SOCIEDAD


La Plata inundada, recuerdo de una ciudad abandonada por el Estado

Una tormenta perfecta puso en primer plano la desidia política y el valor de los vecinos. Los héroes, los muertos, la historia de una tragedia. 

El uso político de la tragedia y de la solidaridad ajena.
El uso político de la tragedia y de la solidaridad ajena.
Foto:Telam

En la mañana del 2 de abril de 2013, último día de un feriado largo, la ciudad de La Plata estaba quieta, en silencio. El calor se sentía más por la humedad de la llovizna que había caído durante la noche anterior. Hacia las once de la mañana el Servicio Metereológico Nacional levantó el alerta que regía desde la tormenta que había caído sobre la ciudad de Buenos Aires. Hasta el tres de abril no volvería a emitir un comunicado, ya que el radar de Ezeiza estaba desconectado.

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Sin darnos cuenta, los platenses, y quienes frecuentamos a diario la capital provincial, nos preparábamos para el día más impresionante de nuestras vidas como comunidad. Actos de heroísmo individual, muertes sin sentido, devastación y pérdida de todo lo material. Pero lo que murió también esa noche es la creencia de que ese Estado presente que nos vendieron durante la última década estaría cuando se lo necesitara.

Entre las 16,00 y las 19,00 horas cayeron en la ciudad más de 300 milímetros de agua, En tres horas se superó en casi cuatro veces el máximo histórico para todo el mes más lluvioso de los últimos 100 años. Mientras la caída de agua histórica para todo el Otoño promedia los 260 milímetros, en unas horas se registraron 392 milímetros sobre el casco urbano y otro tanto en las afueras. La Plata sufrió tres tormentas simultáneas, dos verticales y una horizontal. Por si fuera poco, ingresó a la ciudad por las pendiendientes naturales, desde la Ruta 2, el agua acumulada en una superficie de 80 hectáreas, que conformaron los ríos de montaña en que se convirtieron las avenidas y cauces naturales de los arroyos entubados. 

A ese evento se sumó el incendio de la destilería de YPF y, para agravar aun más la situación, decenas de dotaciones de bomberos que arribaban desde toda la provincia a socorrer a los afectados, debieron abandonar los rescates para atender un siniestro que podría haber borrado del mapa a media ciudad de La Plata, parte de Berisso y Ensenada. Recién cuando comenzó a clarear, y con el fuego controlado, se pudieron sumar a los operativos. 

El rudimentario sistema de emergencia local también se vio afectado por la sencilla razón de que, quienes debían activar -policías, bomberos, empleados municipales y Defensa Civil- también estaban inundados o no podían acceder a sus puestos.

Para completar el cuadro, mientras el intendente Pablo Bruera ya se encontraba en la ciudad luego de haber regresado de urgencia de unas vacaciones en Brasil, alguien de su equipo de comunicación presentó en Twitter una foto junto a una frase que daba a entender que se encontraba desde la noche anterior recorriendo centros de evacuación. Rápidamente en las redes sociales se descubrió la mentira y condenaron la innecesaria manipulación. Esta situación lesionó su liderazgo, que hubiera sido necesario en esas primeras horas. 

Luego se lo vería activamente al comando de la situación, aunque resultó evidente que desde el propio gobierno Nacional se aprovechó su debilidad para trasladar responsabilidades. Responsabilidades como el nunca aclarado convenio entre Nación y Provincia, que había delegado la limpieza de los arroyos de la ciudad en la Cooperativa "Néstor Vive en Nosotros" por un precio de casi cuatro millones de pesos a valores de 2012. Según científicos de la Universidad de La Plata, el daño no podría haberse neutralizado con las obras hídricas que se reclamaban ni con el saneamieto de esos arroyos, pero lo cierto es que se delegó esa tarea a quienes no estaban capacitados para realizarla. 

A las cuatro de la tarde, el día se hizo noche. Cuando comenzaba lo peor, 120 mil usuarios estaban sin servicio eléctrico y, consecuentemente, sin televisión ni internet, sin señal de celular ni telefonía fija. Estaban aislados, desconectados del resto del país y de las zonas de la ciudad en dónde no se registraban inundaciones. A esa hora ya morían atrapados en sus casas los primeros vecinos, como en la zona de 29 y 60, en 17 y 45 y en Parque Castelli o Tolosa. Atrapados en sus casas, sin poder abrir las puertas ni destrabar las rejas.

