SOCIEDAD UNA TENDENCIA PREOCUPANTE

La ‘inclusión excluyente’: más alumnos y más deserción

En las últimas décadas, el ingreso al sector educativo superior ha crecido en todo el mundo. Pero, para algunos autores, lo que sería una “puerta de ingreso” es una “puerta giratoria” que expulsa a los alumnos que no logran recibirse. Un fenómeno global.

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A comienzos del siglo XXI, el nivel educativo de la población, y en particular el acceso al tramo terciario, resultan críticos para la fortaleza de los países. Sin embargo, la deserción en educación superior ya es un problema de orden global. Ello se asocia con otra tendencia clave: la irrupción, en los últimos cuarenta años, de una masificación intensa, continua y sin precedentes.

En efecto, el alza de la matrícula fue y es extraordinaria. Así, y según el Compendio Mundial de la Educación 2009 (Unesco), se pasó de 28,6 millones de alumnos en 1970 a 100,8 en 2000, y a 152,5 en 2007. En ese marco, la tasa de inscripción en el mundo subió del 9% en 1970 al 19% en 2000, y al 26% en 2007.

Un proceso global, sí, pero muy desigual: es decir, persiste una desigualdad internacional alta. Así, y en cifras de la Unesco, se dan tasas copiosas en América del Norte y Europa Occidental (71%), y en Europa Central y Oriental (62%), pero aún muy reducidas en Asia Meridional y Occidental (11%) y Africa Subsahariana (5,6%).

Por su lado, América Latina y el Caribe también avanzaron: del 6% en 1970 al 23% en 2000, y al 34% en 2007. Empero, existen disparidades marcadas entre países. Por eso se constatan sistemas nacionales con grados de masificación muy disímiles: alto (Venezuela, 79%; Argentina, 68%; Uruguay, 64%); medio-alto (Chile, 52%); medio (Panamá, 45%; Ecuador, 42%); medio-bajo (Brasil, 34%; México, 27%); y bajo (El Salvador, 25%; Honduras, 19%; Guatemala, 18%). Así pues, una desigualdad aguda. A la vez, la masificación dio lugar a procesos de inclusión social.

Es decir, abrió el ingreso a franjas sociales antes excluidas. Así lo muestra un trabajo de la Universidad de Stanford de 2007, una investigación comparada de Europa occidental y el este de Asia, más Australia, Estados Unidos e Israel.

En tal marco, la masificación entraña otra tendencia medular: altas tasas de deserción global (aunque hay problemas de información estadística). También en el capitalismo central. Al respecto, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos aporta datos en su dossier anual Education at a Glance. Así, en 2013 indica que en promedio el 32% de los alumnos que ingresan al ciclo abandonan y no se gradúan (en OCDE). También anota variaciones de fuste entre países.

En efecto, Estados Unidos padece una deserción copiosa: 47%, igual que Suecia y Hungría. En Nueva Zelanda y Noruega es algo más baja: 41%. En Reino Unido, Holanda, República Checa, Eslovaquia, Portugal, México y Polonia oscila entre 28% y 38%, mientras que en Japón y Dinamarca es menor al 20%. Por eso se abrió una brecha de graduación, una distancia entre los países del capitalismo central. Así, según Education at a Glance 2013, en la población de 25 a 64 años, Estados Unidos ocupa el tercer puesto (42%), detrás de Canadá (51%), Israel y Japón (46%), Chile (29%), México (17%), Argentina (14%), Brasil (12%). El retroceso se agrava entre los jóvenes (25 a 34 años): Estados Unidos cae al séptimo lugar, junto con Francia y Suecia (43%).

Por ello, la Fundación Lumina para la Educación en Estados Unidos formuló una “Gran Meta”: elevar la graduación en el país al 60% en 2025. Es decir, cerrar la brecha. Por su lado, el presidente Barack Obama retomó el objetivo y lo sumó a la Estrategia de Seguridad Nacional 2010. Por ende, la graduación en educación superior escala a una jerarquía notable, ha cobrado un rol vital.

Otra hipótesis primordial es que la deserción en el tramo supone una desigualdad social aguda. Así, aflige precisamente a esas franjas antes excluidas y en desventaja en la distribución de capital económico y cultural. Por eso se da una inclusión excluyente, una selectividad social. Otra tendencia global, que crea brechas de graduación que son brechas de clase.

Por ello, Vincent Tinto, de la Universidad de Siracusa, afirma que la presunta puerta abierta en el ciclo para esos estratos no es tal, sino que se trata de una puerta giratoria: así como entran, salen. Una tendencia que en Estados Unidos ha sido verificada por un cuerpo de investigación muy abundante.

En el caso de América Latina la información es escasa. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (2007) corroboró esas brechas en alumnos de primera generación en el tramo –una variable causal clave–. Así, la porción de esos jóvenes que logra graduarse es sumamente exigua: por ejemplo, sólo el 5,4% si los padres tienen hasta el secundario completo, una proporción que sube enormemente: al 71,6%, si los padres concluyen estudios superiores.

¿Por qué tal exclusión? Al respecto, proponemos otro juego de hipótesis. Entre ellas, la índole por lo regular educativa del abandono en el ciclo: la irrupción de dificultades académicas serias, sobre todo en esas franjas en desventaja. También, hay factores causales, un conjunto de barreras concurrentes, económicas, entre otras.

¿Y por qué dichas dificultades académicas? Por un lado, y en tiempos de masificación, una hipótesis es que se propagan escollos de capital cultural en el punto de partida, en especial en esos estratos –una traba nodal para la permanencia y la graduación. Otra tendencia global–.
No obstante, y a la vez, aquí se realza el rol crítico de las instituciones, y en particular de la enseñanza, como un condicionante primario –de aquellas dificultades y de deserción–. Un papel crecientemente recalcado a nivel internacional, y que se funda en evidencias de investigación: un corpus sólido, en ascenso, que circunscribe como objeto de análisis ciertas mejoras de la enseñanza, y prueba sus impactos favorables y categóricos en los alumnos –en el desempeño y la persistencia; y básicamente, en sectores desfavorecidos–.

En suma, se plantea que la enseñanza universitaria usualmente dominante en el ciclo beneficia a franjas ya privilegiadas, con mayor capital cultural en el ingreso, mientras relega y expulsa a capas con menor dotación.

Por ende, se da una reproducción institucional de aquella desigualdad cultural inicial, otra tendencia global –no inexorable–: no hay nada forzoso, puede y debe ser revertida.

* Doctora en Ciencias Políticas y Licenciada en Psicología.
Investigadora en educación superior en la Universidad Nacional de General Sarmiento.



Ana María Ezcurra