La historia de Ramón Santamarina, el pueblo que recibió la controvertida pileta de lona

Nació con el tren y se resiste a desaparecer. Hoy protagoniza una polémica con el intendente de Necochea. Fotos.

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Sus apacibles y polvorientas calles vieron crecer a Roberto Lavagna, hijo del médico local, y en ellas también vivió la madre Perón, Juana Salvadora Sosa, cuando estuvo casada con un lugareño. Por allí además pasó el gran Ferrocarril del Sud, que dio vitalidad y trabajo a las localidades de la pampa bonaerense, y unió Buenos Aires con el sur de la provincia. Hoy el pueblo bonaerense de Ramón Santamarina es noticia por otro "logro", mucho menos histórico, pero significativo para los escasos habitantes del pueblo: la inauguración de una pileta de lona, por parte del intendente de Necochea, Horacio Tellechea, para ser usada por los alumnos de la escuela primaria del pueblo este verano.

Ubicado a unos 60 kilómetros de la ciudad marítima, en Ramón Santamarina no hay internet ni estación de servicio, es raro ver transitar un auto y todos se conocen entre sí. Este pequeño poblado debe su nombre a un inmigrante español que llegó al país a mediados del siglo XIX y que trabajó como peón de campo. Con lo que ganó, adquirió bueyes y carretas, iniciando un negocio con el que fue creando una fortuna que le permitió, en los los primeros años del siglo XX, ser propietario de las tierras que hoy forman el poblado. Fallecido en 1904, sus hijos comenzaron la construcción del pueblo, que fue finalmente fundado el 2 de octubre de 1910, con algunas casas, un almacén, una panadería, una escuela y un hotel.

Las vías del tren dieron vida a Ramón Santamarina, donde fue necesario construir nuevas viviendas, comercios, escuelas y oficinas para la administración, la policía y el correo. La extensión de la red ferroviaria forzó la creación de tres nuevas estaciones, cuyos nombres fueron un homenaje al inmigrante español que forjó el sueño de un pueblo en medio de la nada: "Ramón Santamarina", como su nombre, "Energía" en reconocimiento a su fuerza, y "Orense" en referencia al lugar donde nació en España.

Año tras año llegaron nuevos pobladores y el lugar llegó a contar con 2200 habitantes en 1940, década en la cual ya contaba con almacenes de ramos generales, panadería, carnicería, una pensión, una sastrería, una zapatería, una herrería, tres farmacias, una escuela primaria, un pequeño hotel, y hasta una casa de fotografía.

Todo cambió, sin embargo, en los años '60, cuando la población descendió a 200 habitantes. El tren dejó de pasar y, poco a poco, comenzó el éxodo de su gente en busca de mejores posibilidades de trabajo y estudio, quedando solamente la escuela primaria, como atrapada en el tiempo. Una de las pocas ocasiones en las que trasciende el nombre del pueblo es cuando, en el mes de marzo, celebra la Fiesta Provincial del Girasol. Su Museo Histórico, creado con dinero donado por sus habitantes, espera ser el puntapié inicial para apuntalar al pueblo como un nuevo destino de turismo rural.

Hoy sus pocos habitantes sobreviven a la lejanía y al abandono con la misma tenacidad con que sus fundadores forjaron al pueblo. Hasta hace unos años, el pueblo formó parte de un plan mediante el cual el gobierno bonaerense ofrecía créditos para vivienda y trabajo a las familias que quisieran regresar a su pueblo de origen, pero la iniciativa no prosperó. Mientras sus mayores envejecen, sus jóvenes emigran a las grandes ciudades para formarse profesionalmente, Ramón Santamarina todavía persigue el sueño de sobrevivir al pasado.
 
(*) Especial para Perfil.com.

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