SOCIEDAD EL MARKETING DE LOS 'ARREGLATUTTI'

Ante hombres que no cambian ni un cuerito, florecen los maridos-delivery

Cada vez son más y tienen mayor demanda para reparar pequeños desperfectos domésticos. Por qué razón los argentinos ya no se dan tanta maña como antes.

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Desde hacía meses Juan arrastraba el pedido de Abi, su pareja, de solucionar una pérdida de agua en la cocina y un desperfecto eléctrico en el living, ya que, según se excusa, “no tenía tiempo, ganas ni conocimiento” para hacer los arreglos. En ese momento entró en escena Maximiliano Marangelli (36), un “marido a domicilio” y “arreglatutti”, como se define, para reparar la rotura de unas canillas y un desperfecto en los cables del hogar.

“Maridos a domicilio” es una tendencia que desde hace años existe en varias provincias de la Argentina. Y crece ante la falta de gente no profesional que sepa hacer los mínimos arreglos hogareños. Así, ellos se ofrecen para plomería, herrería y electricidad, y a través del boca en boca o por internet anuncian que realizan reparaciones en general. Existen no sólo en Buenos Aires, sino también en Córdoba, Santa Fe y Mendoza, pero además en España, Colombia, Uruguay y Costa Rica.

“Me encargo de todo lo que esté roto o tenga algún desperfecto”, describe su trabajo Sebastián Maciel (26), otro de los maridos a domicilio, quien evalúa que el nombre del emprendimiento “pega” porque es la idea de cumplir la misión que siempre tuvo el hombre en el hogar y se está perdiendo. Para Marangelli, la iniciativa tiene éxito porque los varones dejaron de aprender oficios como hace algunos años. “Si se rompe algo, mucha gente prefiere gastar algo de plata y no perder tiempo”, justifica Maciel.

La contracara de los maridos a domicilio son los esposos reales. Jorge Casareto (41) dice no tener tiempo ni conocimiento para ponerse a arreglar elementos de su hogar. “Una vez cambié el sifón de la cocina porque tenía una pequeña pérdida: lo repuse y ahora pierde más que antes”, comenta. Y agrega: “En la época de mi viejo no había tantos plomeros o electricistas, por eso su generación se las rebusca”.

Para Leandro Altamirano, docente del colegio técnico Hipólito Irigoyen, existe una “falta de costumbre” por resolver problemas técnicos, por lo que “progresivamente somos más incapaces de hacerlo con éxito”. “Es más fácil pagar que perder tiempo en intentar entender la dificultad”, opinó el profesor.

Además, Altamirano manifiesta que hoy en día se resuelven con facilidad las tareas de la vida cotidiana y se cuenta con herramientas electrónicas que desplazan al trabajo físico. Según el docente, “se genera una mala costumbre de encontrar las cosas casi resueltas y se pierde la inquietud de encontrar la vuelta a una herramienta o un problema teórico”.



Agustín Gulman