Así, cientos de  miles de platenses comenzaban las penurias que durarían al menos diez horas. Parados en sillas colocadas arriba de las mesas, o acostados en alacenas. Otros, los que pudieron acceder, pasarían la noche en los techos de sus casas, congelados, acalambrados, llorando, shockeados, sin saber cómo estaban sus familiares en otras partes de la ciudad.

Al menos uno de cada diez fallecidos perdió la vida tratando de llegar a las casas de sus hijos o amigos, en el rescate de sus vecinos o atrapados en sus autos. Murieron de frío, ahogados, infartados, electrocutados. El resto sería arrastrado por ríos que corrían a más de 40 kilómetros por hora o viendo cómo el agua que salía de los desagües de las piletas y los pisos, además del inodoro, llenaban sus casas como una pecera mortal.

Historias que la memoria colectiva no puede borrar, como la del pibe peruano que trabajaba de sereno en un hipermercado mientras esperaba que se le reconociera el carnet habilitante para manejar una motoniveladora, cuyo padre, que llegó de Lima, decidió dejarlo en el cementerio local "porque amaba esta ciudad". La de la viejita de 60 y 131 que pasó la noche subida a la heladera abrazada a su marido muerto y del que, cuando llegaron los rescatistas, no quería desprenderse. La historia del mecánico que, a pesar del feriado, fue a adelantar trabajo en la zona del Estadio Único, cuya hija salió a buscarlo en medio de la tormenta y pasó la noche en un árbol de la calle 32 y fue rescatada por un Fiscal y un canillita que arriesgaron sus vidas atados a una cuerda.

No es raro encontrarse con gente común de la ciudad que esa noche, casi sin darse cuenta, realizó actos de heroísmo conmovedores. Son los que dicen sin estridencias "escuchaba los gritos de mi vecina atrapada, me tiré al agua y con un hacha rompí las tejas y la saqué por los techos". O los pibes que se subieron a un kayak y durante la noche evacuaron a sus vecinos en la zona de 13 y 525. La historia del abuelo y el nieto que cayeron de la casilla de madera que se desarmó en el barrio de Villa Elvira y se los llevó el agua frente a la desesperación de su esposa e hijos

O el músico que sacrificó sus instrumentos y arrojó los estuches desde la terraza a los que luchaban contra la corriente, para que los usaran como salvavidas. Ese mismo chico perdió todas las fotos, videos y objetos personales de su padre ya fallecido, pero donó la mitad de su propia ropa a los que no les quedó ni eso. 
Historias que aun parten el alma de los vecinos de una ciudad que en esas primeras semanas no podían salir del estupor. Los inundados y los que no. Emocionalmente paralizados. Llorando por sus mascotas perdidas o el original del título universitario, las herramientas de trabajo, los recuerdos.

La peor imagen de La Plata, no está en las fotos del desastre, está en la retina de quienes caminaron sus calles los días posteriores: gente con los ojos llenos de lágrimas en el ascensor de una oficina pública, paralizados en un semáforo o en medio de la acera, temblando. Aun hoy, cuando el cielo amenaza, se angustian.

Cuando amaneció ese miércoles 3 de abril la ciudad ya no sería la misma. un tizne pegajoso cubría todo el casco urbano e incluso en localidades lejanas como City Bell y Villa Elisa. Era ceniza que caía del incendio en YPF. 

Para dimensionar la situación basta señalar que sólo en las 48 horas posteriores a la tormenta la CEAMSE y la municipalidad recolectaron 13.000 toneladas de residuos cuando en un día normal la capital bonaerense produce 620 toneladas. 13.000 toneladas de objetos que salieron arrastrados de las casas de los platenses.

El agua estancada generó una epidemia de mosquitos que recién pudo ser controlada varias semanas después. Se recibían más de tres mil consultas diarias por problemas respiratorios y se frenó por acción del ministerio de Salud y la comuna la catástrofe sanitaria que parecía inevitable.

