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Quintana: “No me gusta vanagloriarme de mi pasado humilde”

El funcionario recuerda su infancia y la historia familiar de sus padres. Mataderos, Liniers y el recuerdo de un hombre hecho a sí mismo.

Entrevista a Mario Quintana
Entrevista a Mario Quintana Foto:Facundo Iglesias

#PeriodismoPuro es un nuevo formato de entrevistas exclusivas con el toque distintivo de Perfil. Mano a mano con las figuras políticas que marcan el rumbo de la actualidad argentina, Fontevecchia llega a fondo, desmenuzando argumentos y logrando exponer cómo piensan los mayores actores del plano del poder. Todas las semanas en perfil.com/PeriodismoPuro.

—Por su historia, usted más que un CEO es un selfmade-man. Su abuela trabajó como mucama con cama adentro, su abuelo estuvo internado en un psiquiátrico, su madre nació en un barrio humilde de San Justo pero gracias a la escuela pública se recibió de docente a los 17 años, y a los 21 de médica. ¿Podría contanos algo de esa saga familiar?

—La historia de mi familia me genera una profunda gratitud. Para con mis padres en primer lugar, con el país que permitió esa movilidad social y con la educación pública argentina. Admiro mucho a mis padres. Mi madre es una mujer que habiendo nacido en un lugar con muchas carencias, se abrió camino en la vida con una tremenda vocación de esfuerzo, mucha capacidad, y se graduó de maestra con el mejor promedio en el Normal 4, a los 17 años; y el 21 de marzo 1961 se gradúa de médica, antes de cumplir los 22. Eso habla de un espíritu luchador que se abrió camino en la vida. En la facultad conoció a mi padre que venía de un hogar de clase media baja de Pompeya, donde mis abuelos tenían un pequeño taller de lencería fina. Mis abuelos maternos hasta sus últimos días, vivieron en una casa humilde de Haedo. Los recuerdo a todos con mucho cariño.

—¿Qué es de la vida de sus padres, hoy?

—Están jubilados. Viven juntos en un departamento. Se mudaron hace poco de la casa donde yo crecí a partir de los 5 años, en Liniers. Nací en Mataderos, en un PH al fondo en Cañada de Gómez y Avenida de los Corrales. Adelante había una fábrica de mortadelas que ocupaba parte del primer piso y por eso hacía muchísimo calor cuando prendían los hornos. Es parte de la leyenda familiar el calor agobiante que había en mi primera casa. Al cumplir 5, gracias a que los dos médicos pudieron progresar, me mudé a una casa muy linda en Liniers, donde me crié. Papá empezó a trabajar a los 12 años. Es fanático de River como yo y para ir a la cancha vendía café o pizza en la cancha, la única forma de poder entrar. De esas dos familias humildes nace una primera generación de profesionales. El mandato era: “Nosotros vamos a hacer lo imposible para que a ustedes no les falte lo que a nosotros nos faltó; pero si nosotros logramos lo que logramos habiendo arrancado de cero ustedes tienen la obligación de sobresalir”. Una mochila para nada menor.

—¿En esa casa de Liniers vivió hasta que se recibió?

—Hasta que me casé con Ana, la vecinita de enfrente. Mis suegros siguen viviendo allí. Nació en Mataderos como yo y se mudó a los 12 años, cuando yo tenía 14. Nos pusimos de novios cuando teníamos 17 y 19 y seguimos juntos a mis 50.

—¿Usted cursó Economía en la UBA y tuvo de tenías de compañero a Horacio Rodríguez Larreta?¿Es cierto que estudiaban juntos en su casa?

—Sí. Ahí nació ahí una amistad de orígenes muy distintos pero de almas que se quieren mucho. Una amistad que me abrió muchas puertas en la vida. También le estoy muy agradecido a Horacio, y a tanta gente que uno se va cruzando. Cada uno de nosotros es una construcción colectiva, el concepto de individuo ya es una mentira, una falsedad. La realidad es una construcción colectiva y yo he sido, un niño mimado por la vida por la cantidad de gente maravillosa que me he ido cruzando a lo largo de ella. Horacio es uno de ellos.

