SOCIEDAD EL CASO DE RAMON ESCOBAR


“Muchas parrillas quebraron y dejaron de tomar gente”


Foto:Sergio Piemonte
Ramón Escobar tiene más de veinte años de parrillero, y se quedó sin trabajo cuando El Parrillón de Recoleta, local donde trabajaba, presentó la quiebra hace unos años. Desde entonces vive de changas o trabajos en otras áreas, pero no volvió a conseguir trabajo en su especialidad, y todo se volvió aún más difícil hace tres meses, cuando se quedó sin un lugar donde vivir junto a su mujer y sus cuatro hijos.
Desde entonces, ocupan un sector de la Plaza de los Dos Congresos que da sobre la avenida Rivadavia, frente al cine Gaumont, donde piden permiso para utilizar los baños y proveerse de agua para higienizarse y cocinar.
“Cuando te quedás sin trabajo y tenés que vivir en la calle entrás en una rueda de la que es muy difícil salir. Sin trabajo no tenés dónde vivir, y si no tenés para alquilar una pieza no te queda otra que vivir en la calle, con todo lo que eso implica”, dice Ramón a PERFIL, sin perder su compostura pero con los ojos a punto de estallar por la impotencia de su situación. “Muchas parrillas fueron cerrando, y las que quedaban abiertas no tomaban personal. Nunca imaginé tener que pasar por esta situación”, agrega el hombre, de 45 años.
Después de trabajar en El Parrillón, Ramón hizo “changas” en otros locales como La Caballeriza o El Pobre Luis, además de otros trabajos, pero nada que le permitiera mantener a su familia. “También hice otras cosas, como trabajar en la construcción. De alguna manera tenía que pagar los ocho mil pesos por mes que me pedían en el hotel”, explica mientras acomoda algunas sillas oxidadas por estar a la intemperie.
Esperanzado, cuenta que esta semana su suerte podría cambiar ya que lo esperan para presentarse a trabajar en el Club Ferrocarril Oeste. “A través de un amigo, el presidente del club se enteró de mi situación y me ofreció trabajo en Ferro”, cuenta.
 Mientras se desarrolla la charla, sus hijos más grandes, Jonathan y Juliana, de 13 y 15 años, acomodan algunos de los cartones y plásticos que colocaron en el techo de la carpa que Escobar armó para vivir en la calle. Las más chicas, Melanie (9) y Sofía (1), los acompañan.
“Un vecino de la plaza me ayudó a armarla. Tenemos los colchones sobre pallets y la ropa en bolsas o colgada de una cuerda. Es lo único que nos quedó después de perder los muebles en una tormenta que duró varios días”, cuenta.
Y si bien su situación es difícil, con su esposa Carolina se preocupan por que los chicos no dejen de ir a la escuela. “Por más que estemos en la calle, ellos siguen yendo. Los dos más grandes van al secundario y la más chica, a la primaria”.

Claudio Corsalini