POLITICA

Cristina y Newton

El Gobierno nacional quita con una mano lo que luego restituye (totalmente o parcialmente) con la otra.

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Foto:Télam

El gobierno no debería quejarse de la inflación. Ella tiene un efecto mágico y beneficioso: le permite a Cristina, cada tanto, hacer una cadena nacional y anunciar importantes aumentos de algún beneficio social. De ese modo, mantiene viva la llama de la redistribución del ingreso a favor de “los que menos tienen”, es decir, de los pobres.

Para ello necesita, obviamente, que el INDEC retoque un poco el Índice de Precios al Consumidor porque, si no lo hace, quedaría en evidencia lo que en verdad está sucediendo: el gobierno nacional quita con una mano silenciosamente lo que luego restituye (totalmente o parcialmente) con la otra, con bombos y platillos y por cadena nacional, en medio de los aplaudidores profesionales que rodean a la presidenta en cada acto.

El de ayer no fue nada más que para anunciar aumentos, que en realidad no lo son, en la Asignación Universal por Hijo (AUH) y en las asignaciones familiares. En torno de ello, Cristina construyó un discurso tendiente a demostrar, como siempre, lo malo que son los empresarios y lo bueno que es el gobierno. Los empresarios de las AFJP, en la versión del gobierno, robaban, cobraban altas comisiones y ayudaban a otros empresarios malos, comprando acciones de sus empresas.

El mensaje es claro: si no fuera porque el gobierno estatizó las AFJP (la idea genial que llevó a Boudou a la vicepresidencia, según la confesión de la propia presidenta), ahora no podría aumentarse la AUH ni nada por el estilo. El gobierno, entonces, hace rendir el dinero mucho más porque no paga las comisiones de las AFJP, se las hace ahorrar a los jubilados y, además, tiene dinero para repartir entre los pobres y derribar mitos acerca del estado y los privados.

¿Dónde está la magia? Muy sencillo: en el vacío del bolsillo de los jubilados. Hace pocos días, la Corte Suprema de Justicia decidió que todos los juzgados federales sean aptos para resolver sobre los juicios que, por mala liquidación de los haberes, encaran los jubilados. Actualmente superan los 300.000 y la Corte instó al gobierno a acelerar el pago de los juicios que ya tienen sentencia. Todos sabemos que la situación es escandalosa pero nadie quiere tomar el toro por las astas. Todos simulamos que se puede pagar el 82% móvil pero se paga una ínfima cifra de esa cantidad. El 75% de los jubilados cobran la jubilación mínima de 2.757 pesos. Una cifra irrisoria que la inflación devora sin piedad. La presidenta cree haber inventado el agujero del mate al utilizar los fondos de los jubilados para otros fines, postergando el pago de los juicios y dejando morir a los jubilados que reclaman.

La ley de la gravedad. Siempre oscilando entre el enojo, la ironía amarga y una actitud redentora (una suerte de cruza entre Eva Perón y Tita Merello, con todo respeto), la presidenta abundó en conceptos que, durante todos estos años, han signado la política económica.

Primero, que todos los empresarios son malos y sólo procuran robarle al pueblo y al estado. Dio el caso de las AFJP y agregó luego el de los “grandes laboratorios”. Es la avidez de los poderosos, de los que producen, lo que provoca la pobreza de los que trabajan. Tal la idea central.

Segundo, los empresarios son los responsables de la inflación. Esto estaría clarísimo porque hay capacidad ociosa en la industria. Ascendería al 33%, un tercio de la capacidad instalada. (Entre paréntesis: de ser cierto, no se trata de un dato como para estar excesivamente orgullosos). Ahora bien el razonamiento que sigue ha de haberle sido soplado por Kicillof, que piensa con lógica keynesiana. Dijo Cristina que, cuando existe capacidad ociosa, no se justifican los aumentos de precios. Al parecer, la presidenta no incorporó la estanflación a su léxico ni a su sistema de ideas. La consecuencia de este razonamiento es, necesariamente, que hay una suerte de conspiración empresaria para aumentar los precios y complicar al gobierno.

Tercero, resulta muy interesante su broma acerca de que el gobierno ha violado la Ley de Gravedad. La convicción de que la economía no tiene leyes “duras” es populista. Y socialista. Está montada sobre la idea de que la pobreza y el atraso provienen de la avidez de los ricos. De su maldad. Se trata de una explicación redonda, que excluye al gobierno de toda responsabilidad en materia económica. Si algo anda bien, es gracias a la genialidad de la política económica. Si algo anda mal, es culpa de la ambición desmedida de los empresarios, que agrede a los pobres.

Hay leyes económicas “blandas”, es decir, que no se pagan altos precios por su violación temporaria. Y las hay “duras”, al estilo de la Ley de Gravedad que tanta gracia le causa a la presidenta. En general, en economía las leyes “blandas” lo son únicamente si se violentan por un corto plazo. El desaire prolongado, tiene consecuencias ineludibles. Y, muchas veces, graves.

Ya nadie duda de que la emisión monetaria, a partir de cierto monto, provoca inflación. Que el déficit fiscal, horada las cuentas públicas y termina afectando las variables más sensibles. Que la inflación perjudica a los más pobres. Que la inflación siempre termina en una redistribución de los ingresos que perjudica a los sectores de más bajos recursos. Que resulta imposible “vivir con lo nuestro” en materia de inversiones, de radicaciones industriales, de tecnología e incluso de ingresos financieros. Son todos eslóganes para la tribuna, para que canten los chicos de la Cámpora pero que nada aportan a la solución de ninguno de los graves desajustes económicos y sociales que tiene el país.

Kirchnerismo y peronismo. La pregunta del millón es si estos conceptos, estas ideas acerca de cómo se mueve la economía, son exclusivos del kirchnerismo o también habitan en la cabeza de los demás presidenciables peronistas, tales como Daniel Scioli, Sergio Massa y otros.

La clase política argentina es propensa a subestimar los temas económicos y a creer que su subordinación a la política significa que con la economía puede hacerse cualquier cosa. Llaman a eso “cintura política”. En la práctica es una simple postergación de soluciones con el fin de no enfrentar nunca la realidad y los costos que toda reforma suele acarrear.

Esta forma de mirar la economía (y la política) tiene el signo peronista, desde los comienzos mismos de ese movimiento. Es un rumbo que lleva inexorablemente al fracaso. Perón trató de corregirlo en su segundo mandato (1952-1955) pero fue derrocado y no completó las reformas que había comenzado. En ese tiempo, había llamado a producir más, a hacer menos huelgas, a aumentar la productividad, había convocado al capital extranjero mediante una ley, había hecho acuerdos para la radicación de IKA (hoy Renault) y había negociado con la Standard Oil para la extracción del petróleo.

Ese rumbo fue el que profundizó Carlos Menem pero este gobierno rectificó volviendo a los parámetros ideológicos del primer peronismo. Y con idénticos resultados.

No sabemos qué fue lo que hizo Isaac Newton durante la dictadura militar. Pero sí estamos seguros de que la Ley de Gravedad existe. Y no admite que la tomen en broma.



Daniel V. González