POLICIA

Los presos cavaron el túnel en pleno festejo por el Día del Niño

Los trabajos en la celda demandaron al menos cuatro días. Se sospecha que realizaron el boquete con un cortafierro y el tacho térmico con el que reciben la comida. La tierra habría sido extraída con las ollas.

Foto:Cedoc.

Los días de visitas son cuestión de estado en cualquier cárcel del mundo. Sobre todo para los presos, que lo viven de manera intensa y con una ansiedad que a veces altera su estado de ánimo. En fechas especiales, como Año Nuevo o Navidad, los patios de los pabellones y el SUM (Salón de Usos Múltiples) suelen cambiar su escenografía habitual. El viernes 16 de agosto las autoridades del Complejo Penitenciario Federal de Ezeiza prepararon distintas actividades por afuera de la agenda semanal. Se festejó el Día del Niño. La revolución que genera un evento así en un penal fue aprovechada al máximo por los detenidos que estaban alojados en el Pabellón B del Módulo 3. Ese día habrían comenzado a cavar el túnel de la celda 22. Justo cuando muchos guardias atendían otras cuestiones. Justo cuando otros internos jugaban y corrían con sus hijos.

Es probable que el plan no haya surgido en ese momento. Al menos es lo que entienden casi todos los que participan de la investigación que dirige el juez federal Carlos Ferreira Pella “El que organiza una fuga es el tipo que vive pensando en cómo fugarse”, asegura a PERFIL un convicto que protagonizó dos escapes en los años 1986 y 1987, y que fue señalado como uno de los organizadores de la primera evasión de Ezeiza, ocurrida en julio de 2002.  

Los que participaron de los festejos por el Día del Niño coinciden que fue un verdadero “descontrol”. “Estaba toda la gente en el campo de deportes”, asegura un vocero consultado por este diario. En la gestión de Víctor Hortel, el desplazado jefe del Servicio Penitenciario Federal (SPF), las actividades multidudinarias crecieron como estrategia de integración pero al mismo tiempo desatendieron las cuestiones de seguridad.

El nombre de la fuga. Thiago Ximénez (29), uno de los trece escapistas, tiene el cartel de “ideólogo”. Sus antecedentes lo avalan. Se escapó de otras dos unidades penitenciarias (Tres Lagoas, en Brasil, y Resistencia, en la provincia de Chacho) e intentó llevar adelante el mismo plan de fuga de Ezeiza en la cárcel de Ciudad del Este, en Paraguay. Por si eso no alcanzara, el registro de internos indica que el calabozo con salida subterránea (el Nº 22) llevaba su nombre y apellido.

La pista más fuerte indica que el cerebro y dos o tres internos más sabían de las deficiencias de seguridad que presentaba el penal, pese a que ellos –por problemas de conducta– prácticamente no tenían contacto con el resto de los pabellones. Lo de las fallas era un secreto a voces. No sólo no funcionan las cámaras, ni los sensores: tampoco el sistema automático que cierra las puertas de las celdas. “Ustedes los periodistas miran muchas películas. No busquen tantos fantasmas”, dice el preso experto en fugas.

Lo que se cree es que los organizadores fueron recolectando distintos objetos cortantes y pesados para llevar adelante el plan. Por lo general, el pabellón es requisado cada treinta días. Según fuentes penitenciarias, la inspección no “es una cuestión matemática” porque frente a una pelea o un conflicto que viole las normas de convivencia los guardias están obligados a intervenir. Y a revisar hasta el inodoro.

Golpe por golpe. El piso de concreto del pabellón B tiene unos veinte centímetros. Con un cortafierro de 15 centímetros y un objeto pesado que reemplace a una maza alcanza para realizar el boquete. La sospecha es que alguien de afuera entró el cortafierro y que lo utilizaron haciendo fuerza con el cilíndro térmico que contiene la comida para todo el pabellón.

Los presos tenían en su poder varias ollas para cocinar, algo que está prohibido por una normativa interna, pero que hace tiempo no se respeta. Con ellas hicieron el trabajo más duro y riesgoso, que habría estado a cargo de Christian Espínola, el joven paraguayo de 23 años que fue recapturado el jueves pasado en Lanús.

La tierra que fueron sacando la escondieron en las almohadas y entre la ropa y las frazadas de la celda, que rápidamente pasó a convertirse en la base de operaciones. El lunes a las 20 se llevó a cabo el recuento en el Módulo 3. Estaban todos. A las 24, el guardia asignado al sector advirtió que  faltaban trece presos y enseguida descubrió el túnel de casi tres metros de largo. Cuando entraron en él encontraron un suéter verde y una olla abandonada, la señal inequívoca de la ingeniería casera utilizada por los presos para escapar.



Leonardo Nieva / Nadia Galan