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SOCIEDAD / FUE ENTREVISTADO
lunes 21 mayo, 2018

Hace 5 años, el cura Ilarraz decía a PERFIL que la pedofilia es "un delito aberrante"

El cura hoy condenado a 25 años de prisión negaba los "inventos" de sus denunciantes: estaban movidas por "el odio, la venganza o intereses económicos", dijo en una entrevista.

Ilarraz en 2013, después de que se presentaran las primeras denuncias. Foto: Cedoc

Fue en octubre de 2012 se formalizaron por primera vez denuncias en contra de Justo José Ilarraz, el cura de Paraná que este lunes fue condenado a 25 años de prisión por abuso sexual de menores. En principio fueron siete las denuncias en las que las víctimas, de entre 13 y 15 años, relataron escenas escalofriantes: “se metía en mi cama”; “me acariciaba”, “me masturbaba”, “nos hacía bañar con él”. La Justicia lo acusó entonces por el delito de “corrupción de menores agravada por su condición de educador” pero la condena tardó 5 años en llegar.

Un año más tarde, en 2013, Ilarraz concedió una entrevista a PERFIL en la que aseguraba que las denuncias en su contra estaban movidas por “el odio, la venganza o los intereses económicos”. “Es tremendo lo que armaron estos tipos”, dijo el cura. “Desde que el seminario era un campo de concentración, que comían comida en mal estado, que no tenían libertad, que había todo tipo de práctica personal y comunitaria de abusos repetidos y corrupción a cielo abierto.

Negando todo tipo de acusaciones, entre ellas la de que caminaba desnudo por los pasillos del Seminario, el sacerdote ahora condenado juraba hace cinco años que todo era mentira: “Es impensable que alguien pueda creer en algo de todo esto, y que haya habido tanta impunidad. Fui reconocido y apreciado por muchísimos seminaristas en los años vividos en el seminario como en los posteriores a mi partida del mismo”, dijo en la entrevista publicada el 7 de diciembre de 2013.

P: ¿Se siente responsable de algo?

Ilarraz: Es tremendo lo que armaron estos tipos. Desde que el seminario era un campo de concentración, que comían comida en mal estado, que no tenían libertad, que había todo tipo de práctica personal y comunitaria de abusos repetidos y corrupción a cielo abierto. Es impensable que alguien pueda creer en algo de todo esto, y que haya habido tanta impunidad. Fui reconocido y apreciado por muchísimos seminaristas en los años vividos en el seminario como en los posteriores a mi partida del mismo. El perfil de un pedófilo, dice la ciencia, se lo reconoce en sus hechos y perdura en el tiempo. O sea, no se cura.

P: ¿Qué piensa del abuso sexual a menores en manos de un sacerdote?

Ilarraz: Cualquier tipo de abuso es una aberración. Pero mucho más cuando hablamos de menores y más aún cuando nos referimos a un educador o a un religioso. Ninguno, en sus cabales normales, podrá decir una cosa contraria. Es un delito aberrante.

P: ¿Los seminaristas, cuando estaban bajo su supervisión, acostumbraban ingresar a su cuarto?

Ilarraz: Todos los sacerdotes del seminario teníamos dos habitaciones, un escritorio y un dormitorio. Eso quedó muy claro en el testimonio de todos los que pasaron. O sea que el sitio adonde ellos iban era al escritorio donde se hacían reuniones organizativas, lugar donde encontraban al sacerdote para cualquier tipo de consulta.

Los denunciantes sitúan tanto este espacio como los dormitorios donde dormían los cincuenta seminaristas y también la batería de baños al final del pabellón. Hasta dijeron que me paseaba desnudo por dichos pabellones comunitarios.

En el expediente quedó claro que ninguno de los treinta testigos me vio ni desnudo, ni en ropa interior, ni en ninguna situación extraña. Es una falacia decir todo esto y así querer crear la imagen de un monstruo, de un enfermo, que esperaba “los últimos cuatro o cinco que salían de la ducha para secarlos con la toallita”, como diría un denunciante.

P: ¿Es culpable o inocente?

Ilarraz: Me dijo una señora el año pasado: “padre usted no tiene que defender su inocencia. Son sus obras y sus años de servicio sacerdotal que atestiguan por usted”. Esta frase me llenó de consuelo y fortaleza. Me conocen hace casi 20 años por esta provincia, siempre cercano a la gente. Pero para que quede muy claro: soy inocente. Además desde el principio mis abogados se encargaron de repetirlo desde el primer momento. Ni la Justicia ha tenido pruebas para incriminarme; ni siquiera los casi treinta testigos que pasaron por el juzgado dijeron algo desfavorable. Por donde me muevo la gente me saluda, me abraza y comparte mi dolor.


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