PROTAGONISTAS GANADORES DE MASTERCHEF

El otro duelo de los chefs que le pusieron pimienta a la TV

Elba Rodríguez y Palo Fekete seguirán fieles a sus estilos. Una final televisiva donde la simpleza se impuso al glamour.

Equipo. Los finalistas con el jurado: Donato de Santis, Christophe Krywonis y Germán Martitegui.
Equipo. Los finalistas con el jurado: Donato de Santis, Christophe Krywonis y Germán Martitegui.

Con perfiles y propuestas diferentes, Elba Rodríguez y Pablo Fekete hicieron de la final de MasterChef –en lo que fue su primera edición en Argentina– un duelo gastronómico que logró ese domingo por la noche 24 puntos de rating. Y aunque ella ganó, con su personalidad Pablo logró un espacio mediático.

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—¿Por qué se anotaron?

ELBA: Siempre me gustó cocinar. Cuando vi la publicidad pensé que era para personas con experiencia.  Pero en los requisitos sólo decía que te tenía que gustar la cocina. Mis papás me dijeron:  “Siempre cocinás rico y con lo poco que tenés te salen maravillas, ponés corazón, andá”. Y eso me alcanzó.

PABLO: Me anoté porque soy un fanático del programa de todas las ediciones, aun de las que no entendía el idioma. Ahí me basaba en lo que veía, en la comida, que es un lenguaje universal.

—¿Hubo resistencia en sus familias?

E: Sí, porque  además estudio enfermería en la Universidad de Lanús y mi hermano no quería que me distrajera de la carrera. Me atrasé mucho porque durante un tiempo, en paralelo, ayudaba en una ONG.

P: Al principio sí. Mis viejos son universitarios y siempre quisieron un hijo universitario. En 2011, con 23 años me recibí de abogado en la UBA y trabajo en un muy buen estudio. Pero siempre me apasionó la cocina; investigo, compro libros, cuando viajo me traigo productos... Así que no les extrañó que me anotara. Sólo que pretendían que sea una especie de hobbie.

—¿De dónde surgió la pasión por la cocina ?

E: Era muy glotona, siempre fui gordita y me gustaba comer, y mi mamá me cocinaba cosas ricas. Pero tuvo que ir a trabajar y yo con lo que tenía en casa, empecé a copiar platos de la tele y hacerlos a mi estilo. Quería aprender, salir de lo común. Hice desde fideos caseros hasta guiso de lentejas, cazuela de mondongo, y aprendí a hacerlo más concentrado y rico.

P: Viene de cocinar con mi vieja y mi abuela de chico, empecé pispeando qué tenía la olla... En mi casa siempre se cocinó. Y cuando empecé a aburrirme de lo que hacía mi vieja busqué hacer nuevas. Es que la gente de otra época no rompió la barrera de la gastronomía que la globalización hoy permite y que hace que cualquiera use salsa de ostras traída de Malasia para hacer un plato.

—¿Qué se comía en sus casas?

E: Cosas simples, lo que se podía. Y creo que eso se refleja en mis platos. Christophe (Krywonis) me dijo que tengo sencillez y que eso es bueno, que no es necesario que los platos tengan un montón de componentes para hacer buenos sabores.

P: Platos con cocciones largas; mucho pastrón; comida de Europa del Este que es de donde es mi familia; cocina judía tradicional; mucha carne, pollo...

—¿En “MasterChef” hicieron amistades?

E: Con algunos hubo más afinidad. Pero en general todos fueron muy generosos.

P: Hoy puedo llamar amigos a muchos de ellos. Sobre todo, a gente que el programa quizá mostró como enemiga.

—Pablo, no generaste mucho amor en el público...

P: No, y eso que soy un tipo gracioso. Aunque no fue lo que se vio en el programa porque en un momento de presión lo que menos querés hacer es reírte. No sólo por vos sino por respeto al de al lado. Además estaba muy enfocado en cocinar. Quería impresionar a los chefs y me tildaron de pretencioso. Y pienso que no sé si está mal porque mi cocina estaba definida no por lo que soy sino por el lugar al que yo quiero llegar. Yo cocinaba para la cocina que quería y no para la que tenía. Aspiré a un nivel para el que no estaba cuando llegué a la final. Y me dejó segundo, pero contento.

