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ESPECTACULOS / ‘Succession’
sábado 9 junio, 2018

Una familia despiadada en su lucha de poder y millones

La serie de HBO retrata las miserias cruzadas de un padre y sus hijos decididos a controlar un emporio de medios. Su protagonista, Brian Cox, lamenta que el mundo haya llegado a este punto gracias a la democracia.

por Diego Grillo Trubba

Disputas. Succession se centra en la familia Roy, dueña de un emporio multimillonario, y en cómo los cuatro hijos, cada uno con su estilo, deciden apurar la sucesión de su padre anciano, quien no desea ser reemplazado. Foto: HBO

Tal vez sea fruto de la casualidad o la costumbre pomposa del show business norteamericano –que, al fin y al cabo, posee presupuesto para hacerlo–, pero la decisión de HBO de realizar el encuentro de la prensa internacional con el equipo de Succession en el hotel Mandarin Oriental de Nueva York resulta acertada: es la escenografía ideal. A escasos metros de Columbus Cyrcle, empleados de seguridad que escudriñan sin perder la sonrisa gentil, lobby en el piso 35, habitaciones que van del 36 en adelante, vistas espectaculares incluso desde los baños con inodoros automatizados, gente que paga desde US$ 1.000 por noche para estar en un lujo tan refinado como impactante. Y es que la serie que debutó el domingo pasado trata sobre millonarios, más precisamente una familia encabezada por un magnate de los medios de comunicación y sus hijos, que no dudarán, siguiendo su ejemplo, de mostrar las mayores miserabilidades con tal de quedarse con el puesto principal. Se incorporan, así, a las ficciones que buscan mostrar el lado más negativo de los poderosos (ver recuadro).

“Esta familia está compuesta por hijos grandes”, analiza Jeremy Strong, uno de los protagonistas, “pero el padre con todo ese dinero los mantiene infantiles. Es una parte inherente de la riqueza y del poder, imagino. La persona que ha hecho una fortuna y amasado poder es alguien con fuego en el alma, pero sus hijos no tienen la misma necesidad, la misma fuente de energía, de deseo. Son adultos congelados en su infancia, y al mismo tiempo ven que él está envejeciendo y desean reemplazarlo. Tolstoi decía que ‘cada familia encuentra su modo particular de ser infeliz’, y en esta serie hay bastante de eso. En esta gente hay algo monstruoso. Hacen cosas crueles. Hay apetito en la sociedad, en el público, por saber de estas familias, por descubrir cómo son por dentro. La serie trata de mostrar por qué son como son. Algo que va más allá de verlos en helicópteros, en alfombras rojas en las pantallas de televisión o en revistas de ricos y famosos”.

En las ficciones en inglés, el apellido de los personajes suele poseer un significado extra. No es casual que alguien se llame White, por ejemplo, para resaltar lo “blanco” o puro. La familia de Succession se apellida Roy. Como royal, que refiere a la realeza. Cuando se le pregunta acerca de este posible lazo a Jesse Armstrong, el inglés creador de la serie asiente.

—Esta familia tiene mucho de realeza. Tienen eso por ser millonarios. Creo que, sí, hoy los millonarios son lo que en otro tiempo fue la realeza, esa cosa de vivir al margen del resto del mundo, con otras reglas y leyes. Soy inglés, y hace unas semanas vi cómo se detuvo todo por la boda real. Y la verdad es que la gente parece detener todo cuando se casan los multimillonarios, o cuando estos tienen hijos. En Inglaterra, la reina Elizabeth está en el trono desde hace muchísimo tiempo, y todos esperan y esperan que se retire y deje lugar a los que siguen. Un poco como esta familia”.

La lógica, entonces, parece ser mostrar cuán malos, cuán miserables pueden ser esos seres que habitan en la exclusiva cúspide de la pirámide social. El actor Alan Ruck se entusiasma con esa idea y agrega: “Son unas bestias particulares. Creo que con esta familia de millonarios lo que pasa es como pasaba con los Soprano. Uno sabe que son malos, uno sabe que cometen atrocidades, pero no puede evitar mirarlos, incluso quererlos. No es que sienta particular afecto por esta clase de gente, por lo que significan e implican para el resto del mundo, pero mi trabajo es entenderlos, ver qué es un problema para ellos. Tienen matrimonios arreglados por negocios, desconocen el valor de trabajar para subsistir, el amor ocupa un segundo plano en sus vidas. Son como una realeza, con todo lo malo que eso puede tener”.

El gran Brian Cox, que encarna al padre tiránico, aprovecha ser el de mayor edad y con una vastísima experiencia para hablar sin pelos en la lengua.

