SOCIEDAD

“Honrar la vida de Lucas es ser feliz con el dolor”, dice María Luján Rey

Cómo es la vida de "Tuti", mamá de la víctima 51 de la tragedia de Once. Abuela tatuada, profesora famosa y budista laica.

Foto:Hernán Pepe - Diario Perfil

María del Luján Rey, Tuti, es una abuela muy joven. Tiene tatuajes en sus brazos y usa camisa artesanal, pantalón y chatitas. Paz, su nieta, la hija de Lucas Menghini Rey, tiene seis años y este año empieza la primaria. Tuti dice que tiene bien claro su rol de abuela, que no es una abuela-madre, que nunca lo fue, que “la caga a pedos” a su nieta si tiene que hacerlo. Y que siempre fue así. “Lucas era un padre muy exigente, la mandaba a ordenar su cuarto y después yo lo mandaba a él a ordenar el suyo, que siempre era un quilombo”, cuenta. Lucas fue padre a los 16, vivía entre la casa de su madre y la de su padre, Paolo Menghini, y murió a los 20, en la Masacre de Once.

Tuti tiene una relación excelente con Romina, la mamá de Paz, con quien Lucas nunca convivió. Un día antes del acto en Plaza de Mayo, están las tres en la casa de Tuti haciendo moños, ordenando las velas, armando las acreditaciones, los carteles. También hay unas cuantas amigas, todas mujeres. La casa de Tuti (casa modesta, clase media-media, con jardín, en San Antonio de Padua) es un caos. Por todos lados hay pancartas, cajas, cintas, volantes, afiches.

“Tuti, dice Lara que está en Padua y pregunta si necesitás algo”, le dice Romina, teléfono en mano. Lara es la otra hija de Tuti y de Paolo, papá de Lucas. Y cuando dice “Padua” habla de la zona céntrica, comercial, a unas 20 cuadras de la casa. “Decile que traiga platos de plástico para los sanguchitos. Y vasos térmicos, para el café”, responde. A la casa van llegando amigas, vecinas, otras familiares que están, como ella, organizando todo para el acto. “Un hombre, por fin, necesitaba un hombre”, dice Tuti sonriendo, y obliga al recién llegado a levantar unas cuantas cajas muy pesadas.

“La tristeza está siempre”, dice Tuti, “pero estos días toda mi energía está puesta en el acto, en llenar la plaza, el domingo es cuando caigo”. Y cuenta sobre sus sentimientos encontrados: “Por un lado está buenísimo que se llene la plaza, pero por otro, la plaza llena no me va a devolver la vida de mi hijo”. Desde hace diez años, Tuti es budista, “pero budista laica”, aclara. Y agrega: “Siento que esta filosofía, esta fe, me preparó para todo lo que me pasó”.

“Honrar la vida de Lucas es vivir y ser feliz con el dolor, y es tener claro que Paz tiene que aspirar a ser feliz”, explica mientras su nieta le hace masajes. “Así, Pachu, así”, pide y sonríe. “Hay gente que cuestiona todo porque me pone en un lugar extraño. Por ejemplo, me dicen ‘qué lástima que fumás’. Y sí, yo fumo. Y cada tanto chupo, y cada tanto…”, y sonríe con otra sonrisa merecidísima.

“El otro día me iba a cortar el pelo. No pude ir a la peluquería, entonces no me lo corté, porque tenía que ir a un programa de televisión y alguien podía pensar que me había cortado el pelo para la tele. Pero trato de desprenderme de eso. El día que lo despedimos a Lucas les dije a los chicos que tocaban con él: ‘¿Nadie trajo una guitarra?’ Fueron a buscarla. A Lucas lo despedimos cantando. Y yo voy a seguir cantando y bailando, porque me encanta. ¡Estoy viva!”

Tuti es profesora de geografía de secundaria. Cuando murió Lucas, se tomó medio año de licencia y volvió a las aulas. Eso sí, puso reglas: “A los chicos no les dejo usar celular, pero saben que el mío está siempre abierto. Y cuando me llaman me dicen ‘atienda, profe’. Les expliqué quién era yo, que salía en la tele pero que no me iban a ver, porque no ven noticieros. El otro día uno contó que la madre le preguntó qué hacía viendo el noticiero. ‘Es que está mi profe’, respondió”.

“Otro día, la mamá de otro chico le pidió que me pidiera un autógrafo para ella. Le dije al chico que le contestara a su mamá que mi autógrafo iba al lado de cada nota que le mandaba en el boletín. Hasta el 2012 el aula era el lugar para cambiar el mundo. Hoy ese lugar es reclamar justicia, hacer que los corruptos vayan a la cárcel y cambiar el sistema ferroviario”, sigue Tuti.

Este nuevo lugar para cambiar el mundo la hizo experta en trenes. Sabe sobre frenos, rieles, sistemas de seguridad, contratos, licencias. Cuenta que después de la muerte de Lucas no tuvo miedo en volver a subirse al Sarmiento. Que le costó al principio, pero que ahora piensa que una bomba no cae dos veces en el mismo lugar. Pero sabe también que hay algo peor que perder un hijo: perder un hijo y una hija. Y por eso tiene miedo por Lara. Y por toda la gente que se toma el tren. Lo único que sí le sigue causando escalofríos es ver pasar el tren; no puede evitar ver la chapa y observar cómo está el estado de los vagones.

Cuando habla de budismo dice que el secreto está en no pedirle nada a nadie. Que no hay que rezarle a un buda, que cada uno es un buda. Y que no puede aspirar a hacer felices a los demás si ella no es feliz. Como no puede pretender ser feliz si quienes la rodean no son felices. Le cuesta reírse, pero habla de felicidad. Cualquier similitud con la lucha que está llevando adelante no es pura coincidencia.

Tuti no quiere ser referente de nada. Atiende a cada uno de los medios que la llaman porque sabe que tiene que difundir una causa. Pero, aunque no le gusta ese lugar de referencia, liderazgo, visibilidad o como se llame, sabe que está allí, expuesta, y se tiene que cuidar. “A veces me dan ganas de mandar a todo a la mierda y decir cualquier cosa. Después de todo, soy la mamá de una víctima. No más que eso. Las madres de víctimas somos sólo eso”. Y concluye: “Por eso no tengo que dar muchas explicaciones. En todo caso, las explicaciones me las tienen que dar a mí”.


Pablo Marchetti