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"Dejar que las pinceladas de Renoir acaricien nuestro espíritu es una experiencia irrepetible"

La escritora relata su visita a la sala dedicada a Pierre-Auguste Renoir en el Ermitage, en San Petersburgo.

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Placeres Foto:CEDOC

Recorría, hace pocos días, las salas del museo del Ermitage, en San Petersburgo. Ya no el descomunal Palacio de Invierno, sino el edificio del antiguo Estado Mayor del Ejército ruso, al otro lado de la Plaza de Palacio. Hace cinco años se inauguraron las salas de este edificio monumental construido en 1829, devenidas en alojamiento de pintura alemana y holandesa del siglo XIX, arte francés de los siglos XIX y XX y algunas exposiciones temporales.


Cada vez que tengo oportunidad, persigo a los impresionistas. Es mi movimiento pictórico favorito. El museo estaba casi vacío, las multitudes se enfervorizaban enfrente, en la que fuera residencia del zar, como era de esperar. En mi museo estábamos los pocos lunáticos en busca de la pincelada arrasadora. Después de detener el tiempo en las tres salas dedicadas a Fabergé y en las otras tantas al art nouveau, llegué a mi edén. Allí estaba parte de la obra de Camille Pizarro, algunos cuadros de Vincent Van Gogh –no los más emblemáticos, esos están en Amsterdam –pero sobre todo una seguidilla de escenas campestres llevadas a cabo en Auvers-sur-Oise, un pueblito a 50 minutos de París, al que eligió escapar por un tiempo y producir más de 80 pinturas. Y de repente apareció aquello que tanto había buscado: la sala dedicada a Pierre-Auguste Renoir.


Conocí al pintor francés a los 8 años. Cada vez que viajaba, –y lo hacía con frecuencia por su trabajo –mi abuelo me traía libros. Así fui construyendo una biblioteca infantil con aspiraciones a más. De uno de los viajes volvió con una fabulosa publicación de la vida de Renoir a través de algunas de sus pinturas. Fue amor a primera vista. Tal vez exigida por mi auténtico embeleco, mi abuelo, aprendí de memoria todos los párrafos allí escritos y estudié con mi ojo en miniatura esos colores, aquellas mujeres espléndidas, los días de campo o las reuniones citadinas de principio de siglo XX. Me gustaba conversar de Renoir con mi abuelo y parece que a él también. El tiempo pasó pero mi pasión –inentendible, irracional –por el francés continúa intacta.


En la sala de Renoir sólo había dos mujeres jóvenes. Mi alegría fue inmensa, tendría libertad para mirar lo que quisiera sin espaldas impertinentes ni cabezas entrometidas siempre listas para bloquearme lo expuesto. Hasta que me detuve en Rosas en un jarrón (1910-1917), una de su vasta colección de flores. Ahí me quedé, como hipnotizada por esa multiplicación de rosas. No pude evitarlo, le tomé una foto. Seguí mi camino hacia la otra sala y mi hermana, que estaba allí conmigo, se me acercó y susurró: “¿Viste lo que pasó? Detrás tuyo, una de ellas sacó la misma foto. Siempre es lo que el otro desea”. Y me di cuenta de que tenía razón. La usurpadora, ¿habría observado mi éxtasis y a la velocidad del rayo habría urgido un contagio? La ignorancia me acompañará hasta el fin de los días.


Pero lo que sí sé, es que en estos tiempos de la reproducción instantánea no es excluyente extasiarse con una obra de arte sólo en el museo en cuestión. Esto no es nuevo, ya no los había advertido Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, escrito en 1936, en donde analiza e introduce el problema de la teoría del arte en los albores de la Segunda Guerra Mundial. Con una intención política evidente, Benjamin discutió la estética como una reproducción constante de mercancías. Pero también introdujo el concepto del aura y su pérdida ineludible tras la reproductibilidad de la obra de arte. El crítico alemán reclamó esa sensación de singularidad, esa experiencia de lo irrepetible dada por el aura, ya inexistente por la falta de originalidad.


Pues sí, no todos tienen la fortuna de recorrer museos y disfrutar de la experiencia estética de primera mano. Sin embargo no todo está perdido. Seguramente pararse frente al original de Rosas en un jarrón y dejar que las pinceladas de Renoir acaricien nuestro espíritu es una experiencia irrepetible, pero la infinidad de postales, posters y demás repeticiones materiales –y también tecnológicas –reparan, o esointentan, aquella herida inicial. Disfrutemos de los colores y las formas, las originales y las industrializadas, de los genios del arte universal.


*Escritora, autora de La hora del destierro.


Florencia Canale (*)


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