SOCIEDAD


El otro yo de Lionel Messi

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Aquí dentro estamos todos. Los que pregonan que el que se clasifica segundo es el primero de los perdedores, los que mascullan “amargo” y le dicen “pecho frío”, los que llenaron páginas comparándolo con Maradona, los que dicen que tiene que jugar de punta, por la izquierda o por la derecha, los que piden que haga goles como en el Barcelona, los que quieren que juegue solamente en el Barcelona, los que dicen que en España no lo marcan, los que lo descalifican porque no canta el himno como Los Pumas. Todos. También los que lo idolatran desmesuradamente cuando hace un gol para la Argentina y se desilusionan cuando no sale campeón. Todos. Los que amamos el juego del fútbol, los honestos ignorantes de la pasión y los militantes del nomegustaelfútbol. Los que intentamos no perdernos un solo partido del Barça y los que sólo lo ven en una final.
Todos aquí, dentro de estos doce paneles fusionados en un revestimiento de tres capas y una cámara de látex de carbono de libre flotación cubierta con una mezcla de polietileno.
Todos dentro de esta pelota. Y frente a nosotros, él.
Lionel Andrés Messi  (29 años, casado, dos hijos) nos acaricia, nos mira, nos coloca un poco hacia la derecha, dentro del punto blanco de las doce yardas. No sabe (¿o sabe?) que estamos dentro. Oyó –sin escucharlo– al payaso careca. Se aleja para tomar distancia de esta colorida esfera de cuero sintético, goma, poliéster y algodón. Se mordisqua apenas el labio inferior, exhala corto, un leve soplido y avanza lentamente, con dos pasos cortos y uno más largo y más rápido, el brazo derecho recogido, el izquierdo extendido, la cintura apenas arqueada, la pierna izquierda extendida en ángulo de 63 grados con respecto al césped. Dentro de la pelota nosotros, todos. Detrás nuestro, en el centro de los 7,32 m entre poste y poste su compañero Claudio Bravo (“nos llevamos espectacular”). Más atrás los carteles de Thakita, Blue Light y Total.
Lionel había elegido el palo izquierdo de su amigo, a la altura de la segunda H de Blue Light pero a 2,35 m del piso, cerca del travesaño. No habría forma de que no fuera gol, porque Claudio ya tenía la mente viajando a su palo derecho, y como Chiquito Romero le había atajado el primer penal al mejor de ellos sólo esperábamos el golpe del botín escamado de la zurda de Lionel para que nos llevara camino a la Copa.
De pronto una voz interior, un aura, un destello energético que se desprende del cerebro lanzó una contraorden al cuerpo de Messi. El otro yo de Lionel Messi, una voz más firme que la suya, ¿la misma que le dictó el tuit contra la AFA?, le advirtió que estábamos aquí  y con un grito interior le anunció que podría liberarse de todos nosotros, definitivamente:
- ¡Tirala a la mierda! Y que se vayan todos al carajo…
Y allá vamos, 44 millones dentro de una pelota, camino a la mediocridad, lejos del travesaño. El pobre Lionel no recuerda su voz interior y llora. El Mejor Jugador del Siglo llora.
                    
*Periodista.

Andrés Soto