POLITICA

Plusvalía presidencial

Una respuesta a las críticas de Horacio González a las nuevas formas del capitalismo en torno a los fondos buitres.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc

Días pasados, en una nota publicada en Página/12 titulada “Plusvalía jurídica”, Horacio González hace una crítica de la nueva forma en que el capitalismo global realiza su tasa de valor. A decir del autor, el neocapitalismo crea las condiciones de su reproducción en la performatividad del discurso jurídico, para lo cual, transpone la forma mercancía en la capacidad que tiene el Derecho de enunciar como real una cierta relación entre cosas, que no es.

De acuerdo a ello, la realización del plusvalor debe buscarse en el acto interpretativo del Juez. Para decirlo de otro modo, es en el preciso momento del golpe de martillo en donde la forma-valor adquiere existencia concreta. Según el enfoque, la dominancia del capitalismo financiero implica un nuevo locus para la efectiva realización de la tasa de ganancia, ahora, alojada en la invención de significado producido por el lenguaje jurídico. Es así que en la arquitectura jurídica, en la simbología del martillo, de las medidas cautelares, habría una transferencia de significado de una escala semiológica a otra. Esto es, una práctica transformato. Entre otras acepciones, a estas prácticas de desplazamiento, Nicolas Bourriad las define como modos de paso de un régimen de expresión a otro.

Así vista, en la plusvalía jurídica estarían alojadas infinitas posibilidades de realización del capital financieroEsto así, puesto que en el mismo acto interpretativo de decir el Derecho habría un valor adicional que no es otra cosa más que la producción misma del derecho. Lo cual equivale a decir que como plusvalía jurídica con el Derecho, no sólo se produce una realidad normativa mediante la cual se reitera la economía política del capital financiero como verdad jurídica sino también se realiza el fetichismo de la mercancía como orden de lo real.

Por lo dicho, hasta aquí no habría una nueva relación entre Derecho y Capitalismo, o al menos, no enunciada ya por Karl Marx en alguno de los escritos más clásicos que integran su obra, tales como “El Capital” o “La Ideología Alemana”.

Sin embargo, hay una dimensión apenas explorada en el texto de Horacio González sobre la que resulta interesante avanzar. Cuál es la centralidad que le otorga a la deliberación en los pueblos que se rehacen, al tiempo que inauguran formas aún impensadas de organizar la vida colectiva.

Cierto es que, aplicado al modo en que el gobierno argentino ha llevado adelante las negociaciones por la deuda externa con los holdouts, el diálogo institucional no ha sido fundacional en el proceso de toma de decisiones.

En este aspecto, así como el lenguaje jurídico se desnuda como un discurso de poder en tanto organiza un orden de ficciones como reales, es posible adjudicarle un carácter fetichista al valor atribuido por parte del Gobierno a la deliberación, resumido en el envío de la propuesta de pago de los bonistas en territorio nacional para su tratamiento en el Congreso.

A decir, hasta el momento, el proceso decisorio ha sabido legitimarse en el uso de las facultades constitucionales conferidas al Poder Ejecutivo, situándolo en el límite de un estilo de gestión hiperconcentrado, antes que en otro, caracterizado por un proceso dialógico entre poderes.

Si bien es cierto que el resultado del diseño institucional impreso en la Constitución es un desbalance de poder en favor de un Ejecutivo caracterizado por la suma de facultades especiales atribuidas en relación a los dos Poderes restantes, esto no implica como única alternativa la forma hiperpresidencialista. En todo caso, esta última podría adoptarse como el límite opuesto del diálogo institucional.

Así visto, una democracia deliberativa robusta podría observarse, entre otros aspectos, por la participación y el control compartido que tiene el Poder Legislativo sobre las decisiones de gobierno. En suma, en la centralidad atribuida a la democratización de la palabra para definir la vida colectiva.

En otras palabras, en la posibilidad que tenemos como sociedad de rehacernos y, al mismo tiempo, de designar una realidad que se organiza por afuera del despojo que impone una decisión enajenada.

Sin embargo y casi como paradoja de las expectativas enunciadas por Horacio González, no es el diálogo robusto el principio por el cual desde este gobierno se define políticamente nuestro tiempo presente.

 

(*) Socióloga (UBA), docente e investigadora en la Universidad Nacional de la Patagonia "San Juan Bosco" (UNPSJB)



Marina Mansilla (*)