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ELOBSERVADOR / una proclama historica
sábado 26 mayo, 2018

¿Qué pasó el 26 de mayo?

La historia ha cristalizado la celebración del 25 de mayo como la fecha inaugural de lo que sería la Argentina. Pero los acontecimientos del día siguiente muestran que la independencia no era aún una aspiración de los criollos.

Pacho O’Donnell *

Saavedra. Su presencia garantizaba la adhesión del principal poder militar de Buenos Aires. Foto: Joaquín Temes - CEDOC.

Concluidas las jornadas del 25 de Mayo con la designación de una junta de gobierno que presidía Cornelio Saavedra por ser el jefe militar de mayor poder en Buenos Aires, en clara prevención de que lo que sucedería era la violencia armada en contra de los defensores interiores y exteriores del rey de España, al día siguiente se generó una proclama a cargo de “la Junta Provisional Gubernativa de la Capital del Río de la Plata dirigida a los Habitantes de Ella y de las Provincias de su Superior Mando”:

“Tenéis ya establecida la Autoridad que remueve la incertidumbre de las opiniones, y calma todos los recelos. Las aclamaciones generales manifiestan vuestra decidida voluntad; y solo ella ha podido resolver nuestra timidez al encargarnos del grave empeño a que nos sujeta el honor de la elección. Fijad pues vuestra confianza, y aseguraos de nuestras intenciones. Un deseo eficaz, un celo activo y una contracción viva y asidua a proveer por todos los medios posibles la conservación de nuestra Religión Santa, la observancia de las Leyes que nos rigen, la común prosperidad, y el sostén de estas Posesiones en la más constante fidelidad y adhesión a nuestro muy amado Rey y Señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores en la corona de España: ¿No son estos vuestros sentimientos? Esos mismos son los grandes objetos de nuestros conatos. Reposad en nuestro desvelo y fatigas; dejad a nuestro cuidado todo lo que en la causa pública dependa de nuestras facultades y arbitrios, y entregaos a la más estrecha unión y conformidad recíproca en la tierna efusión de estos afectos. Llevad a las Provincias todas de nuestra Dependencia, y aun más allá, si puede ser, hasta los últimos términos de la tierra, la persuasión del ejemplo de vuestra cordialidad, y del verdadero interés con que todos debemos cooperar a la consolidación de esta importante obra. Ella afianzará de un modo estable la tranquilidad y bien general a que aspiramos. Real Fortaleza de Buenos-Ayres á 26 de Mayo de 1810”. Firmaban Saavedra, presidente; Castelli, Belgrano, Azcuénaga, Larrea, Paso y Moreno, los dos últimos como secretarios.

Como puede leerse, nada de independencia de España. Por el contrario, se reafirma “la más constante adhesión y fidelidad a nuestro muy amado Rey y Señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores en la corona de España”.

Es que Mayo, en un principio, fue la alianza estratégica de criollos ambiciosos que no toleraban las limitaciones que se les imponían a los cargos de poder en la administración y en el ejército por no ser españoles, sumados a comerciantes españoles que deseaban romper la exclusividad del comercio con España, una potencia en ruinas, y abrirse, con el pretexto de consagrar el libre comercio al que se oponía Cisneros, a hacerlo con Inglaterra. Por algo integraban la Junta representantes del poder comercial en el Río de la Plata, como eran Juan Larrea y Domingo Matheu, que respondían al verdadero líder de dicho sector social y económico, Martín de Alzaga, héroe de las Invasiones Inglesas. Algunos historiadores afirman que Moreno, pese a ser criollo, en un principio también pertenecía a este grupo como abogado de intereses británicos.

Es también de recalcar en la Proclama la referencia a las provincias, en línea con lo afirmado en el debate del 22 por el fiscal Villota, quien quitó valor a dicha asamblea por no estar representadas las provincias, a lo que Paso contestó que Buenos Aires asumía el rol de “hermana mayor”. Así quedó en las conclusiones del 25, en el Apartado X:

“Que los referidos SS despachen sin pérdida de tiempo órdenes circulares a los Jefes de lo interior y demás a quienes corresponde, encargándoles muy estrechamente bajo de responsabilidad, hagan que los respectivos Cabildos de cada uno convoquen por medio de esquelas a la parte principal y más sana del vecindario, para que formando un congreso de solos los que en aquella forma hubiesen sido llamados elijan sus representantes y estos hayan de reunirse á la mayor brevedad en esta Capital”.

Puede leerse en el texto al referirse a las provincias que se las considera “todas de nuestra dependencia”, la primera afirmación de hegemonía porteña sobre aquellas en tiempos autónomos.  

El 27 la Junta vuelve sobre el tema: “Asimismo importa que V. quede entendido que los diputados han de irse incorporando en esta junta, conforme y por el orden de su llegada á la Capital, para que así se hagan de la parte de confianza pública que conviene al mejor servicio del rey y gobierno de los pueblos, imponiéndose con cuanta anticipación conviene a la formación de la general de los graves asuntos que tocan al gobierno. Por lo mismo, se habrá de acelerar el envío de diputados, entendiendo deber ser uno por cada ciudad ó villa de las provincias, considerando que la ambición de los extranjeros puede excitarse a aprovechar la dilación en la reunión para defraudar á Su Majestad los legítimos derechos que se trata de preservar.

La llegada de los delegados provinciales significaría un cambio radical en la política de la Junta ya que hasta entonces era Mariano Moreno quien dominaba las votaciones y decisiones de la Junta original pero dicho poder fue desvaneciéndose a medida que se fueron incorporando los provincianos, constituyendo la Junta Grande, que favoreció a Saavedra.

Luego vendrían la renuncia y muerte de Moreno, la insurre-cción de Liniers, el envío del ejército al norte para enfrentar al realista que bajaba de Lima, etc.

¿Qué sucedió con la alianza estratégica con los comerciantes españoles liderados por Alzaga, que nada querían saber con el espíritu independentista que iba creciendo en los insurrectos del Río de la Plata?  

Las previsibles tensiones internas fueron en aumento hasta que el 1º de julio de 1812, el gobierno descubrió –o simuló descubrir– una conspiración de españoles contra el Primer Triunvirato de Pueyrredón,  Chiclana y  Sarratea. Durante las investigaciones, el poderoso secretario del Triunvirato, Bernardino Rivadavia, basado en pruebas y confesiones extremadamente sospechosas, extendió la acusación a Alzaga y a un extenso grupo de partidarios. Nunca se supo la identidad del único testigo, se dijo que era un esclavo, y los acusados fueron condenados a muerte. En total, fueron ejecutadas más de treinta personas, incluidos jefes militares, frailes y comerciantes, cuyos bienes fueron expropiados. Entre ellos Alzaga, fusilado y colgado el 6 de julio de 1812 en la Plaza de la Victoria, hoy Plaza de Mayo. Los cuerpos de los supuestos conspiradores fueron exhibidos públicamente durante tres días, para ejemplo disuasorio de quienes deseasen levantarse en contra del gobierno revolucionario.

*Historiador.


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