SOCIEDAD DISTINCION DE LA UNIVERSIDAD DE SAN MARTIN

Auster y Coetzee, dos escritores que ahora son honoris causa

Las razones que llevaron a la Unsam a premiar a estos genios de la literatura mundial en la Feria del Libro. El mensaje a los jóvenes estudiantes. El valor del conocimiento y el proceso de producción: dos desafíos compartidos por la academia y la escritura.

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Foto:Prensa Universidad de San Martín

El doctorado honoris causa es siempre la distinción más alta que una universidad puede dar. Ahora, ¿por qué otorgar un honoris causa a Paul Auster y John Maxwell Coetzee? ¿Por qué la Universidad Nacional de San Martín quiere reconocer a un Premio Nobel de Literatura y a un escritor mundialmente multipremiado? En primer lugar, es un reconocimiento modesto, el de una universidad que está en los márgenes de una gran ciudad, como es Buenos Aires. Y es un reconocimiento con gratitud a su obra y a lo que ella implica. Quienes imaginamos y decidimos otorgar esta distinción lo hicimos no como académicos, no como estudiosos de la literatura; lo decidimos como lectores. Quienes pergeñamos esta visita lo quisimos hacer porque hemos leído sus obras y ellas nos han hecho comprender mejor el mundo. Estos escritores nos han cambiado, nos han hecho pensar. Por ello, la gratitud que les tenemos quiere ser tan genuina como ha sido y como es genuina nuestra lectura de la obra de estos dos grandes.

La gratitud sin duda es uno de los gestos humanos más profundos, porque nos muestra conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra precariedad, de la condición humana y, por tanto, de la necesidad que tenemos de los otros para ser nosotros mismos. Pero estos honoris causa también son un signo, un gesto hacia nosotros, hacia nuestros estudiantes y nuestra comunidad, hacia los miles y miles de jóvenes que muchas veces no encuentran sentido.

Es un gesto que quiere destacar, subrayar, poner de relieve algunos de los valores centrales de la dignidad humana, como la imaginación creativa, la ficción, la potencia de la narración: la literatura como potencia fundamental del hombre para construir y contar sus sueños, sus dolores, sus miserias, sus desconciertos, sus esperanzas y sus decepciones. Imaginar mundos es narrar. Narrar con la libre disponibilidad de horizontes imaginados. En las personas y en las obras de Auster y Coetzee queremos honrar y señalar ante nuestros jóvenes, ante la sociedad entera, los valores implícitos en la literatura.

La literatura es para nosotros, como lectores, fundamentalmente una provocación. La historia de la literatura puede ser vista también como la historia del proceso de su lectura y su recepción. En la experiencia de los lectores, incluso los escritores como lectores, eso también puede ser y es la historia de la literatura, y lo que ha significado esa experiencia para cada uno de nosotros como lectores. En esa lectura siempre se juegan expectativas que tenemos antes de leer y que la lectura despierta en nosotros. Esas expectativas son interrogantes que los libros abren en nosotros e interrogantes que, con el ejercicio de nuestra vida y la práctica de vivir, nosotros le hacemos al arte; en este caso, a una de sus formas, que es la literatura. Esas preguntas, esos interrogantes, también hacen que la lectura pueda transformarse en una mejor comprensión del mundo: nos hace ver, nos provoca, amplía nuestra mirada.

La literatura también es una provocación a la experiencia. Recuerdo un texto de los años 30 de Walter Benjamin, Experiencia y pobreza, en el que este pensador contaba la vivencia de los soldados que venían del campo de batalla después de la Primera Guerra Mundial: no podían hablar, no podían contar lo que habían vivido; es decir, no podían construir un sentido, hacer una experiencia. Tenían muchos hechos detrás de ellos pero ninguna experiencia, porque no podían contarla. Esta es la maravilla de la literatura: que, ayudándonos a narrar, nos ayuda a construir una experiencia de sentido que se convierte para nosotros en arte de vivir, en un mejor modo de vivir. Y esa experiencia que nos permite el narrar y el escuchar narraciones se convierte en la misma experiencia, no sólo porque hay hechos pasados que traemos al presente sino porque la experiencia es novedad. Es crear algo nuevo y es así porque, en definitiva, como dice también Benjamin, la experiencia siempre es experiencia de sí mismo, del propio espíritu que se despliega. Por eso la literatura es una gigantesca provocación al encuentro con nosotros mismos y con los otros.

Sin duda, la literatura nos invita a repetir el gesto que está en su origen, la soledad del que escribe. Ese gesto de soledad se repite en el que lee. Pero esa soledad está llena de encuentros: podríamos decir que cuando leemos, nunca estamos solos; que cuando estamos solos con un libro, estamos con sus historias. Son esos grandes amigos, los libros y sus mundos (Petrarca, Montaigne, Maquiavelo, para citar algunos), los que soñaban volver por la tarde a sus casas y encerrarse a dialogar con esos amigos.

Las grandes universidades se crearon y vivieron alrededor de una biblioteca, como un corazón de vida que alimenta la inquietud intelectual y también el encuentro no sólo con los libros sino entre nosotros; en el diálogo que la literatura nos provoca, nos ayuda a encontrar, a comentar, a escuchar, a compartir. ¿Cuántos libros hemos descubierto porque otros nos han contado de ellos? La literatura nos ayuda a compartir, a hacer comunidad. En un mundo donde hay tanta tecnología para comunicarse y tan poca comunicación, el narrar y compartir libros es un gran ambiente. Por eso, la literatura siempre es una experiencia compartida que nos entrelaza, que nos permite recuperar las experiencias de todos como lectores, las de nuestras vidas.

Por todo esto, estos dos títulos de doctor honoris causa quieren ser un gesto de provocación para decirle a la universidad que la literatura, como experiencia de lectura, debe estar en el corazón de la vida intelectual provocando esa vida, como efervescencia, como inquietud. La literatura es el gran lenguaje que todos podemos hablar: científicos, artistas, educadores, filósofos, tecnólogos. Es el gran lenguaje que nos puede ayudar a escucharnos, a entendernos y a hablar en conjunto del mundo, de los problemas de la existencia humana. La literatura es entonces un encuentro de encuentros y eso es el corazón de la universidad, porque ése es su destino, su vocación, su sueño.

En una sociedad cada vez más partida y más rota, la universidad debe ser como un ágora, esa plaza griega de encuentro entre los hombres. Porque es algo tan maravilloso lo que aquí sucede que no vale la pena dejarla sólo a los universitarios: nuestra tarea es construir en esta universidad un lugar de encuentro de toda la sociedad. La literatura nos ayuda entonces a cumplir nuestros desafíos: tratar de soñar y de construir un mundo donde la justicia, la verdad y la belleza tengan un poco más de lugar. Y eso sólo es posible si lo hacemos juntos.

La literatura, como lo vemos en la obra de estos dos escritores, tiene sin duda la potencia de develarnos los múltiples rostros del
mundo y de la vida; también los más terribles y de la forma en que sólo el arte puede hacerlo: yendo hasta la profundidad de la experiencia humana, hasta la más atroz. Pero en ello mismo la literatura no deja de ser un hilo de luz hacia la esperanza humana, que es lo
que sostiene nuestra dignidad.

*Rector de la Universidad de San Martín (Unsam).



Carlos Ruta