—Creo que no son muy distintos del resto de las familias. El show muestra cómo los hijos repiten los errores de sus padres. Parece algo de Buster Keaton, de personas que se resbalan siempre con la misma cáscara de banana. Y la historia es también acerca de cómo se relacionan padres e hijos: los padres nunca terminan de entender a sus hijos, y viceversa. Cuando magnificás ese conflicto normal al nivel de riqueza de esta familia, cuando lo exagerás por todo eso que tienen a su disposición, te das cuenta de que están bien jodidos, verdaderamente jodidos. No saben lo que es trabajar, lo que es el dinero, hacen todo por nepotismo, e irónicamente se convierten en una imagen de la actual administración –dice señalando la ventana, para dejar en claro que se refiere a las autoridades del territorio que lo rodea, a la familia Trump–. Son personas ridículas, que hacen estupideces por lo ricas que son. Es una serie muy oportuna. Es muy oportuno ver a esta clase de gente cuando tenemos esta clase de presidente y familia presidencial. El príncipe payasesco. Nadie podría escribir personajes como los miembros de esa familia presidencial en una ficción, porque los demás dirían que es algo exagerado, inverosímil. Te dirían “¿El millonario que encima es presidente está tuiteando insultos a las dos de la mañana? ¡Vamos! ¡No te creo!”. La tragedia es que hayamos llegado a este punto del mundo por el mejor sistema político, la democracia. Es una tragedia. ¿Cómo llegamos a esto? Por el voto. Estos tiempos me hacen recordar a Lewis Carroll: es como si estuviéramos viendo a través del espejo de Alicia, es todo inverosímil, una locura y una tragedia. Por eso habría que ver esta serie.

—Estoy escribiendo un guión de cine sobre Rupert Murdoch, y no es casual que haya hecho esta serie –dice Armstrong–. De todas formas, antes de que lo pregunten, Succession no es sobre la familia Murdoch. Es una familia inspirada en muchas familias de millonarios. Investigué mucho sobre la familia Disney y sobre los problemas internos que tuvieron, las muchísimas peleas que hubo.

El escritor suspira, revolea los ojos, mira hacia la ventana desde donde puede apreciarse el Central Park en su plenitud:

—La serie, creo, o al menos eso intenté hacer al escribirla, es mostrar cómo estas familias de millonarios han hecho todo para arruinarse a sí mismas en lo humano, y cómo en esa travesía se terminó por arruinar el mundo.

 

El gran simulador

El temor a que el ser real no responda a la idealización es grande, pero el escocés Brian Cox está, en su amabilidad, en su simpleza, muy por encima de las expectativas. Apenas descubre que soy de Argentina, me apoya la mano en el hombro y suelta que le encanta bailar tango, que incluso en la primera cita con su actual pareja la llevó a bailarlo y así deslumbrarla, y acerca la boca al oído para susurrar que teme ir a Buenos Aires y que se descubra que en el fondo es un bailarín mediocre.

Al expresarle admiración por haber sido el primer Hannibal Lecter en Manhunter, por haber compuesto a un Churchill brillante en la película homónima –en un trabajo mejor que el de Gary Oldman–, dice: “El arte de este trabajo es simular; me encantaría que eso de que los actores nos metemos en las profundidades del espíritu fuera cierto, pero la verdad es que no. Colgué en YouTube un video con un chico de 5 años, donde le hago hacer el “to be or not to be”. Y es estupendo, porque yo me siento ahí y el chico hace todo el trabajo (risas). Le digo dos o tres cosas para ubicarlo en la escena, y él enseguida entiende y simula. Esto es simular”.

Cuando se le pregunta por el carácter patriarcal de su personaje en Succession, confiesa: “Soy el peor padre que hubo jamás. Tengo dos hijos chicos, y pasé muchísimo tiempo lejos de ellos trabajando, y cada vez que volvía a casa los llenaba de regalos para compensar. Mi papá murió cuando yo tenía 8 años, y yo tenía una foto de él en mi bicicleta y la miraba todo el tiempo. Lo que aprendí de la paternidad era esa foto. Pero la paternidad consiste en lidiar con esos pequeños bastardos (risas)”.

 

Carentes de humanidad

Hay más ficciones que plasman en sus tramas las miserabilidades de millonarios. Algunos son imaginarios; otros, tristemente reales.

En Trust, que terminó hace pocos días en la pantalla de Fox, un Donald Sutherland que en cada escena recuerda cuán grandioso es como actor interpreta a Paul Getty, quien de la mano de sus empresas petroleras se convirtió en el hombre más rico del mundo. El retrato del magnate en la serie de Danny Boyle es terrible: avaro hasta el punto de instalar teléfonos públicos en su mansión, impiadoso ante el secuestro de su nieto, perverso como padre. Un hombre que parece carecer de cualquier atisbo de humanidad.

Mientras tanto, en el streaming de Netflix se destaca, en esta temática, la serie Billions. Allí, el multimillonario de las finanzas Bobby Axelrod es despiadado en los negocios, corrupto y corruptor y, por sobre todas las cosas, no tolera que nadie ponga en tela de juicio su imperio. La paradoja, quizás, es que este ser fruto de la imaginación de los guionistas se ha transformado en ídolo de Wall Street. Cosas que pasan.

*Desde Nueva York, invitado por HBO.


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