—¿Dónde hizo el secundario?

—En el colegio Marianista en Primera Junta. Empecé estudiando en el instituto Megly de Mataderos cerca de casa, y después me mudé a Flores, al Lasalle. Mi madre tiene fuertes convicciones católicas y ella decía que uno de los frutos que mejor justificaba su esfuerzo era que sus hijos pudieran ir a una escuela religiosa. En segundo grado me pasé al Lasalle y la secundaria la hice en el Marianista. Después sí, estudié Economía en la UBA.

—¿Qué diferencia encuentra usted, que es un producto de la universidad pública, con los funcionarios que han egresado de universidades privadas o colegios como el Cardenal Newman, como muchos amigos del presidente?

—En el gobierno hay gente que estudió en la universidad pública y gente que han estudiado en distintas universidades. No me gusta vanagloriarme del pasado humilde como para marcar una diferencia. A cada uno le tocó vivir el pasado que le tocó y ha ido construyendo su historia con sus mejores herramientas.

—Hace poco estuve en Corea impresionado por un país que es el que más ha crecido en últimos 50 años con un territorio más chico que Catamarca y 50 millones de habitantes, en contraste con Argentina, que el que menos ha crecido en ese mismo medio siglo. Para nosotros que tenemos el octavo territorio más grande del planeta y la mayor cantidad de recursos naturales per cápita, ¿La falta se constituye en un gran motivador?  

—Puede ser. Es interesante la observación y es cierto que muchas veces las carencias son un motivador. También uno podría encontrar argumentos en la historia de muchos países con carencias que no han tenido el desarrollo de Corea. La carencia por sí sola no es garantía de nada, pero no descarto para nada su carácter movilizador. También hay que trabajar para encontrar las razones de nuestro pobre desempeño en estos últimos 50 años. Hemos construido un juego de reglas perverso que produjo una sociedad muy injusta.

—Usted se recibió en 1988, a los 21 años, de Licenciado en Economía.  Cuando la Argentina entraba en un proceso de hiperinflación.  Comenzó a trabajar en Siemens y siguió allí hasta los 25 cuando lo becan para hacer estudios de posgrado en Francia, donde hizo un Master en Business Administration y se recibió con honores. ¿Por qué Francia y por qué un MBA?

—Sí, la beca de investigación me la ofreció el episcopado alemán, donde había trabajado sobre el proceso de empobrecimiento en Argentina a partir de las lecturas teológicas y económicas generadas en la región. Estudiaba las corrientes cepalianas (Comisión Económica para América Latina) y cómo eso explicaba los procesos de empobrecimiento. También mucho de la teología y la liberación. Cuando terminé esa tesis, me ofrecieron hacer un doctorado en Ética Económica en la Universidad de Tübingen, Alemania. Era una vocación muy fuerte en mí.

—¿Eso sucedió mientras trabajaba en Siemens?

—Sí, trabajaba todo el día allí y durante los fines de semana y por las noches, escribía. La beca me permitió ser parte de un grupo de pensadores interdisciplinario formado por el episcopado alemán que, con equipos en Brasil, Perú, Chile y Argentina, trabajó varios años en un esfuerzo mancomunado. Algo muy interesante, muy formativo para un chico de 20 o 21 años, que era lo que yo tenía entonces. Había grandes teólogos allí, un grupo de gente muy profunda. En Argentina estaba Juan Carlos Scannone, jesuita y hoy asesor del Papa, Lucio Gera, un teólogo influyente en el Concilio Vaticano II, había economistas, sociólogos, Peter Hünermann, que era titular de la primera cátedra de Teología en Tübingen, una de las más prestigiosas del mundo, antes ocupada por Hans Küng y por Joseph Ratzinger, que después fue el Papa Benedicto XVI. En ese tiempo uno de los grandes temas de discusión era si, ya muerta la utopía socialista, la humanidad necesitaba una nueva utopía.

