor repertorio. En esa lucha, tomo mucha responsabilidad: llamo por teléfono y pongo mi cara.

—¿Cuál es el estado actual del tema de las jubilaciones de los bailarines?

—Está el retiro voluntario, que mucha gente va a tomar, pero es un tema de recursos humanos; no estoy en eso porque trato de separar muchísimo lo administrativo de lo artístico. Ojalá pudiera hacer que los chicos cobraran cuatro veces más; ojalá pudiera lograr que saliera la jubilación y que mañana (mismo) la gente se pudiera ir contenta y liberar vacantes, pero no es algo que yo pueda hacer.

—¿Cómo surgió que Julio Bocca haya aceptado venir a reponer “El corsario” en abril, al Colón?

—Siempre estuve en contacto con él. Tenemos puntos de vista, una ética de trabajo parecidos. A principios de 2017, me invitó al Sodre a hacer el coaching de las primeras figuras en Don Quijote. Ahora, cuando salió a hacer Corsario, (la coreógrafa) Anne-Marie Holmes me dijo que no podía venir, porque no está viajando mucho, pero que podía venir Julio: cuando ella no va, lo manda a Julio. A mí me encantó la idea de que él viniera y me comuniqué con él. Va a venir, junto a Lorena Fernández, que ya montó la parte del cuerpo de baile en el Sodre. A mí me encanta poder trabajar con personas que son superprofesionales. La de él es una visita especial, si bien siempre tuvo contacto con la Argentina, mientras estuvo en el Ballet del Sodre, y también fue jurado en el Colón, en el concurso de 2016. Así que no es un regreso; viene como repositor, que es (una tarea) como de maestro, de contención.


La vida tras la danza

—¿Cómo percibís tu cuerpo ahora que no estás bailando en los escenarios?

—Estoy más relajada. Sigo haciendo mis clases de yoga, mis estiramientos; sigo sin tomar (alcohol), sin comer carne, torta ni chocolate, pero más relajada. Antes, si llegaba un plato con salsa de no sé qué, lo devolvía. Ahora, ¡no hay problema!

—¿Cómo está tu vida sentimental?

—Muy bien. Nos conocimos (con el empresario Francisco Masiá) hace un año; le tocó el lanzamiento de mi libro, de mi perfume. Cuando yo creía que podía ser directora, él me decía: “¡Qué genial, buenísimo!”. Así que cuando pasé días sin dormir, mandando mails y haciendo contratos y licencias, yo le decía: “Bueno, vos me dijiste que era una muy buena idea” (entre risas).

—Pudiendo descansar, ¿qué te mueve a hacer todo lo que hacés?

—Siempre me sentí muy afortunada, con mucha suerte. Bailar en el Teatro Colón, Barishnikov, llegar al American Ballet a los 19 años, llegar a principal, es más de lo que podía soñar. Estoy eternamente agradecida con la vida: necesito devolver. Es mi forma de hacer política: ayudar a otras personas. Cuando daba clases, había una chica de San Diego. Le dije: “Si venís a Nueva York, tomás una clase en el American, y le digo al director que te vea”. Así fue: vino, hizo la clase, hablé con Kevin (McKenzie) y ella quedó en la compañía. A esa chica le salvé la vida. Son esas pequeñas ayudas, como las que me hicieron a mí: fue Zaraspe (el maestro de ballet Héctor Zaraspe), que me dijo: “¿Por qué no vas a Nueva York?”.

—Pero ni el mundo ni el Colón son tan generosos…

—Hay cosas que me hacen daño, y trato de repararlas de alguna forma.

—¿Tenés una pertenencia religiosa?

—No creo absolutamente en nada. Es rarísimo, contradictorio, porque me levanto y doy gracias, pero no sé a quién.


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