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“La presencia de mi papá en el debut fue fuerte porque es Daulte”

Agustín es el hijo del reconocido guionista, dramaturgo y director de teatro Javier Daulte y acaba de debutar como actor en el under.

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Foto:Néstor Grassi

Apenas se pasa el umbral de la puerta, se respira el aire a bohemia. No es casual que en el PH reciclado no haya un televisor a la vista y sí libros por doquier. La casa de un dramaturgo es así. Y es allí donde se crió Agustín Daulte, quien con apenas 20 años decidió seguir el camino de su papá, el afamado Javier Daulte. El joven acaba de debutar con un protagónico en la obra El origen, de Silvia Gómez Giusto, en El Portón de Sanchez.

“La magia sucedió hace cuatro años: me dieron ganas de empezar un taller y hubo algo que me atrapó. Algo que no había conocido nunca, esto de la pasión, de vivir el presente, que es la clave de actuar. Aunque hasta ahí era un hobby. Pero después me llamó Silvia para esta obra y no lo dudé. Ahí me terminó de atrapar; hubo un antes y un después. Ensayando me di cuenta de que ésta es mi vocación”, cuenta Agustín, quien paradójicamente, cuando era chico, se aburría mucho yendo a ver los ensayos de las obras de su papá. “Nunca la hacían entera, entonces me dormía, siempre veía la misma escena”, dice. De todos modos, el germen de la actuación ya iba calando en su ser. “Salí del colegio y probé anotándome en Psicología en la UBA, pero no me gustó. Por suerte, decidí dejarlo y justo coincidió con que me llamaran para hacer esta obra porque la directora me conocía por mi papá y ahí me cerró todo”. Entonces, Javier, entre orgulloso y estricto, interrumpe: “Y yo le dije que si era lo que él quería estaba bien, pero que esto se estudiaba. Así que se anotó y cursa en el Instituto Universitario Nacional del Arte”. Es que, aun siendo un reconocido director, a Javier le cuesta divorciar su condición de padre de su profesión. “El día del estreno estaba de lo más bien pero apenas me senté en la butaca empecé a sentir un gran calor. Como si hubiese corrido una maratón. Le tuve que preguntar a Darío Grandinetti, que había ido conmigo, cómo había estado Agus porque para mí era tan fuerte verlo ahí en el escenario que no podía hacer ningún análisis. Recién ahora, después de ver la obra como nueve veces, puedo ver que tiene un gran talento y mucha dedicación. Incluso este año hizo un casting para una miniserie del Incaa y quedó. Y ahí, que tuviese mi apellido no tuvo incidencia”.

Es que ser “el hijo de” es una ventaja que abre puertas pero también es un peso. “El día del estreno me moría de nervios, me la pasé en el gimnasio para descargar ansiedad. Y encima está claro que no es lo mismo que tu papá sea odontólogo a que sea Daulte. Lo admiro y me parece un virtuoso y talentoso. Mis compañeros se ponían re nerviosos también pero después se acostumbraron y entendieron que es mi papá. Igual, yo sentía su presencia en la sala cada vez que me iba a ver. Recuerdo un ensayo que vino y me preguntó cómo me sentía y yo le dije: ‘Siento que hago todo mal’”, cuenta Agustín. Pero enseguida Javier lo interrumpe y lanza: “Lo mismo decía Alfredo Alcón. ¡Además, supongo que tus compañeros debían sentirse peor!”. Y luego aclara: “Yo voy como papá”.



J.M.