—¿Planes?

P: Pensé en un servicio de viandas para la gente de Microcentro, con una propuesta interesante, y rica para demostrar que se puede comer así aun en un momento de frenesí y en un trabajo demandante como el mío. Y hacer las dos cosas en paralelo.

E: Tengo que hacer un libro, transcribir mis recetas. Quiero que tenga el paso a paso que sea más fácil de comprender. Y después me gustaría poder armar mi propio lugar de cocina, pero sé cuánto me va a costar. Antes tengo que estudiar. Cuando lo haga será de comida tradicional argentino-boliviana. Me encanta lo autóctono.

—¿A quién le cocinarían?

E: A mis vecinos porque siempre me apoyaron. Para las fiestas en el barrio siempre colaboramos. Antes mi papá se disfrazaba de Papá Noel, yo hacía algo para regalar... Pero ahora que puedo me gustaría hacer algo más rico para ellos.

P: A Susana Giménez. La vi en el debut y sufrí no estar diciéndole yo lo que le decía Caua Reymond, el Jorgito de Avenida Brasil. (N. de la R: se refería a que el actor le dijo que tenía buenas tetas).

De “kilómetro cero” a algo más que milanesa
Para Ernesto Lanusse, creador de la feria Masticar y de la Asociación de Cocineros y Empresarios ligados a la Gastronomía, la disputa lasagna vs. langosta no importa “sino que haya buena técnica. Hoy está de moda lo que se llama ‘kilómetro cero’, es decir, cocinar con lo que está cerca de la mano y valorar lo regional. Ahora vas a Salta y comés empanadas salteñas; antes te servían trucha que te llegaba fría o mal cocida porque no es autóctona”. Por su parte, Ricardo Alcoba López, de la Guía Oleo señala “estos programas sirven para acercar a la gente a la cocina y a probar algo más complejo que una milanesa”. Y aunque Elba le generó simpatía, para él Pablo reunió “más cualidades para ganar y por su propuesta, formación y carisma (...) podría ser un cocinero mediático con pantalla; para profesional le falta un camino por recorrer”.  Lucas Silva, del Colegio de Gastronomía Gato Dumas, dice que el aumento de inscriptos para agosto se debió en parte a MasterChef que mostró el auge de la cocina en Argentina.

Sabor, técnica y sencillez. El chef Borja Blázquez anticipó la final: “Cuando fui al programa dije que me encantaba la actitud de Pablo y de Elba. Eran las perfiles puros más serios y con más chances: dos caras de la misma moneda: él, por lo complejo, quería mostrar hasta dónde podía llegar, entendía que mostrar técnicas depuradas y un producto final bien elaborado con técnicas avanzadas, era su caballo de batalla. Ella apostó a lo muy sabroso, tradicional. Y ahí está su excelencia”. Para su colega, Dolli Irigoyen también “ganó la simplicidad, lo auténtico y el buen sabor. A la hora de juzgar, el 50% de la elección pasa por el sabor. Podés presentarlo bien, decorarlo, pero si no sabe bien, no triunfa. Y no importa si es lasaña o cordero. Elba fue contundente. Por eso ganó. A Pablo lo vi desbordado, quería impresionar. Representó tal vez el ala más moderna de los jóvenes cocineros, de esos que pueden hacer cocina molecular, pero que no saben hacer un puré rico”,  la cocinera Jimena Monteverde también hizo hincapié en la humildad: “Elba se fue perfeccionando de acuerdo a sus posibilidades. En la cocina es fundamental que uno sea humilde y trabajador, algo que quizás no le pasó a Pablo. Justamente mi perfil de cocina es la simpleza y lo cotidiano”. Por su parte, el chef Ariel Rodríguez Palacios opinó: “Si uno cocina pescado para alguien que nunca lo comió dificílmente éste pueda apreciarlo. Ahí radica la viveza del participante. Quiero decir, si es un programa popular tenés también que hacer el ejercicio de preguntarte para quién cocinás. Y eso fue lo que, me parece, le falló a Pablo”.



Julieta Mondet