—Caído el Muro de Berlín, para colocarlo en contexto histórico.

—Sí, el 9 de noviembre de 1989 cae el Muro de Berlín y ése es un día en que cambió mi vida, porque nace mi primer hijo Pablo, a mis 22 años y me ofrecen el doctorado, que era una mezcla de filosofía y economía. Justo lo que a mí me gustaba: la economía vinculada a la teología y a la filosofía.

—Usted trabajaba en una empresa alemana y hablaba alemán.

—Sí, tuve una época bastante germanófila en mi vida y amo a muchos pensadores de lengua alemana como Goethe, Nietzsche, Jung. Tenía la oportunidad del doctorado en Tübingen pero la beca era escasa en dinero y ya había nacido Belén, nuestra segunda hija. No había manera de sostener una familia de cuatro durante tres o cuatro años en Alemania. Entonces me postulé para una beca que daba Siemens Alemania para hacer posgrados, y la gané. La condición era que hiciera un MBA, no el doctorado en Ética Económica. Yo ni sabía lo que era un MBA, así que me sugirieron ir a INSEAD (Escuela de negocios y centro de Investigación, en Fontainebleau), porque preferían un MBA europeo. Y nos fuimos a Francia.

—Usted estudió Economía,  no fue contador ni licenciado en administración de empresas que sería lo más empático con el MBA. Quería un doctorado en algo relacionado con la economía y filosofía, lo que parece bastante alejado de un objetivo con fines lucrativos. ¿Es así?

—Sí. Había terminado el secundario muy joven, con 16 años, y en ese momento el fenómeno de la pobreza era lo que más me importaba. Tenía la ilusión de convertirme en misionero de la iglesia de los pobres, la iglesia de Medellín y Puebla, el Concilio Vaticano II. Leía a Leonardo Boff y a Gustavo Gutiérrez, que me influyeron mucho. Quería ser misionero franciscano. Francisco de Asís es otra figura muy importante en mi vida.

—Eso estaba lejísimo de un objetivo económico.

—Es cierto. Pero me agarró Genaro, catequista mío desde los 6 años, que hoy tiene 84 años y es todo un padre espiritual para mí, y me dijo: “Mario, tenés novia, no conocés el mundo, ¿por qué no estudiás algo?” A mí lo único que me interesaba era la teología. “Pero ir a la facultad de teología para discernir tu vocación no parece lo más indicado”, me dijo. Lo pensé y me decidí: “Entonces voy a estudiar filosofía”. El que me paró después fue mi papá, que era un tipo parco, de no meterse mucho: “¿Filosofía? Mejor estudiá algo que te permita vivir y después, la vida dirá…”. No sabía qué hacer y medio que por descarte estudié economía, que me interesaba más como ciencia social que como ciencia económica. No hubiese podido estudiar para contador en ese momento. De hecho, mientras estudiaba economía trabajaba en la villa. Después me enganché con todo en ese proyecto y escribí la tesis sobre el tema de la pobreza. Lo mío estaba muy orientado hacia ahí.

—¿Y cuando las cosas empezaron a cambiar, o a ordenarse en su cabeza?

—Estaba misionando con un grupo de amigos y mi novia en Yaminué, un pueblo Mapuche del sur. Un día me escapé con ella y… nos mandamos una travesura. Ahí concebimos a nuestro hijo. Entonces pensé: ahora hay que trabajar, ganar plata, ser un padre proveedor, sostener una familia. Y así se fue desdibujando el ideal que tenía. Tomándome el pelo, solía decir: “Quise ser el San Francisco de la posmodernidad y me convertí en el Gordon Gekko del subdesarrollo”. A partir de ahí me dediqué al mundo de los negocios.

—¿Qué significó el MBA para usted?

—Fue otro de estos crossroads. Si hubiera estudiado Ética Económica quién sabe qué hubiese pasado. Pero creo que, mirado en perspectiva, todo lo que pasó estuvo todo buenísimo para estar donde estoy ahora.



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