POLITICA LA BIKINI DE VIKI Y SUS REPERCUSIONES

La épica no tiene tetas

El paseo proselitista de Donda y el valor de la imagen en la era K. La poca memoria de Carrió. Medios y estética.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc

En una de esas frases a las que echaba mano para salir del paso con naturalidad, y de paso sentaba jurisprudencia política, Juan Domingo Perón lanzó alguna vez “mejor que decir es hacer y mejor que prometer es realizar”. Desde hace un tiempo –producto de la creciente incidencia de medios de comunicación, publicidad, internet y ahora redes sociales– se ha ido generando lo que podría erigirse en una extensión de esa máxima peronista: mejor que mejor es mostrar (aunque no se diga, no se haga o se mienta).

Esa lógica es un fenómeno global (lo que no se ve no existe) pero tiene sus particularidades en la Argentina. Si no, díganselo a la diputada Victoria Donda, del Frente Amplio Progresista, cuyo paseo proselitista por una playa marplatense en bikini y short se convirtió en una de las polémicas de un verano desabrido, políticamente hablando.

No es la primera vez (ni será la última) que Donda exhibe sus atributos físicos ni que ello provoque críticas por derecha y por izquierda. Ya le pasó al jurar como legisladora, cuando las barras kamporistas la insultaron supuestamente por su escote.

Por la instantánea playera ahora hasta le entró Elisa Carrió. “No me opongo a la foto”, pero “con todos mis aciertos y errores, yo nunca hice política por los medios. Detesto eso. Las cosas serias del país se han hecho en silencio y con estrategia, que es lo que yo siempre he hecho”. Tiraremos otro manto de piedad sobre la inefable Lilita, autoproclamada como la medida de todas las cosas, aunque con escasa memoria (como refleja una de las fotografías que acompañan esta columna) y nula autocrítica.

Lo más curioso –o no tanto– es que en este punto el kirchnerismo corra por izquierda a Donda. Particularmente porque ninguna gestión ha exacerbado tanto el poder que tiene el mostrar como desde que Cristina Fernández de Kirchner se instaló en la Casa Rosada. El famoso y agotador “relato” no sólo es oral (producto de las dotes inigualables de la Presidenta) sino esencialmente de imágenes.

Así, casi todos los actos de Gobierno o vinculados a él están pensados desde una traducción visual: la actual gira presidencial (en especial la visita a Vietnam, con récord de envíos fotográficos de Presidencia), videoconferencias (aunque haya extras truchos), inauguraciones (pese a que sean cáscaras vacías o se estrenen varias veces), reconocimientos (reales o ficticios), conmemoraciones (en algún caso con un frágil rigor histórico, pero apegado al relato oficial), bienvenidas (como la construcción épica que se hizo de la llegada de la Fragata) o funerales. Ni hablar de la publicidad oficial y de los insólitos spots de la transmisión futbolística estatal. Vale todo.

En esa cuidadosa edición no hay lugar para exabruptos ni desprolijidades. Lo que se expone es pulcro, heroico, fundacional, trascendente, revolucionario, eterno. Es el corazón del relato. No importa la realidad, sino lo que se muestra.

Desde esa presunta autoridad visual-moral es que además el cristinismo se erige en fiscal de lo que exhiben los demás, con o sin razón. Sea Macri con Kiss, Scioli jugando a la pelota o las tetas de Donda y la remera Lacoste de su acompañante de campaña, Humberto Tumini (un ex guerrillero del ERP que estuvo preso en la dictadura).

El riesgo de unos y otros es que lo que se pone a la vista obstruya lo que de verdad hacen o piensan o quieren o proponen. El envase muy por encima del contenido. Los medios, hay que decirlo, mucho –muchísimo– contribuimos para que la imagen sea todo.

Así nos va.

Columna publicada en la edición impresa del diario PERFIL, domingo 20 de enero de 2013.



Javier Calvo