Pero la ciudad se levantó. Esta ciudad a la que la Presidente y el Gobernador le soltaron la mano, se recuperó con dignidad. Una ciudad que fue humillada, negada, silenciada, manipulada con entregas en negro de unos míseros pesos en los barrios o los ministerios. Una ciudad cuyos desesperados vecinos fueron tildados de “provocadores políticos” por la ministro de Acción Social de la Nación. Una ciudad a la que si se le hubiera destinado mil millones de pesos podría haber minimizado la tarea de reconstruir los hogares y comprar lo perdido; pero no. Días después, Cristina Kirchner anunciaba obras hídricas para una docena de municipios bonaerenses. La Plata no estuvo incluída. A tal punto llegó ese cinismo que la Presidente prometió, en el Hospital de Niños, que donaría 54 mil euros de un juicio a una periodista italiana que lejos estaba de poder percibir.

También fuimos testigos de las miserias humanas de saqueadores de pequeños comercios y supermercados. Los que cobraban "peaje" aun a los que se acercaban a los barrios humildes con comida o ropa, saqueos que la censura informativa negaba; de gendarmes que frenaban los camiones con mercaderías que llegaban de todo el país, en las Ruta 36 y 2 desde el interior y por Autopista La Plata, de Capital y Gran Buenos Aires, para que militantes de pechera practicaran la solidaridad, etiqueta mediante, y recién el fin de semana siguiente.

Durante meses miles de familias habitaron casas vacías por la imposibilidad de reponer muebles, sin ropa, sin utensillos, sin nada. Si la ciudad de La Plata se levantó desde esa misma mañana del 3 de abril, fue por el más impresionante rescate humanitario que hubiera visto este país y la conmovedora solidaridad del Pueblo argentino, que nunca se podrá agradecer como corresponde.

Aunque nunca quiso que se supiera, el técnico de la Selección Nacional de Fútbol, Alejandro Sabella, organizó un comedor comunitario en su casa, Juan Verón lideró desde el Country de Estudiantes la asistencia a miles de personas, la sede de Gimnasia y Esgrima se convirtió en un depósito donde entraba y salía ayuda. Desde los clubes de rugby San Luis, Los Tilos, La Plata y Universitario, se armaron verdaderos centros de asistencia que pusieron a trabajar a miles de platenses. 

Personas que no habían sufrido la inundación, cocinaban en sus casas y preparaban viandas, recolectaban ropa en sus cuadras y armaban los envíos. Tampoco fue raro cruzarse con coches particulares perdidos en la ciudad, que preguntaban a dónde dirigirse: gente que había cargado su auto y se había venido desde sus ciudades hasta La Plata con mercaderías.

No va a ser fácil para los platenses y todos los que llegaron a esta ciudad olvidar ese fin de semana posterior, los que recibieron ayuda, los que la brindaron, los que arrimaron una bolsa de papel con facturas, los que limpiaron las casas de sus amigos, los que organizaron los centros de evacuados, los militares que eran aplaudidos cuando ingresaban con sus camiones a los barrios, los voluntarios de la Cruz Roja.

Mientras tanto, desde el gobierno de la Provincia se cerraba la lista de fallecidos en un número muy apropiado -51- los cadáveres se amontonaban en la morgue policial, inhumados como "muerte natural no traumática", como se decidió oficialmente la misma mañana del 3 de abril para acelerar el levantamiento de cuerpos. Enfrentando la cortina que impuso el ejecutivo provincial, el juez Arias hizo lo que pudo y oficializó, casi un año después, 89 muertos. Así y todo, presiente que podrían ser muchos más: esos 89 son los que pudieron comprobarse.

La inundación que cayó sobre La Plata aquel 2 de abril no pudo haberse evitado. No se cuestiona lo que no pudo evitarse, se exige el cumplimiento sobre lo que sí se pudo haber aliviado. Si el radar meteorológico no hubiera fallado, si no se hubiera cortado la luz impidiendo que el alerta llegue a los vecinos, si no se hubiera interrumpido el servicio de los celulares para prevenirse, si la prioridad del Gobierno no hubiera sido rescatar en helicóptero a la madre de la Presidente, si todo eso no hubiera ocurrido, la tragedia no habría sido igual.

Aquellos días estábamos enojados y tristes. Esperábamos el rescate financiero para los damnificados que nunca llegó y que, un año después y devaluación mediante, ya suena a chiste. 

El ruego silencioso de los vecinos que habían perdido todo nunca fue escuchado. Se preocuparon por ocultar el dolor, pretendieron apurar el duelo y la sanación de los traumas. Hasta los muertos escondieron, porque nada, absolutamente nada detiene una campaña electoral.  

Pero aquí estamos, exigiendo Verdad y Justicia para La Plata.



Redacción de Perfil.com


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