POLICIA ENGAÑO EN TIEMPOS DE REDES SOCIALES

“¿Me vas a matar?”: el relato en primera persona de un robo sexual

Las aplicaciones y sitios para encontrar pareja tienen sus riesgos.

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Robo Foto:Cedoc

“¿Me vas a matar?”. Esta duda no implicaba miedo. Eso, a pesar de que la imagen de la hoja del cuchillo de caza (tipo Rambo) todavía reflejaba la luz de la habitación en mi cara. “¿Me vas a matar?”, y extrañamente me sentía muy tranquilo. Mi pregunta era ante una posibilidad seria. El tal Marcos, como se había presentado, me tenía tirado boca abajo en mi cama y estaba sentado sobre mi espalda. “No, boludo, no te voy a lastimar”.

Pero, ¿por qué creerle a quien estuvo mintiendo durante dos horas en el living de mi departamento, tomando cerveza y gaseosa, bromeando y contándome su vida en la Armada como Capitán de Navío y médico traumatólogo en el Hospital Naval? ¿Por qué iba a decir la verdad si me trataba bien, a pesar de mi situación de debilidad, al tiempo que me inmobilizaba las manos en la espalda con un precinto de plástico, de esos que usan ahora los policías en lugar de esposas? ¿Mi calma era resignación ante lo parecía inevitable? ¿Era su tono de voz? ¿O que me había dicho: “Mario, si te quisiera matar lo hubiera hecho hace rato”?

Hacía 40 minutos (sí, 40 minutos) que el supuesto traumatólogo me estaba haciendo masajes en la espalda. No había un componente sexual en esta acción. Parecía más un médico atendiendo a un paciente, cuando de repente me dijo: “Acá se acabó la seducción”, y me mostró el cuchillo. Lo primero que pensé fue: “Esto es una joda”. Después me sorprendí y finalmente sentí una profunda calma. Me ató las manos y me hizo girar en la cama mirando hacia la pared.

CHOREO POLITE. “Yo quiero guita, no quiero electrónicos ni nada que se pueda rastrear. Vos quedate tranquilo, yo reacciono solamente si está en riesgo mi libertad o mi vida. Decime dónde está la guita y no me mientas. No te voy a lastimar. Pero, boludo, no dejés entrar en tu departamento a gente que no conocés”. “Marcos” hablaba y hablaba y hasta daba consejos sobre cómo evitar lo que él mismo estaba haciendo. “Vos tenés que juntarte en lugares públicos, donde haya gente”, me dijo y yo pensaba que cuatro vecinos lo habían visto en la puerta del edificio. “No dejés entrar a cualquiera. Aprendé eso”, me repetía.

Nunca levantó la voz y todo lo que revisó en el departamento lo dejó en su lugar. No desordenó nada. Miraba en los cajones, hurgaba, acomodaba y hablaba. “Yo no soy como esos negros de mierda que entran a afanar y matan. Yo no mato si no estoy en peligro. A esos negros habría que matarlos a todos. Juntarlos y prenderlos fuego, hijos de puta”, se quejaba como si el “gremio” hubiera sido invadido por indeseables.

Yo, cuando él no hablaba, le hacía preguntas porque quería saber dónde estaba con su cuchillo. “¿Por qué te dedicás a esto?”. “¿Me estás sacando datos?”, me respondió casi con una advertencia, pero siguió: “Yo estoy con un grupo más grande que hace otras cosas, no esto. Es la primera vez que robo a un gay”, me respondió. “Y justo me tocó a mí”, le dije. “Vos sos un tipo inteligente. No sé cómo me dejaste entrar sin conocerme”. Y en el delirio de esta conversación, yo se me dio por presentar mi queja: “Y yo que me imaginaba que podíamos construir una linda relación”.

Luego de dos horas (el cuchillo me lo había mostrado pasadas las once de la noche), le pido si me puedo dar vuelta (estaba de costado en la cama). Su respuesta fue que me iba a cortar las ataduras y que me iba a meter en el baño. Cuando sentí que se alejaba la posibilidad de salir herido y que estaba por irse, comencé a temblar, a sentir miedo. No sé por qué, si al principio, cuando la posibilidad de morir era más real, había estado totalmente tranquilo. Cortó las cintas, me metió en el baño, chequeó varias veces qué hacía yo y finalmente se fue. Antes me había prometido que los teléfonos iban a estar escondidos en el living y que me iba a dejar la llave en el buzón del edificio. Cuando se fue, llamé al 911.

CÓMO COMENZÓ. Todo esto había empezado cuatro horas antes, a las 19.30 del sábado 8 de octubre, cuando “Marcos” me contactó a través de la red social Manhunt que, como Grindr y otras más, son el Tinder de la comunidad gay. Mensajes afables, fotos, y números de celular fueron el intercambio durante la conversación. Luego pasamos al Whatsapp, donde siguió la charla hasta que acordamos que él pasaba por mi casa y nos íbamos a tomar algo.

Generalmente, los consejos para una cita segura señalan: tener el celular del otro, corroborar que la foto coincida con la persona, encontrarse en un lugar público donde haya gente, entre otros. Alrededor de las 21.30, sonó el portero. Era “Marcos”. Yo bajé con campera como para salir directamente justo cuando mi vecino y su novia también salían. O sea que en el portón de hierro de la entrada del edificio, que da a un jardín antes de la entrada al palier de los ascensores, estaba “Marcos”, al lado otro vecino que estaba recibiendo un delivery y mi vecino y su novia. Cuatro personas lo rodeaban. El, entró y me saludó con un afectuoso abrazo. Rapado, tez blanca, 1,77, robusto, bien vestido con buzo gris, jeans oscuros y una campera de cuero negra. Increíblemente seductor, comprador y un conversador imparable.

Me contó que era médico traumatólogo del Hospital Naval, capitán de Navío submarinista de carrera, oriundo de Amstrong, Santa Fe. Una historia con conocimiento de la jerga naval, y del campo. Simpático, de pocas preguntas y mucho relato, gracioso y con un nivel educativo que parecía universitario. Le creí todo. Fue una conversación (cuasi monólogo) de dos horas, en las que demostró que era gay e hizo que yo tomara más confianza y me sintiera cómodo y relajado.

Voceros de la policía me dijeron que no hay datos sobre la cantidad de este tipo de delitos porque la gente (gay o hétero) no los denuncia (vergüenza por dejar entrar a alguien desconocido a su casa, por tener que exponer su sexualidad, porque están de trampa o porque fueron engañados por una mujer). Que el hecho de que estuviera rapado dificulta su reconocimiento. Y que hay bandas que se dedican a esto, ahora con la modalidad del buen trato y con buen nivel educativo para que la víctima entre en confianza más rápidamente. Hablé con numerosos usuarios de redes de contactos gay y heterosexuales y la gran mayoría contó que una o varias veces dejó entrar a algún desconocido/a en su casa, o fue a la casa de alguien que solo conocía por Internet. Y que las medidas de precaución para adultos son útiles, pero no son 100% eficaces: los celulares se truchan y la gente (los testigos) no se fija en otra gente salvo que suceda algo especial. Ninguno de mis vecinos le prestó atención a “Marcos” y sólo recordaban que era pelado.

* Editor Jefe Revista Fortuna