POLITICA

Cristina: del "Vamos por todo” al fantasma de Isabelita

Hubo un tiempo que fue hermoso para el kirchnerismo. Cómo cambió la realidad del modelo político.

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Foto:Cedoc.

Hubo un tiempo que fue hermoso para el kirchnerismo: en 2011, cuando, en simultáneo con la reelección presidencial por el 54 por ciento de los votos, Cristina Kirchner lanzó el “Vamos por todo”. Dos años después, la realidad es otra: cayó la imagen positiva del Gobierno, mermaron los votos, ya no se habla de una nueva reelección, se acumularon problemas como la inflación, la inseguridad y la corrupción, surgen internas en el gabinete, y la Presidenta está enferma.

En un país tan presidencialista como la Argentina, la enfermedad de la Presidenta es una mala noticia. Más aún, en el peronismo, que tanto contribuye a ese híperpresidencialismo. Es que el peronismo nació como un movimiento multifacético liderado en forma vertical por un conductor, Juan Perón, obligado al éxito político; tanto a ganar las elecciones como a resolver los problemas cotidianos del gobierno.

“El deber de vencer es indispensable en la conducción”, dice Perón en su Manual de Conducción Política. Otra frase: “La suprema elocuencia de una conducción está en que si es buena, resulta, y si es mala, no resulta. Y es mala porque no resulta y es buena porque resulta”. Para eso, el líder debe conducir a todos los sectores del Movimiento, “a los buenos y a los malos. Porque si quiero llevar sólo a los buenos me voy a quedar con muy poquitos. Y en política con muy poquitos no se puede hacer mucho”.

La salud, tanto física como mental, se convierte en un requisito fundamental del liderazgo. Cuando eso no sucede, aparece un fantasma muy temido en el peronismo; es el fantasma de Isabel Perón, que se convirtió en Presidenta el 1° de julio de 1974, cuando su esposo murió. Isabelita había sido elegida como vicepresidenta el año anterior. Como bien señala María Sáenz Quesada en su biografía Isabel Perón, Isabelita tenía carácter y vocación de poder, pero mostró varias fallas en el ejercicio del poder. En primer lugar, pretendió conducir al Movimiento y al país desde una de las facetas del peronismo, la derecha, lo cual se ha comprobado muy difícil; en segundo lugar, cada tanto le estallaba la salud y debía tomar licencias que se hicieron cada vez más prolongadas.

En mi libro más reciente, "¡Viva la sangre!", cuento qué pasó en una de esas licencias, cuando estuvo treinta y tres días fuera del poder entre septiembre y octubre de 1975. Como ya no había vicepresidente, la reemplazó el titular del Senado, Ítalo Luder, al frente de un grupo de políticos moderados, de centro, razonables, que, sin embargo, no sólo no resolvieron los problemas sino que en algunos casos los agravaron, como, por ejemplo, al delegar la lucha contra las guerrillas en las Fuerzas Armadas, que pasaron a actuar sin ningún control práctico del poder político constitucional. Por ejemplo, comenzaron las desapariciones de personas.

Claro que ahora los problemas son otros, menos dramáticos, que en 1975. Y que, afortunadamente, la violencia política no tiene ninguna legitimidad y la democracia es un valor compartido por todos. También los protagonistas son cualitativamente distintos.

Pero es un flaco consuelo: los problemas son siempre graves para quienes los sufren. Y las formas de solucionarlos implican beneficiados y perjudicados. Además, la Presidenta , que tiene muchos atributos políticos, gobierna casi en soledad, con un grupo muy reducido de colaboradores, entre los cuales no figura el vicepresidente, Amado Boudou, que suficientes dificultades tiene ya con las denuncias judiciales en su contra.

(*) Editor ejecutivo de la revista Fortuna; autor del libro “¡Viva la sangre!”.



Ceferino Reato (*)