POLICIA SÉXTUPLE CRIMEN

Masacre: el asesino múltiple "no siente culpa ni remordimiento"

Diego Loscalzo demostró “frialdad” en las charlas que mantuvo con agentes policiales y penitenciarios. Creen que “puede volver a matar”.

Diego Loscalzo
Diego Loscalzo Foto:Cedoc

El plan era liquidarlos a todos. No está claro cuándo fue que Diego “El Chino” Loscalzo tomó la decisión de arrasar con la familia de su pareja, Romina Maguna, ni qué fue lo que lo motivó a hacerlo. Pero no hay dudas para los investigadores: fue el autor de la cacería del domingo por la noche que desveló a Hurlingham.

Fuentes del caso indicaron a PERFIL que durante breves intercambios con diferentes agentes judiciales, policiales y penitenciarios, el múltiple femicida demostró “frialdad” ante los crímenes. “No siente culpa ni remordimiento por lo que hizo. Ni está compungido por lo que pasó”, agregaron. Creen, ante semejante apatía, que “puede volver a matar con facilidad”. 

No me acuerdo de nada”. Con esa frase, Loscalzo pretendió desligarse del séxtuple homicidio ante los investigadores de la causa, en manos de la fiscal Paula Hondeville y el juez de Garantías Alfredo Meade.

“El Chino” nació en el hospital Alejandro Posadas, de Morón, el 4 de noviembre de 1981. Es hijo de Miriam Mabel Acosta y de Diego Oscar Loscalzo. Según relató, vivió en Ciudad Oculta y en la villa 1-11-14, de Bajo Flores. En la actualidad, se desempeñaba como inspector de Metrovías. 

Pese a que llamaba “papá” a otro hombre, la nueva pareja de su madre, nunca pudo superar ser abandonado por su padre biológico, que dejó a su familia cuando el séxtuple homicida tenía entre 4 y 5 años.

Cuando tuvo la edad y los medios suficientes para hacerlo, lo buscó en la provincia de San Juan, pero no lo encontró. Más adelante, Loscalzo copió a su padre: tuvo ocho hijos con cuatro mujeres diferentes. No los veía. 

También rompió la relación con su madre. No le creyó que su padrastro abusaba de él, según contó él mismo a los especialistas que lo revisaron, y dejó de hablarle.

Sobre su relación con Romina, contó que la conoció en la estación Rubén Darío, del Ferrocarril Urquiza. Ella, pasajera, él controlaba boletos. Una incipiente amistad se convirtió en noviazgo y luego en convivencia. El hijo menor de la policía lo llamaba “papá”. 

Si bien Loscalzo asegura que la relación era “excelente”, sus allegados hablan de peleas constantes y celos mutuos. Incluso, no habría sido ésta la primera vez que el asesino robó el arma de su pareja (ver aparte). “Para el afuera, era una persona amable. Adentro de su casa, era un monstruo”, ilustraron las fuentes.

Teníamos discusiones, pero la quería muchísimo”, habría dicho el homicida sobre su pareja a los investigadores. En el barrio hizo saber que pensaba comprarle un auto a Romina con una indemnización que había cobrado.

El miércoles pasado, en una entrevista en el penal de San Martín, a cargo del Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Dirección de Salud Penitenciaria, Loscalzo dio algunos detalles más sobre su historia de vida.

Mencionó haber sido víctima de abusos y tener HIV. Reconoció que nunca realizó tratamiento psicológico o psiquiátrico “pese a haberlo necesitado”. Dijo que ante la figura del hijo de Romina, a quien no le disparó, “pudo verse a sí mismo de niño”.

En ese momento, se quebró y comenzó a llorar. Suplicó al analista que le “acerque las herramientas necesarias para quitarse la vida”. No sentía angustia por los crímenes, incluso, en sus palabras el especialista notó “cierto grado de frialdad y distancia”. Loscalzo no siente deseos de lastimarse a sí mismo por lo que hizo, sino que no podía “soportar el hecho de ingresar a un penal y ser expuesto a los demás internos”. Tras el examen, fue trasladado a una prisión con cuidados psiquiátricos. Sólo le queda esperar el juicio. 

Los crímenes. Todo comenzó con una pelea en su casa de la calle Cañuelas 2056. Loscalzo tomó el arma reglamentaria de Romina, policía bonaerense, y le disparó. Continuó con Vanesa Maguna y Darío Daniel Díaz, sus cuñados que habían escuchado todo desde su vivienda, ubicada a pocos metros.

En el primer ataque, hirió a una vecina, Cinthia López. También se salvó uno de los hijos de Romina, de 11 años. “El Chino” le puso el arma en el pecho, pero la súplica del niño (“No me mates, papá”) lo conmovió. No fue suficiente. Quería más. Marcó el número de los padres de Romina y les mintió: dijo que había tenido un accidente y que estaba internada en el hospital Posadas. Hacia ese lugar partieron, Virginio Maguna y Juana Paiva en su Renault 19, acompañados por otro de sus hijos, José Maguna, su mujer embarazada, Mónica Lloret,
y su hija Camila, de 12 años. 

El homicida los interceptó en el camino con una moto y los acribilló. Del grupo, sobrevivieron la menor, Virginio y Lloret, aunque la bala que estaba destinada a matarla, terminó con la vida de su bebé.