PROTAGONISTAS UN HEDONISTA CON LENGUAJE PROPIO

Miguel Brascó, el bon vivant que inventó la crítica gastronómica en la Argentina

El periodista murió ayer a los 88 años. Quienes lo conocieron, aseguran, fue un adelantado en todo. También fue abogado y escritor. Hoy, sus restos serán cremados en la Chacarita.

Foto:Cedoc Perfil

Cuesta definirlo ya que se destacado en varias ramas del arte; respetado dibujante, escritor, abogado, periodista . Todo eso era Miguel Brascó, quien falleció ayer a los 88 años de un paro cardiorrespiratorio en su casa. Hacía tres semanas fue internado –sufrió un ACV el 16 de abril– en una clínica de Colegiales. Según pudo saber este diario, el crítico no se encontraba muy bien de salud y en el último tiempo había alcanzado casi una sordera absoluta.

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Nació el 14 de septiembre de 1926 en la ciudad santafesina de Sastre. Fue creador de la revista Leoplán, publicación que contó con colaboraciones de, por ejemplo, Rodolfo Walsh. Comenzó en la crítica literaria en la década del ‘60 cuando se hizo cargo de la sección Buen vivir en la revista Claudia. Desde mediados de la década del ‘70 y principio de los ‘80, fue director editorial de la revista Diners, Ego y Status, donde llevó adelante varias crónicas fotográficas y relatos de bon vivant, redactados con ese particular estilo, plagado de imaginación y humorismo. Pero sin dudas, sus textos más memorables, salieron publicados en Cuisine & Vins, la revista que fundó con su ex mujer Liliana Goto.

Brascó además fue secretario del selecto Club Epicure en el Hotel Plaza durante 15 años. Fue muy amigo del Gato Dumas, y supo codearse con grandes de nuestra historia, como Astor Piazzolla y Julio Cortázar. “Vivió las tertulias de los intelectuales de los ‘60 y ‘70, y él era uno de ellos. Y los grandes autores argentinos eran sus amigos. Algunos no lo entendían. Inventaba palabras para describir ciertas cosas y resultaban ideales y clarísimas. Con sus 88 años tenía un léxico muy joven”, contó a PERFIL Héctor Calos, productor de programas de TV, teatro y cine, y editor de su último libro: El prisionero.

    “Leías una nota de él y ya sabías que era Brascó, tenía un estilo personalisímo. Pero sin dudas una de las cosas más revolucionarias que tuvo, fue hacer que a la gente le interesara hablar del vino, siempre saliendo de los típicos clichés, con ese toque de ironía y humor, pero sin dejar ese costado intelectual”, dijo a PERFIL Andrés Rosberg, presidente de la Asociación Argentina de Sommeliers para referirse al llamado “estilo Brascó”.

     En el último tiempo no estaba tan abocado a la crítica de vinos, aquella que definió como el “macaneo” sobre los paladares de Baco. Con mucho humor decía: “La madera efectivamente existe como sabor, un sabor achocolatado o avainillado. Los tonos cítricos también los podés ubicar. Pero cuando te dicen que un vino blanco tiene aromas a flores blancas, es un invento total”.

    Varias personas que lo conocieron coinciden en que, además de ser un hombre muy culto, lo caraterizaba una faceta humorística particular. Alejo Waisman, dueño del restó Sotto Voce, recuerda haberse reído mucho durante la grabación que hicieron juntos para la publicidad del lugar. “El estaba sentado en una mesa y le pasaban varios platos que iba comiendo y ponía unas caras buenísimas. A pesar de su seriedad tenía un humor ácido muy divertido”, contó a PERFIL Waisman.

 “Era un tipo que estaba un paso adelante en todo, con muy buen sentido del humor, pero tambien siempre marcando un sentido de liderazgo que imponía mucho respeto. Viajamos muchas veces juntos a Europa y me hacía descollar de la risa. Sólo él podía estar haciendo un gran chiste, pero siempre con esa cara de póquer que tenía”, recordó Inés González, amiga del crítico.



Agustin Gallardo/ Julieta Mondet