SOCIEDAD

Crónica de un padre desesperado

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Me cuentan en casa que en junio de 2012 compré el primer CD de Violetta llamado Violetta y que, posteriormente, se me ha escuchado tararear en estado de inconciencia algunos de sus éxitos.

Niego lo segundo. No puedo hacer lo mismo con lo primero porque acabo de encontrar la prueba física del oprobio en la discoteca volante de mi familia, donde se mezclan varios debuts de la “música” teen (One Direction, Rock Bones, etc.), el concierto de Bill Evans grabado por Radio France en 1979, las obras completas de Los Beatles y los grandes éxitos de Roberto Carlos en español.

El acto de comprar se parece en la mayoría de los casos a un acto de sonambulismo. Uno no sabe lo que compra, ni por qué, ni cuándo lo hace. En este caso, sospecho que compré Violetta por la presión insostenible de mi hija, que entonces tenía 10 años y amaba a Martina Stoessel con la misma intensidad con que ahora la desprecia. Es evidente que la tremenda inducción al consumo de Disney Channel encendió la mecha y todos hicimos nuestro trabajo. Disney fabricó uno de sus tantos productos clásicos (chica con sentimientos que canta), lobotomizó a su mercado más impulsivo e indefenso, la víctima de la maniobra (mi hija, apañada por un ambiente “natural” en el que millones de niñas deseaban lo mismo) oradó mi resistencia con un eterno loop compuesto de la palabra “dale” y yo, último eslabón de la cadena del consumismo más estúpido de la Tierra, cerré el ciclo en la disquería Libro 49 de City Bell mientras Walt Disney se revolvía de satisfacción en su lecho de rolitos de hielo.

Entiendo cómo funcionan las cosas del mercado porque éstas son muy visibles y, en muchos casos, hasta intencionadamente exhibicionistas. Operan de un modo desafiante recordándonos quién manda. Como si nos dijeran: “¿Así que vos no querés consumir Violetta? Pero mirá vos qué... marxista el muñeco, ja, ja, ja. Te damos una semana y vas a ver cómo a Violetta la tenés dentro”.

Ahora, ¿por qué aun conociendo cómo funciona la máquina del consumo teen se hace casi imposible desmontarla? En primer lugar, porque ataca el deseo de las personas que amamos.

Porque hace desear y sufrir a los niños por su insatisfacción como por un mal de amores; y porque, una vez que el dispositivo sádico se pone en marcha, es el mismo mercado el que nos presenta simultáneamente una propuesta de compensación.

Querer tener, poder tener. “Problema” y “solución”. Esa es la mecánica. De manera que está en uno, sobre todo en el burgués imbécil que llevamos dentro, si hacemos sufrir a los chicos, que desean artificialmente pero sufren de verdad, o desembolsamos unos pesos para sostener con nuestro grano de arena la industria de la boludez.

Mi coartada es ceder a veces en favor de ese consumo a cambio de un discurso anticapitalista. Es el costo que les hago pagar a mis hijos cada vez que desembolso bajo protesta, y que siempre termina con la misma refutación: “Pero vos te la pasás comprando libros”. Tienen razón. No hay deseo que no tenga su industria. En febrero vi en el Disney Store de los Champs Elysées una presencia masiva de artículos de Violetta. Se ofrecían  tazas, bikinis, bandoleras, ojotas, alfombras de baile, anteojos, etcétera. En esos días, una amiga de familia francesa me contó su odisea al gestionar, y no conseguir, una entrada para que su hija pudiera ver uno de los diez conciertos que Martina Stoessel dio en el mes de enero en el teatro Grand Rex de París. Todos los éxitos del momento son totales.
*Escritor.



Juan Jose Becerra