SOCIEDAD


Me caso

A la hora de los papeles, la sensación de una mujer que realizó el gran paso, pero que a ella no le significó demasiado.

PERFIL COMPLETO


Foto:Cedoc

“El amor hay que regarlo todos los días. Lo que ustedes empiezan hoy es muy, muy, lindo. Yo siempre les digo que le regalen al otro un pequeño detalle, un chocolatito, un mensajito de te extraño, una caricia, todos los días tienen que cuidar esa cápsula que es el matrimonio, porque están ustedes dos y afuera el resto del mundo. Y tienen que protegerse de la negatividad del entorno, del exterior, que a veces es demasiado duro, es difícil".

Estas son las palabras textuales del juez que nos casó la semana pasada. Como ninguno de nosotros, ni “los novios” ni los testigos, queríamos decir nada, el juez se despachó con un discurso obsoleto que incluía lo anterior del chocolatito y la cápsula. Cuando terminó de hablar, lo primero que sugirió mi papá es que fuésemos corriendo al kiosco a comprar chocolates para tener en la despensa. Unos días antes le digo a una amiga que no me quiero casar y me pregunta irónica ¿por qué?, si es para siempre… Nadie parece entender que por amor no me caso, que me caso por los papeles, literalmente. Trato de luchar contra todos los lugares comunes y concentrarme en mi objetivo: un trámite burocrático necesario porque mi pareja es extranjera. Pero cuesta, uno no se imagina hasta qué punto están arraigados en la gente el vestido blanco y la fiesta guionada hasta que dice “me “Me caso” y abren los ojos echando chispas, casi empiezan a bailar sin música en cualquier lado, con ganas de canapés y champagne. Incluso los que alardean de intelectuales y marginales, los más rebeldes, esos que predican contra la monogamia y la preservación de la especie, cuando escuchan “me caso”, es como si activaran el chip de la felicidad, como si de repente participaran de buena gana de lo más básico de la convención social. “Me caso”, las palabras mágicas para insertar
en la sociedad a los más inadaptados.

Paso a ser “la novia”. Me llaman así. ¿Pero cómo? ¿No vengo siendo la novia hace siete años? Y no sé cómo defenderme de estos lugares comunes, no sé cómo escapar. Se alegra mi madre que nunca se casó, se alegra mi padre que tuvo hijos con tres mujeres y considera que lo mejor es mantener las casas separadas. Se alegra mi amiga que está en medio de un juicio de divorcio. Se alegran hasta los más tristes, los cínicos, los nihilistas y los fatalistas.

Lo llaman un gran paso. Parece que casarse es avanzar, ir hacia delante. Pero yo no logro sentir que voy a ningún lado. Por suerte a “el novio” le pasa lo mismo y nos reímos nerviosos a la noche, al comentar los ofrecimientos de ramos, tortas, arroz y muebles. Nos vamos a dormir confusos, como si la gente viese algo que nos está pasando y nosotros no pudiésemos sentirlo, nos vamos a dormir en la misma cama que compartimos hace cinco años.

Y por fin llega el día y el juez habla de la cápsula. Si le creo, además de dar un gran paso, me estoy metiendo en una cápsula que me aísla y me protege del entorno. Y es lo último que quiero hacer en este momento de mi vida, aislarme con mi compañero y agarrar los escudos para defendernos el uno al otro del resto del mundo. Como si yo sola no pudiese, como si me faltase un brazo o cualquier otro miembro para estar completa. ¿Cómo logré sobrevivir hasta el día de hoy fuera de ese búnker? ¿Cómo llegué hasta aquí tan feliz viviendo fuera de la cápsula?

Mientras el juez habla, miro a los testigos obligatorios y a los pocos familiares que invitamos a estar presentes en esto que para nosotros es un trámite. Según la teoría de la cápsula, ellos formarían parte de ese afuera tan peligroso que acecha al matrimonio. Los imagino del otro lado de una burbuja en la que sólo estamos “el novio” y yo, y ellos afuera, inalcanzables, como en otro planeta. Y me pregunto si yo también formo parte de esa gran amenaza para los que están casados.

El juez termina de hablar y nos obliga a besarnos, no puede faltar el beso final, el punto de la frase, la rutina que lo tranquiliza. Le damos el gusto porque en el fondo parece un buen tipo y, si para él basta con un chocolatito todos los días, sobre gustos no hay nada escrito. Nos besamos porque él lo pide, nada más. Besarse es otra cosa que hacemos mejor después, que venimos haciendo hace mucho. Besarse es otra cosa. Lo único que hicimos ahí fue casarnos.

(*) Especial para Perfil.com.



María Alvarez