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UNIVERSIDADES / formacion integral
domingo 4 febrero, 2018

Actividades recreativas para fomentar la educación superior

La importancia de complementar los conocimientos académicos con el impulso de iniciativas surgidas del área de extensión universitaria. Deportes, artes, cultura y juegos que ayudan a potenciar el saber intelectual.

Maria Ines Montserrat

Apoyo. A través de distintas prácticas lúdicas, artísticas y sociales se busca que los estudiantes desarrollen nuevos talentos y habilidades dentro de la universidad. Foto: universidad austral

En la sociedad del conocimiento el acceso a la información ya no encuentra grandes barreras y las aulas no se mantienen ajenas a la transformación. El antiguo modelo de enseñanza enciclopédica decimonónica perdió vigencia y las instituciones educativas buscan nuevos modos que respondan a las demandas actuales.

Las discusiones sobre la incorporación de la tecnología a la enseñanza resultan insuficientes en un contexto donde los alumnos –e incluso parte de los docentes– son nativos digitales. Las preguntas acuciantes se enfocan en el sentido del aula y sus elementos estructurantes: ¿cuál es el verdadero objetivo de la universidad? ¿Qué deberían aprender sus alumnos?

Las posibles respuestas pueden abrirse en abanico, pero quizás acordemos en una: la universidad no puede limitarse a brindar conocimientos. Tal expectativa no solo resultaría anacrónica sino infiel a su origen y esencia. La universidad nace como universitas: universalidad. Nuestros antecesores medievales se habían propuesto integrar los saberes para intentar comprender toda la complejidad de la realidad y de la ciencia de entonces. En aquellas prestigiosas aulas europeas la universidad no era otra cosa que un espacio de discusión en torno a grandes preguntas. El tiempo ha transcurrido y a la vuelta de tantos siglos abordar el saber de modo fragmentado y acumulativo ya no parece adecuado para formar a  futuros profesionales.


Vamos por más. En este sentido, el mundo universitario en su interacción con el ámbito laboral y el avance de los campos disciplinares cada vez es más consciente de la necesidad de promover un aprendizaje capaz de habilitar para el ejercicio profesional. No solo exige contenidos, reclama competencias. El aprendizaje no se reduce entonces a la mera incorporación de datos sino que se orienta al desarrollo de habilidades y competencias que permitan trabajar e investigar en un ámbito signado por el cambio.

Las competencias que el alumno desarrolla durante su carrera no pueden ser determinadas unidireccionalmente por la universidad, sin tener en cuenta las entidades destinatarias como son las organizaciones laborales y profesionales. Se requiere desarrollar las competencias genéricas y las competencias específicas –propias de cada profesión– con el propósito de capacitar a la persona acerca de los conocimientos científicos y técnicos, de su aplicación en contextos diversos y complejos, integrándolos con sus propias actitudes y valores en un modo propio de actuar personal y profesionalmente.

Bajo esta perspectiva, el proyecto formativo de cada carrera explicita las competencias genéricas y específicas deseadas y las distribuye en los cursos que configuran cada titulación. De ese modo se diseña el correspondiente mapa de competencias de la carrera o titulación. Este enfoque requiere una gran coordinación y colaboración entre el profesorado para contribuir al desarrollo del perfil académico-profesional desde cada módulo o asignatura.

Se trata de un objetivo ambicioso, que requiere superar una tradición de enseñanza donde cada profesor diseña su asignatura con total independencia del resto, con una visión individualista que lo constituye en el único decisor de lo que sucede en “su” aula. Sin embargo, más allá de ese espacio cada vez más irreal, el mundo laboral e incluso científico boga por el trabajo interdisciplinario. Los graduados no son evaluados en las entrevistas por recitar contenidos sino por sus habilidades y competencias.

En este sentido, es posible diferenciar las competencias específicas de cada carrera que responden al perfil profesional de esta, y las competencias complementarias que permiten una formación integral del alumno.

Este enfoque empieza a permear la universidad, el diseño de sus planes de estudio y programas. Incluso, desde hace ya algunos años se promueve el desarrollo de competencias complementarias por medio de programas de extensión o de vida universitaria.

El principal objetivo de estos programas de extensión es que los estudiantes puedan experimentar más intensamente la vida universitaria, cultivando sus cualidades intelectuales, artísticas, culturales, sociales, recreativas, deportivas y solidarias.

Recientemente, el Ministerio de Educación reconoció la importancia de estos trayectos (Resolución 2405/2017) y propuso que se incluya en el certificado analítico de los graduados un suplemento que refleje “las prácticas y aprendizajes que el graduado haya podido aprehender mediante el desarrollo de actividades relacionadas con las funciones de docencia, investigación, extensión universitaria o transferencia tecnológica”.

La normativa reconoce que los graduados, al realizar la búsqueda laboral o postular para concursos académicos o estudios de posgrado, necesitan certificar información adicional que refleje su perfil de un modo más completo.


Integral. Las demandas laborales exigen jóvenes que hayan desarrollado competencias complementarias, aunque no por eso secundarias. Los estudiantes que encuentran la oportunidad de realizar una experiencia de aprendizaje-servicio descubren un nuevo y profundo sentido a su carrera cuando el conocimiento es aplicado para ayudar a otros. Las investigaciones realizadas al respecto demuestran el impacto positivo en la motivación interna y en el desarrollo de actitudes favorecedoras de la inclusión social. El dominio de saberes y destrezas se acompaña entonces del compromiso solidario.

El deporte se presenta como el marco donde cultivar una vida sana y el trabajo en equipo. Quienes participan del deporte universitario aprenden que los retos más difíciles exigen un entrenamiento constante y la capacidad de sobreponerse al resultado adverso sin dasanimarse.

Las actividades culturales y artísticas ofrecen oportunidades para ampliar la mirada e incorporar la riqueza de los distintos lenguajes expresivos.

El desarrollo personal y social, el afán de superación, la capacidad de integración, el respeto por las diferencias, la tolerancia y la cooperación, la honestidad y la actitud superadora ante los límites no siempre se evidencian en los exámenes. Pero pueden encontrar en la universidad nuevos espacios donde desarrollarse y posiblemente marquen la diferencia.


Participación

El transcurrir del tiempo genera cambios, pero también refuerza permanencias. Por una parte, la innovación educativa golpea las puertas de las aulas universitarias y empieza a dar sus primeros pasos a ritmo desigual según el contexto. Paralelamente, la esencia de una institución creada para la investigación y el debate académico intenta trascender sin sucumbir a los intereses del mercado profesional y sus pasajeras tendencias. En esta tensión ante los cambios, caben las recientes palabras del papa Francisco durante el viaje a la región, al dirigirse a profesores universitarios: “El conocimiento siempre debe sentirse al servicio de la vida y confrontarse con ella para poder seguir progresando. De ahí que la comunidad educativa no puede reducirse a aulas y bibliotecas, sino que debe avanzar continuamente hacia la participación”.


*Profesora de la Escuela de Educación de la Universidad Austral.


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