Roberto Quieto: La historia del hombre que pudo cambiar el curso de la guerrilla peronista

Era el número dos de Montoneros cuando fue secuestrado. Luego de su detención, la organización lo condenó a muerte en ausencia.

Un caluroso mediodía de fines de enero de 1976, un entrecano general del ejército argentino esperaba solo dentro de un Ford Falcon que él mismo conducía y que acababa de estacionar en uno de los desérticos doques de lo que hoy es Puerto Madero. Luego de algunos interminables minutos, un hombre robusto, de estatura mediana, con una calvicie pronunciada a pesar de su juventud, abrió la puerta del lado del acompañante y subió al automóvil. Ambos hombres se saludaron con una leve inclinación de la cabeza. Al instante, la formación militar que ostentaban les permitió detectar que uno y otro iban armados. El general encendió el motor y avanzó en dirección a la otra punta de la calzada. Así, casi a paso de hombre y por espacio de una hora y media marcharía, siempre por la misma calle, yendo y volviendo, conversando con su interlocutor. El general le pidió que se identificara.

—Soy Roberto Perdía –le respondió el joven.

—Ah, yo pensé que usted era Marcos Osatinsky –dijo el otro. Se trataba de Albano Harguindeguy, futuro jefe de la Policía Federal de Isabel Perón y posterior ministro del Interior de Jorge Rafael Videla.

—Ustedes mataron a Osatinsky hace seis meses en Córdoba. Vine para ver la posibilidad de abrir un canal de negociación para que liberen a Roberto Quieto y a otros compañeros –explicó desconcertado Perdía, segundo jefe de Montoneros.

—No tuve oportunidad de hablar a fondo con Viola porque se debe estar sacudiendo el polvo de la bomba que le pusieron ustedes hace poco. Por eso es que no pude, todavía, transmitirle el afán de diálogo que tienen ahora. Pero igualmente, Quieto no va a aparecer, olvídense del tema. Además, nosotros no vamos a andar tirando cadáveres en los zanjones, de ahora en adelante los cadáveres no van a aparecer. Nosotros vamos a hacer otra cosa. Lo que ustedes conocieron hasta ahora fue una “dictablanda”, como la de Lanusse; la nuestra sí va a ser una dictadura. No lo van a volver a ver más a Quieto. En realidad, no volverán a ver a nadie más –advirtió por último el general, al tiempo que con la cabeza invitaba a su acompañante a que bajara del auto porque la entrevista había terminado.

Perdía había llegado hasta Harguindeguy porque Montoneros pretendía que el Ejército le entregara a Quieto con vida para poder cumplir la sentencia de un juicio revolucionario que la organización le había hecho en ausencia y por el que había sido condenado a muerte por “delación bajo tortura”, entre otros cargos. La dirigencia sostenía que Quieto los había delatado y quería rescatarlo de las manos de los militares, no por lealtad ni compañerismo, sino para encargarse ellos mismos de su ejecución. La gestión para llevar a cabo la reunión había sido realizada por Norberto Habbeger, uno de los cuadros políticos más lúcidos de Montoneros, luego desaparecido. Harguindeguy y Habbeger se habían conocido en 1973, en el Estado Mayor del Operativo Dorrego, realizado conjuntamente entre jóvenes peronistas y militares para recuperar una vasta cantidad de tierras inundadas de la provincia de Buenos Aires.

Más información en la edición impresa del diario Perfil.

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