POLITICA

La revolución cultural ha llegado

Varias veces hemos citado la frase de Wilde que alude al empeño que pone la realidad en imitar al arte.

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Foto:Cedoc

Varias veces hemos citado, modificándola suavemente, la conocida frase de Oscar Wilde que alude al empeño que pone la realidad en imitar al arte. Esta vez el recuerdo es convocado por la creación, en el ministerio de Cultura, de una secretaría de ampuloso nombre: Coordinación Estratégica para el Pensamiento Nacional. Sin forzar excesivamente nuestra imaginación y aún con el riesgo de evidenciarnos como obvios y poco sutiles, nos vino a la memoria el libro de George Orwell, 1984.

El régimen que allí describe el escritor británico es, recordemos, el del vigilante Gran Hermano, el del estado empeñado en la uniformidad del pensamiento de los ciudadanos, de la regimentación completa acerca de qué es correcto pensar y qué no lo es. El régimen que había previsto un Ministerio de la Verdad, pues nada podía dejarse librado al azar del libre pensar de los meros ciudadanos. La designación de Ricardo Forster a cargo de la nueva secretaría es tan reveladora como el sofisticado y pretencioso nombre del nuevo organismo.

De qué se trata. ¿Qué pretende significar la “coordinación estratégica para el pensamiento nacional”? Es un nombre críptico, con un halo de misterio y ambición broncínea. La palabra “estratégica” alude a lo macro, a la visión de conjunto. Intenta mentar cúspides, Olimpos del saber. Por su lado “pensamiento nacional” ya resulta una designación más conocida y trillada. Se trata de una denominación más pudorosa del mero nacionalismo.

La palabra “nacional” toma distancia de la aquélla, con la cual se identifica el pensamiento de historiadores tales como los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, Manuel Gálvez, José María Rosa. Para no ser confundidos con ellos, otro grupo prefirió la denominación “nacional”: el grupo FORJA, Arturo Jauretche, Raúl Scalabrini Ortiz, Juan José Hernández Arregui, Fermín Chávez, Jorge Abelardo Ramos, y otros. Todos ellos reivindicaban una línea histórica parecida: los caudillos federales, Juan Manuel de Rosas, el yrigoyenismo, el peronismo. Algunos, como Ramos, cuestionaba a Rosas e incluían a Julio A. Roca.

En materia de literatura el “pensamiento nacional” rechazaba, por supuesto, a Jorge Luis Borges, a quién identifica como pro-inglés, antiperonista y elitista. Algo similar ocurría con Julio Cortázar, en tanto prefirió huir del peronismo y radicarse en Francia. Todo el grupo de la Revista Sur ha sido no sólo cuestionado sino ridiculizado por los textos de Jauretche. Los nacionales preferían a José Hernández, Gálvez y, por supuesto, Marechal.

En materia de economía, el “pensamiento nacional” se nutre del proteccionismo aduanero y el protagonismo del estado nacional como impulsor de la industrialización. Empresas públicas, nacionalización de la banca y el comercio exterior son puntos centrales de su sistema de ideas. Si para los “nacionalistas” el liberalismo y el socialismo resultan igualmente abominables, los “nacionales” siempre se han sentido parte de un movimiento que marcha hacia el socialismo. Tras la implosión de la URSS y el fracaso del socialismo como horizonte de esperanza igualitaria, los “Nac & Pop” han quedado flotando en un limbo indeterminado. Ya no hablan casi del socialismo. Terminaron aceptando la denominación de “populismo” para nombrar al pensamiento del cual se sienten parte. Intensos aunque vergonzantes admiradores del socialismo sufrieron con su derrumbe y ahora están próximos a ver caer ante sus ojos los regímenes populistas más marcados de América Latina: el de Venezuela y el de Cristina y Néstor Kirchner.

Un trabajo para Forster. La creación de una secretaría para “la coordinación estratégica para el pensamiento nacional” resulta entre grotesco y desopilante. Si uno lee el decreto respectivo, añade confusión. Uno puede preguntarse, aún habiendo vivido y observado la vida política de las últimas décadas, qué significa hoy el “pensamiento nacional”. Según entendemos, él estaría integrado aproximadamente por los postulados, acciones, dichos, textos, piezas oratorias, gestos, cadenas nacionales, actos públicos, discursos, expuestos por la presidenta de la Nación y su extinto esposo durante sus respectivos mandatos.

No nos queda claro, sin embargo, si hay que incluir también, dentro del “corpus” teórico y conceptual, los textos de Carta Abierta, las expresiones orales y escritas de Luis D’Elía, las manifestaciones de Aníbal Fernández (incluidos sus libros de zonceras), las canciones de Teresa Parodi, las encuestas de Artemio López, las estadísticas del INDEC, las obras completas de Amado Boudou, los fallos de Norberto Oyarbide, las exposiciones en 678, entre otras muestras del florecido pensamiento nacional de estos años.

Pero aún cuando tengamos claro qué es lo que efectivamente significa hoy el “pensamiento nacional”, cabría preguntarse si los que no piensan así, si los que tienen otro punto de vista, tendrán también una secretaría para que les conceda una “coordinación estratégica”.

Para los historiadores nacionales, por ejemplo, Rivadavia, Sarmiento, Mitre y Alberdi son abominables. Meros instrumentos del imperialismo para destruir el ser nacional. Ni hablemos de Roca, el asesino de indios. Viniendo más hacia el presente, Menem y Cavallo son materia de un furioso rechazo aunque tanto Néstor y Cristina, lo apoyaran con entusiasmo en su tiempo.

Hoy, el “pensamiento nacional” parece ser la construcción de un armazón ideológico que fundamente y justifique la “década ganada”. Debemos advertir que tan ambicioso proyecto es propio de regímenes en momento de lozanía y robustez. Ahí las ideas concurren a dar sustento a una realidad vigorosa y vital. Pero hoy por hoy los días del kirchnerismo parecen estar contados. Lo que viene borrará gran parte del relato y abrirá la puerta a nuevas políticas, nuevos valores y nuevas esperanzas.

Presentimos que el “pensamiento nacional” no llegará demasiado entero a diciembre de 2015. Y así, su fuerza de convicción se anuncia exigua. Forster deberá hacer un gran esfuerzo discursivo para que después de 2015 quede algún rastro de su bisutería populista.

(*) Especial para Perfil.com.



Daniel V. González