SOCIEDAD

¡Feliz Bienio, Hamlet!

Resultó inevitable que 2013 sin frenos acabase incrustado en 2014 y se lo llevara puesto.

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default Foto:Cedoc

 

Contra las cuerdas, sin saber de dónde nos vendrá el próximo cachetazo, los argentos inauguramos el período más bizarro de nuestra pre modernidad. Nada menos que un año de 730 días, cosa que no le sucede a ningún otro país de la Tierra. Falto de ideas, conducción y proyecto y despeñándose sin rumbo, resultó inevitable que 2013 sin frenos acabase incrustado en 2014 y se lo llevara puesto. Fue un instante revelador. La luz parpadeó y terminó en apagón. Los corchos se resistieron a salir de las botellas de champán. Los celulares no saltaron al 1 de enero 2014 sino a un enigmático y compacto 2013/14 que dejó boquiabiertos a varios millones de ciudadanos y otros varios de zombis (argentos todos).

Fue por su gravosa, autoritaria y grosera inercia que 2013 destruyó la cronología. Poco podía el 2014 virgen y no contemplado por nadie, resistir la invasión confiscatoria de 2013. Así, en un instante extraordinario que dará que hablar al mundo, el país de Argentia, por su cuenta, abrió un capítulo temporal llamado El Bienio. Por boca de ganso el Primer Ministro sostuvo ante cronistas que tal fenómeno respondía a un hecho irrefutable: ignorando como iría a terminar el año 2013 ni como empezaría 2014, fue decisión presidencial decretar un semejante combo de emergencia. En el Poder se vivieron horas agitadas y algo de lo tratado pudo escapar del palacio. Que persistir en el pasado repitiendo presente no podría frenar al futuro en puerta. Que había que actuar ya. Las lumbreras de Carta Abierta recibieron orden de abandonar sus hamacas estivales, volver ipso facto a la medieval Buenos Aires, batir la materia gris de la que aún adolecen y ofrecer una inmediata solución al oxímoron reinante.

Qué fue la del Bienio.

Esto es, suma de 2013 al 2014 en un un sólo año argento de 730 días. Únicos que somos para el mundo (habemus Papa, habemus Messi, habemus reina) ahora (Maradó, Maradó) también lo somos para la temporalidad del mundo. Si los judíos andan por el 5774, los chinos por el 4711, los islámicos por el 1434, y Grondona por los 36, bien podrá aceptarse que por una insuficencia en la gestión (así como otros se adelantan) retrase nuestro país en el reloj del mundo. Por lo demás ¿Por qué habríamos de ajustarnos a la implacable moda del calendario si el estilo argento destaca por incordiar a troche y moche y no acordar con nadie? En ejercicio de anestesia cívica, encapsulados como ostras y no teniendo más que Relato de donde aferrarnos, saltamos de un bote salvavidas a otro en la confianza de que el témpano que ya está encima no es témpano sino una gigantografía del Perito Moreno tan renombrado él.

Pasa que venía yo (así como otros el perro) de pasear mi corazón, cuando (ya masticada esta bronca y puesto a tallar mi Hamlet propio) decidí calmar en parte mi indignación por El Bienio Argento en el que desde hace unas horas me han metido. A la civilización mundial el asunto ni lo roza ni lo sobrevuela. Es menos que una Nada. Y estropicios de éstos no suceden sólo aquí. Basta recorrer un noticiero para dar con un Hamlet ucraniano, una Ofelia turca o un Polonio catalán. Y además, la esperanza, si algo es, es argentina. Entre nos hay millones de Hamlets dormidos, otros en duermevela y muchos ya despiertos.

Personaje todo servicio que es el príncipe danés que nos regaló Willie. No bien detiene uno el paso y la mirada, allí está el pibe Hamlet. Con cara informática en Retiro o vestido con harapos en Constitución. Hay tantos, que hasta mujeres Hamlets hay. Para mí, éstos son los nuevos argentos. Ropa normalita, poco aspaviento, ojos buscando al destino para preguntarle de qué va la cosa. Les punza el drama más que la comedia y como no es hora de holgar sino de buscar trabajo, lo que hacen para fuera es decir “boludo”, pero por dentro se enrollan en pensar. Y para pensar, primero dudar. Algo que nunca hacía el piola, segurísimo fanfarrón de todo. Y así le fue. En realidad, el más piola es Hamlet. Ya no se trata de bailar y zafar. Ser “vivo” perdió eficacia. La mufa es obsoleta. Hacer la del avestruz no rinde. Lo que cunde es la duda. Preguntarse ¿en que año estoy? ¿En 2013 o en 2014? ¿Qué? ¿En los dos al mismo tiempo, atrapados como guante y mano y conmigo dentro?

El drama está. Cae el telón y con él, la ilusión, el progreso. Se devalúan los pecados capitales, languidece el sexo, implosiona y explosiona la familia, se aleja la justicia, tiemblan las costumbres. No sólo se trata del bolsillo: es el alma la que no da más. Tras el vendaval sobrevivimos entre los escombros de una sociedad que se fue. La que vino, es todavía una época muda. ¿Quién le explica a un campesino que la idea de progreso cesó? ¿O lo transgénico a un urbano alejado de los libros? ¿Lo único cierto es que cada día agregamos más símbolos de miedo al imaginario de una sociedad que no sabe adonde va. Es eso. Y rogar nos toque la puerta no atascada del Titanic. El bote bueno.

El currículum argentino es simpático pero no funcional. Nos fue dado crecer por impulsos, sin pensar. Esto es, dudando muy poco, de a gotas. Esta mediocre artesanía mental nos llevó a mas de una barbarie y a fanatizar la historia. Mucho Macbeth supimos ser. Y algo aprendimos. Al menos dejamos atrás la década de Ricardo III. Hoy, la escena ciudadana ensaya, practica la duda, se prepara para “Hamlet”. Bienvenida sea si nos lleva a la modificación. Urgidos como estamos por estrenar en 2015, pasado ya El Bienio, es más humano esperarlo con la mano en el mentón que con la mano en el fusil. Prende más el preguntar, el preguntarse.

No es otro el oficio de Hamlet. Sea para vengar al padre, para enseñar a los actores a subir a escena o para neutralizar a tiempo la próxima infamia. Sea para soñar o recordar o votar. Es verdad que duele un poco ser Hamlet. Pero tiene a su favor que nos pone en claro ante lo oscuro.

Ante El Bienio, por ejemplo.
 


epeicovich


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