POLICIA SOBREVIVIR A UNA GRAN PERDIDA

La mamá de Angeles ‘cura’ su dolor con tareas solidarias

Desde hace cuatro meses, Jimena Aduriz colabora en una ONG para pacientes oncológicos. Sus hijos Jerónimo y Juan Cruz la acompañan.

Foto:Cedoc

“Por la gran pérdida que ella sufrió, es muy bueno que pueda brindar su amor a otras personas que lo necesitan, porque no se quedó estancada en el dolor”. Así explica Anabella Gómez, titular de El Club de los Peladitos –una ONG dedicada a ayudar a pacientes oncológicos–, la nueva vida de Jimena Aduriz, la madre de Angeles Rawson.

El 11 de junio del año pasado se conocía la noticia de que Angeles, de 16 años, había aparecido muerta en la Ceamse de José León Suárez. Su crimen conmovió al país. Después de esa terrible noticia y de la intensa cobertura mediática, Jimena se recluyó con su familia y recién unos meses después comenzó a vincularse a través de su página de Facebook y de una creada especialmente en homenaje a su hija con diversas tareas solidarias.

Jimena colabora como voluntaria y brinda su amor a chicos que son pacientes oncológicos con el único fin de que le devuelvan una sonrisa”, cuenta a PERFIL Anabella. Hace cuatro meses que Jimena ayuda con la institución, y se decidió a hacerlo luego de que la mamá de uno de los pacientes le contara sobre las necesidades que tenían. Así fue como se puso en campaña para conseguirles medicamentos, libros y juguetes. “La veo feliz y eso es gratificante. La acompañan sus hijos Jerónimo y Juan Cruz”, se emociona Anabella.

El caso de la madre de Ángeles no es el único. Adoración Gutiérrez y Rosa García también perdieron a sus hijos trágicamente, y ambas decidieron transformar ese dolor. Brindan su apoyo, aportan sus experiencias y acompañan en el largo camino de pedido de justicia con la imagen de sus propios hijos como bandera.

La vida de Adoración Gutiérrez dio “un giro de 180 grados” después de que su única hija apareciera muerta en el año 2000. “Cuando te pasa algo tan terrible, se produce un antes y un después en tu vida. Nadie está preparado para superar algo así, por lo que seguir adelante cuesta bastante”, rememora.

Hace 14 años, Adoración recibió una llamada extorsiva: le pedían 30 mil pesos para liberar a su hija María Laura Alvarez, de entonces 22 años. Al día siguiente la joven apareció acuchillada y calcinada en un basural de Gonnet. “Decidí estudiar abogacía cuando me vi sola buscando justicia para mi hija”, dice. Dos mujeres fueron condenadas a prisión perpetua por secuestrar y asesinar a la joven, pero Adoración sabía que había más: “Me recibí para llegar hasta las últimas consecuencias y para que cayeran todos los que estaban involucrados en el crimen”.

Pero además de formarse para luchar por justicia para su hija, su logro académico también le permitió formar parte del Centro de Protección de los Derechos de las Víctimas, que depende del Ministerio de Justicia de la Provincia de Buenos Aires. Allí asiste a familias que deben atravesar situaciones traumáticas.

En las últimas semanas acompañó a la mamá de Melina Romero, la joven que apareció muerta a la vera del río Reconquista después de un mes de estar desaparecida. “Cuando uno elige seguir adelante a pesar del dolor, puede volcar todo ese sentimiento en solidaridad”.

Rosa García no encontró justicia para su hijo Maximiliano González (20), quien apareció muerto en un galpón de Santos Lugares en 1999. “En enero van a hacer 15 años del crimen de Maxi y aún no tuve la justicia que quería, pero nunca perdí las esperanzas”.

Creó la ONG Avise para ayudar a otras familias que pasan por la misma situación. “Les doy esperanzas y las ayudo para que las causas no se caigan, porque para la Justicia son un expediente más, pero para nosotros son lo que queda de nuestros hijos”.

La mujer destaca que “a veces pecamos de pensar que ese hijo muerto se convierte en el héroe de la casa y perdemos de vista al resto de la familia”. Ella explica que, sin olvidar la lucha, hay que seguir atenta a todos. “Muchas veces después de un asesinato se destruye la familia, y la madre es la que se convierte en el motor para que el círculo siga funcionando más allá del dolor”.



Nadia Galán