POLITICA


¿Es posible gobernar sin populismo?

Los fuertes retrasos en los ajustes tarifarios obligaron al gobierno a emprender una serie de medidas alejadas del clásico corte populista.

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Foto:Dyn

A siete meses de la asunción del gobierno de Mauricio Macri corren dos escenarios diferentes y no por ello separados el uno del otro. Las grandes expectativas por lograr con éxito la tan anhelada inserción en la agenda global han abierto un sinfín de posibilidades en pos de materializar una dimensión históricamente cerrada para nuestro país.

En paralelo corre la agenda de política doméstica. Los fuertes retrasos en los ajustes tarifarios de los servicios públicos han obligado al gobierno de turno a emprender una serie de medidas alejadas del clásico corte populista.

El liderazgo cristinista desde 2007 a diciembre de 2015 no sólo ha planificado metódicamente el modus operandi para legitimar su accionar sino que, se ha valido del paraguas comunicativo para potenciar la racionalidad mecánica que ha caracterizado la concentración con éxito de poder. Discrecionalidad en el reparto de subsidios y planes sociales, falta de transparencia en la obra pública son aristas de la manifestación de un entramado de relaciones que finamente se han tejido en el seno mismo de toda conciencia colectiva impulsada por un gobierno populista. 

El quid de la cuestión radica en el ejercicio del poder. Un gobernante es un servidor público. En este sentido, la concentración de poder como mecanismo de dominación social comporta un exceso y con ello lo convierte en abuso inadmisible de confianza depositada en la clase dirigente.

Desde hace dos décadas, concretamente desde los `90, los medios de comunicación tienen una gran relevancia a nivel político y electoral. Su contenido repercute directamente en la opinión pública. El escritor y político francés Montesquieu (1689-1755) sostenía: “Para que no se pueda abusar del poder, es preciso que el poder detenga al poder.” Los medios han logrado detentar un espacio esencial en la  alícuota de toma de decisiones del electorado.

Hoy, la percepción que la ciudadanía tenga de un dirigente puede llegar a deslegitimar todo su accionar alcanzando incluso la desestabilización de su mandato. Los medios muchas veces balancean la toma de medidas exacerbadas e inconsultas del político de turno.

Durante el menemismo y el kirchnerismo los medios, de una u otra manera, serían un pilar fundamental en sus liderazgos.

Con esta nueva gestión, es la sociedad misma la que expresa su apoyo o descontento hacia las políticas adoptadas. Asistimos  a dos modelos contrapuestos. El periodo K exacerbó la concentración y montó un andamiaje de reparto clientelístico y popular sobre la base de subsidios, planes sociales, obra pública bajo el manto de un sinnúmero de cadenas nacionales en radio, televisión y redes sociales. El gobierno de Macri se ve obligado a “ajustar” tarifas ante doce años de retraso en las cuentas de los servicios públicos. Lógicamente las aguas turbulentas están azotadas por los vientos de la voluntad impopular.

La mayor problemática se ve reflejada en la inconsistencia de una alianza electoral como lo fue “Cambiemos” que si bien abrazó la idea de Séneca (4 a.C.-65 d.C.), apoyada por la ciudadanía, de que “todo poder excesivo dura poco”, hoy no cuenta con una voz que unifique consensos.

¿Hay un camino para gestar una alternativa al tradicional y tan denigrado populismo que gobernó nuestro país?

El actual gobierno tendría que desarrollar una estrategia tal que permita involucrar a todos y cada uno de los sectores a la hora de impulsar una medida que, podría aquejar directamente al plano económico del ciudadano.

La persuasión en ocasiones habilita una vía más consensuada en tanto capacidad de convencer a una persona mediante razones o argumentos de modo tal que  piense de una determinada forma o realice una acción. Así, orienta el accionar del ciudadano naturalizando una conducta que, por sus propios medios, no la llevaría adelante. Dar la aprobación de una medida lanzada por el gobierno, puede que requiera del ejercicio de la persuasión de parte de la clase dirigente.

En el extremo opuesto, se encuentra la imposición. Casi roza la disuasión como mecánica de ataque agresivo hacia el otro y, al mismo tiempo, se torna en móvil que despersonaliza a quien intenta lanzar una política chocando con la barrera de la acogida popular. Ese político se gana las espaldas del pueblo. Pierde automáticamente la confianza depositada por el voto popular en las urnas hacia su persona.

Los medios de comunicación ya no son el cuarto poder. Podemos definirlos en una palabra: mediocracia. Para el sociólogo y economista Manuel Castells son el espacio en el que se genera, se mantiene y se pierde el poder. Los medios cumplen un papel fundamental. Si bien en la política tanto la imagen como la información hablan por sí solas, los medios constituyen el vinculo de relación entre sociedad y Estado.

Recientes investigaciones en neuromarketing, han probado científicamente el gran peso que tienen las emociones en el comportamiento humano reforzado la tesis de quienes consideran a la emoción como el principal vehículo de la comunicación política.

Hoy tenemos como país la oportunidad de impulsar una nueva política que no eluda los intereses de los ciudadanos, que contemple sus demandas, que desarrolle la capacidad de escuchar antes de actuar, que trabaje en base a la sensibilidad del pueblo y deje a un lado aquello que perfora la confianza y erosiona a las instituciones democráticas: la corrupción.

Analista Política Internacional. Magister en Relaciones Internacionales Europa – América Latina (Università di Bologna). Abogada, Politóloga y Socióloga (UBA).

Twitter: @GretelLedo

www.gretel-ledo.com  

 

 



Gretel Ledo