POLITICA

A tres meses del deceso de Nisman ni siquiera está claro cuando murió

Por Patricia Blanco Fernández. | La única certeza es que hubo una muerte que dividió a la sociedad: entre los que creyeron en su denuncia y los que no.

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Foto:Cedoc

Ni en sus más remotos sueños premonitorios Alberto Nisman pudo haberse imaginado en vida ser protagonista de una guerra pública que dividió en dos a la sociedad: primero por su denuncia contra la presidenta Cristina Fernández y después por las circunstancias que rodearon al tiro que impactó en su cabeza, en un baño de Puerto Madero.

Nisman estaba al frente de la UFI-AMIA desde 2004, cuando el juicio oral por la masacre por la voladura de la mutual judía finalizó con un papelón de absoluciones para policías bonaerenses que habían sido acusados por un entonces reo, Carlos Telleldín, a cambio de recibir 400 mil pesos/dólares de la SIDE para declarar en la causa.

Ese pago y otra decena de delitos que se cometieron desde el poder comenzarán a ser ventilados en el esperado juicio denominado AMIA II, para el que Nisman se preparaba con vistas a acusar a un ex presidente, Carlos Menem; funcionarios (como Hugo Anzorreguy, ex jefe de la SIDE), un juez (Juan José Galeano) y hasta a sus ex compañeros (Eamon Müllen y José Barbaccia). Sin embargo, la preocupación de Nisman no estaba en ese juicio oral, que se aceleró merced a su trágico deceso y al terremoto político que se desató después del 18 de enero.

La atención de Nisman estaba centrada exclusivamente en lo que él entendía era un nuevo encubrimiento en la causa AMIA: ventiló esa teoría en una denuncia que presentó el 14 de enero contra la presidenta Fernández y el canciller Héctor Timerman, entre otros, por haber pactado con Irán lo que él entendía un plan de impunidad para hacer reanudar los negocios con esa potencia nuclear del Medio Oriente.

Esa denuncia, que cobró una repercusión política mundial que ni él mismo esperaba, generó furias en el seno del Gobierno y fue aprovechada por la oposición en vísperas de un año electoral.

"Yo puedo salir muerto de esto", le confió a periodistas que lo entrevistaban por esas horas. Nisman tenía que presentarse el lunes 19 de enero ante la Comisión de Legislación Penal de Diputados para dar detalles de su denuncia, cuyo texto no se había conocido porque contenía detalles que violarían la ley de inteligencia si trascendían. Y esa audiencia prometía ser un escándalo, porque el kirchnerismo había anunciado, en boca de Diana Conti, que iría con los "tapones de punta". Incluso Conti acotó: "Le decimos a la hija de Nisman que se quede tranquila, que no vamos a agredir a su papá".

Aquel panorama belicoso tornó en trágico en la noche del domingo 18 cuando el cadáver de Nisman fue encontrado en el baño de su departamento en Puerto Madero: tenía un disparo en la cabeza y el secretario de Seguridad, Sergio Berni, presente en el lugar, se apuró a adelantar que todo indicaba un suicidio. La sospecha popular, sin embargo, se fijó otra idea: la convicción de que a Nisman lo habían matado por haber denunciado a la presidenta se instaló en la opinión publica como una certeza que no necesitaba pruebas, pericias ni confirmaciones.

Una semana después, en cadena nacional, la propia jefa del Estado suscribió a esa hipótesis de homicidio, aunque con otro sospechoso: apuntó a Diego Lagomarsino, el técnico informático que le había prestado el arma a Nisman y la había criticado a ella por Twitter, mientras sus funcionarios despotricaban contra el poder que ostentaba Antonio "Jaime" Stiuso, hasta diciembre pasado uno de los popes de la central de inteligencia y designado por Néstor Kirchner para trabajar en el caso AMIA.

Hoy, a tres meses del hallazgo del cadáver de Nisman, la única certeza es que hubo una muerte que dividió -una vez más- a la sociedad: entre los que creyeron en su denuncia y los que no (como el juez Daniel Rafecas, que cerró las puertas a analizar siquiera la hipótesis de Nisman, algo que es foco de pelea en Casación), y entre los que insisten en ver a un hombre acorralado por una denuncia vacía que decidió suicidarse y los que aseguran que se trató de un magnicidio.

En esas puntas parecen jugar la jueza Sandra Arroyo Salgado, virtual viuda de Nisman pese a que ya se habían separado, y la fiscal Viviana Fein, que dice no trabajar en pos de ninguna hipótesis pero que afirmó que "lamentablemente" no habían encontrado rastros de pólvora en las manos de Nisman.

Y es tanta la confusión que todavía no está claro si, como dice Arroyo Salgado, murió en la tarde del sábado 17 o si, como aseguran los peritos oficiales, el deceso ocurrió a las 15 del domingo 18. Se sabe con qué chicas salía o de quién era el auto en el que se movía, pero no está claro ni siquiera cuándo murió, un detalle primordial en cualquier investigación seria si lo que se busca es la verdad. 



Patricia Blanco Fernández