SOCIEDAD ALGUNOS INTEGRANTES FUERON HERIDOS POR GENDARMERIA

La murga baleada en el Bajo Flores quiere “un Carnaval en paz”

El grupo Los Auténticos Reyes del Ritmo, donde bailan chicos de la Villa 1-11-14, dice que  participarán igual de los corsos. Tras el ataque, perdieron tambores y banderas.

Foto:Juan Obregon
“Para nosotros, la murga es todo. Son dos o tres horas por día donde los chicos se olvidan de los problemas que los rodean. Además de darnos alegría, la murga es contención”, asegura Florencia Torres, integrante, junto a su pequeño hijo Fernando, de Los Auténticos Reyes del Ritmo, la murga de la Villa 1-11-14 que el viernes pasado fue baleada por efectivos de la Gendarmería Nacional en el Bajo Flores. “Somos una murga familiar y de vecinos que nos conocemos todos. Es lo único que tenemos fuera de la realidad del barrio”, agrega la joven madre, que recibió una andanada de postas de goma sobre su cuerpo para proteger a su hijito del increíble ataque realizado por esa fuerza de seguridad que, una vez conocidos los hechos, obligó a las autoridades nacionales a abrir una investigación (ver aparte).
Según explica su director, Gustavo “Marola” González, Los Auténticos Reyes del Ritmo se fundó el 11 de enero de este año con la intención de darles a los chicos del barrio Illia 2 la posibilidad de participar en los corsos porteños. El grupo está formado por unas 150 personas, donde el 80% son chicos de 2 a 14 años. También participan algunas madres y varios adolescentes, que se encargan de darle ritmo a la murga con los “zurdos”, los tambores que marcan el ritmo murguero.
“Es una murga muy humilde donde todos colaboran con algo. Desde las telas para los trajes hasta la organización de ferias de platos y rifas para juntar dinero para alquilar los micros que nos llevan a los diferentes corsos”, afirma González durante su charla con PERFIL. El encuentro se lleva a cabo en el mismo lugar donde se produjeron los hechos: la calle interna del complejo habitacional que tiene una extensión de casi cien metros de largo y que une la avenida Esteban Bonorino con la calle Charrúa.
Hacia ambos lados de la calzada –que Marola anhela se llame como su murga– se erige una serie de edificaciones del tipo monoblock. Las unidades que dan al frente cuentan con balcones que les permiten a sus dueños, por ejemplo, tener una vista privilegiada de los ensayos del conjunto.
Futuro incierto. La murga tenía planeado participar de algunos corsos en la Ciudad y en el conurbano bonaerense. “La idea era bailar en Floresta, Pompeya y La Tablada, pero después de lo que nos pasó no sabemos adónde vamos a ir. Perdimos algunos elementos de la murga y no tuvimos tiempo de alquilar los micros ni de preparar los trajes”, asegura preocupado González. “Lo único que tenemos concreto por ahora es nuestra participación en los corsos de Boedo, el sábado 13”, añade.
“Acá siempre hubo autos abandonados. En algunas ocasiones nosotros mismos los corríamos para evitar que los más chiquitos se golpeen o se lastimen. Seguimos sin entender por qué pasó lo que pasó, si nunca habíamos tenido problemas, ni con los gendarmes ni con nadie del barrio. Queremos un Carnaval en paz”, agrega mientras saluda a cada uno de los murgueros que llegan de todas partes del barrio luego de que los bombos anuncian que el ensayo está por comenzar. Son las 19.30, y las repeticiones de las danzas y saltos durarán hasta casi las 22. El hecho de que haya muy poca luz artificial no impide a los Reyes moverse al ritmo de los tambores. Grandes y chicos disfrutan el momento sin problemas.
“Apenas mis hijos escuchan el llamado, preparan sus cosas y nos venimos al ensayo. Para los que no podemos irnos de vacaciones, es una salida en familia”, afirma Marcela, mamá de Brandon y Ayelén, mientras ellos saltan y bailan. En ese ratito, asegura, se olvidan del duro momento que les tocó vivir ese viernes 29 de enero.

Claudio Corsalini