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INTERNACIONAL / MONARQUÍA
jueves 15 febrero, 2018

Dinamarca guarda un mes de luto por el Príncipe que soñaba con ser Rey

Enrique, consorte de la reina Margarita II, sufría demencia y murió a los 83 años. Sus restos serán arrojados al mar.

por Darío Silva

La princesa Margarita se casó con Enrique en 1967. Foto: AFP

La reina Margarita II de Dinamarca hizo gala de mucha paciencia en los últimos años ante la conducta de su marido. El príncipe Enrique no era un mujeriego, de hecho, fue un excelente esposo y la reina lo quería mucho. Pero tenía un problema: no se conformaba con ser un simple ‘príncipe’, sino que soñaba con ser rey. Enrique murió el pasado martes a los 83 años de edad sin haber visto cumplido su sueño de ser titulado “rey consorte”.

Enrique de Laborde de Monpezat, nacido en 1934, era un conde francés, de dudoso abolengo, cuando conoció a la bonita princesa Margarita, la hija mayor y heredera de los reyes de Dinamarca. Su vida cambió para siempre cuando se dio cuenta de que amaba con locura a la princesa. La boda se celebró por todo lo alto en 1967 y el matrimonio, que irradiaba felicidad en las revistas europeas, tuvo dos hijos: el príncipe Federico (futuro rey) y el príncipe Joaquín.

El príncipe llorón

Enrique (en francés, Henri) cambió su nombre por uno danés, Henrik, y renunció a su fe católica. Al principio cayó muy bien a los daneses, felices de recibir a un plebeyo en su moderna monarquía. Pero cuando su suegro, Federico IX, murió en 1972, todo cambió. Margarita se convirtió en la reina y Enrique no se convirtió en nada. Siguió siendo príncipe, un título que le había otorgado su suegro, y a partir de entonces, los celos del esposo real, sin una función definida en la Constitución, fueron en aumento.

El clímax de la mala relación llegó cuando el príncipe Federico creció: el heredero del trono tomó cada vez más obligaciones oficiales mientras su padre era relegado a un tercer plano. A nadie le importaba aquel curioso consorte que, pese al tiempo que había pasado, no había aprendido a hablar bien el danés, tenía costumbres demasiado extranjeras y prefería pasar la mayor parte de su tiempo en Francia. En Dinamarca, nadie lo comprendía.

La crisis estalló en 2002, cuando Enrique se “exilió” voluntariamente en su finca francesa y convocó a la prensa para quejarse abiertamente de su familia: en Copenhague, todos lo humillaban al relegarlo a un segundo plano, nadie le hacía caso y su opinión no le importaba a nadie. La prensa danesa lo criticó mucho, especialmente por estar celoso de su propio hijo, en lugar de orgulloso. Lo llamaban el “príncipe llorón”.

Desde entonces, una vez tras otra Enrique reclamó reconocimiento público y detonó una bomba publicitaria cuando pidió ser nombrado “Rey Consorte”, algo insólito en la monarquía danesa. Pacientemente, la reina Margarita II lo confortó con besos y abrazos en público, y quiso amigarse con él al darle otro título inaudito en Dinamarca, el de “Príncipe Consorte” (prinsgemal). A Enrique no le gustó nada y, declarándose en rebeldía, se retiró de sus obligaciones oficiales, dijo gracias y devolvió el título. Un papelón.

Los últimos berrinches, sucedidos el año pasado, convirtieron a Enrique en la persona más impopular de la monarquía danesa. A nadie en Dinamarca le cayó bien cuando, sin preámbulos, el príncipe se quejó de que su esposa le había faltado el respeto como marido al no darle un papel igualitario. Si la esposa de un Rey es Reina, argumentaba Enrique, entonces el esposo de una Reina debe ser Rey.

Funeral para un rey

Todo el mundo sintió pena por Margarita II: el hombre que ella amaba la abandonaba en sus últimos años y, para colmo, la castigaba anunciando con bombos y platillos que no quería ser sepultado junto a ella en la bonita tumba que diseñó. En el fondo, Margarita II prefería creer que los públicos ataques de ira y críticas de su esposo fueron causa de la demencia que sufría, diagnosticada a mediados de 2017.

Enrique murió el 13 de febrero sin ver cumplido su sueño, pero recibirá algunos honores correspondientes a un rey en su funeral. Siguendo su deseo, su cuerpo no será sepultado junto al de la reina Margarita, sino que será cremado. Una parte de sus restos serán colocados en los jardines de su querido castillo de Fredensborg, mientras el resto será arrojado al mar de Dinamarca. El país guardará luto oficial durante un mes. Los edificios gubernamentales y palacios reales pusieron sus banderas a media asta.

Una salva de 81 cañonazos fue lanzada el jueves desde el histórico castillo de Kronborg y el muelle de Holmens. El protocolo, sin embargo, cedió al otorgarle a Enrique un honor póstumo que solo reciben los reyes daneses: su féretro será expuesto en un catafalco durante tres días en la capilla del palacio real de Christiansborg. Nadie de la realeza extranjera asistirá a sus funerales, el día 20, que serán sencillos e íntimos. Solo la familia, sus amigos amigos y una mujer, Margarita II, para la que Enrique siempre fue el rey de su corazón.


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