SOCIEDAD


El reino de lo prohibido

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Se prohíbe lo que no se puede controlar. La frase, casi un cliché, suele usarse como máxima para describir alguna de las sinrazones de regímenes o gestiones autoritarias. Pero no se circunscribe sólo a eso.
Con las limitaciones que tiene toda generalización, podría decirse que cuando la prohibición nace como reacción inmediata, como primeros auxilios visibles, tiene la pretensión de ser una rápida demostración de autoridad. Lo que parecen desconocer los prohibidores seriales, que se apresuraron a reclamar medidas extremas  a partir de la tragedia de los jóvenes muertos durante la rave de Costa Salguero, es que prohibir todas las fiestas electrónicas no sólo no transmitiría una señal de autoridad sino que actuaría como una confirmación de flaquezas: sería la admisión obvia de que no se evitó la ilegalidad y, al mismo tiempo, asumiría que no se está en condiciones (o no se sabe como) de hacerlo en el futuro. Alcanza con ver la proliferación de reuniones que bajo eufemismos se siguen promocionando por redes sociales con idénticas características. Sería lo más fácil y lo menos efectivo. No se podría ni controlar la prohibición.
No es nuevo y la vida reciente de los argentinos está llena de ejemplos parecidos y decisiones que quedaron reducidas a una sobreactuación tribunera o a medidas provisoriamente definitivas. Pasó después de Cromañón, cuando a poco de las restricciones inmediatas surgieron supuestos bares o pubs que encubrían fiestas con músicos en vivo sin controles.
Pasa desde hace años en los estadios de fútbol, al punto que casi está naturalizado ser el único país y deporte en que se prohíbe la asistencia de público no local, y se asiste cada semana a partidos donde se inventa la venta de entradas para “neutrales”, que suman miles.
Pasó en la economía con la venta de dólares, y ya se sabe cómo terminó.
Esta costumbre de prohibir al extremo y no poder controlar ni lo que se prohíbe no habla sólo de las capacidades de gestión de funcionarios que deciden exponer su debilidad de la forma más enérgica, sino que exhibe a sectores de la sociedad especializados en evadir los cepos y a otros que se resignan o adaptan a una vida “blue” confortable, pero están siempre listos para indignarse ante la ilegalidad que se hace pública.
La prohibición extrema revela una debilidad extrema. Es como sin alguien imaginara cortarse la cabeza para que no le duela una muela, o prohibir los autos para terminar con las muertes en accidentes de tránsito, o... mejor ni pensar qué genial idea surgiría para controlar la natalidad.

Carlos De Simone