SOCIEDAD QUEDAN CINCO EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES

Por culpa de las tragamonedas, cayó 70% el público en los bingos porteños

En los últimos cinco años, la competencia de las “maquinitas” les quitó el reinado, y suman sólo cien personas por sala los días de semana. Cómo intentan sobrevivir.

Foto:Sergio Piemonte

Tres de la tarde de un día de semana. Un sol cómplice del otoño. Tras las puertas de vidrio esmeriladas del Bingo Congreso, se vive un tiempo aletargado. Es que ir al bingo parece estar démodé, y el fantasma de la decadencia ronda las salas. En la entrada, en la caja, se venden los pequeños trozos de papel cartón que pueden garantizar una ganancia o una pérdida, pero nada trascendental: nadie se hace millonario jugando al bingo.
En el hall hay carteles con la leyenda: “No lo conviertas en un problema”. Luego se ingresa a un mundo de mesas redondas con cajas de fibrones y una extensa carta con bebidas y comidas: todo listo para pasar varias horas allí dentro.
En la Ciudad de Buenos Aires quedan cinco bingos “tradicionales”: el de Belgrano, Flores, Congreso, el de la peatonal Lavalle, propiedad del empresario Nazareno Lacquaniti. Y el de Caballito, de Juan Vicente Cataldo. A cada uno, dicen desde el sindicato, concurren cerca de  mil personas los fines de semana, pero sólo cien los días laborables. Lejos quedaron las largas colas en las puertas, como sucedía diez años atrás. Esas mismas fuentes aseguran que en los últimos cinco años, los apostadores del cartón descenderon en casi 70%.
“Es muy dificil ganar mil pesos en el bingo”, admite Jorge, taxista que en su descanso se “despeja” con el azar, y reconoce que si bien “en los tragamonedas podés ganar más plata en un minuto, y también podés perderla en unos segundos”.
En el Congreso, la luz tenue y los colores ocre de la decoración hacen olvidar el día de otoño. En la paredes hay pantallas led y monitores ochentosos donde aparecen las bolas blancas con sus números grandes. “Mirta, dijo 67, 6,7. Anotá”, aviva una mujer a otra. El azar hace que 36 bolillas asciendan por el tubo transparente del bolillero, y una voz engolada las anuncie: “04”, dice el locutor, ante un murmullo que se genera y anticipa el grito enérgico de los apostadores: “¡Cartón!”. En pocos segundos, uno de los empleados acerca un trofeo al jugador que señala su suerte al resto.
La edad promedio ronda los 45 años. Y si bien estos espacios que se inauguraron en los ‘90 tuvieron sus tiempos de gloria, hoy sólo son recuerdos. “El público fue mutando, aparecieron las máquinas y el apostador más joven prefiere otra cosa. El bingo atrae gente más grande, sola, o de poco nivel adquisitivo, que con $ 200 puede jugar toda la tarde y tomar algo”, dice un empleado.
Pese a la baja de público y las dificultades para generar un pozo, hace cuatro años los bingos lograron evitar la quiebra tras un acuerdo con Lotería Nacional, que los eximió del pago del canon para mantener las fuentes de trabajo. Aunque sin modernización, el público seguirá siendo poco. “A veces se acumulan pozos interesantes y viene más gente, o cuando se arman propuestas gastronómicas o shows y hay más movimiento, pero no está ni cerca de lo que es en Las Vegas o en Atlantic City”, aclara un hombre, como si hiciera falta agregar algo más.


Cuánto mueve el juego
Según datos del libro El poder del juego, de Ramón Indart y Federico Poore, los argentinos apostaron en 2013 $ 105.600.000.000 en bingos, casinos y billetes de lotería, es decir, más de $ 2.500 per cápita por año. Esto equivale a un mes y medio de recaudación de impuestos del Estado nacional, y es el doble de lo que las provincias destinan a sueldos del personal de seguridad.
En la provincia de Buenos Aires, la empresa Codere cuenta con 5.500 máquinas tragamonedas, e ingresos que rondan los 620 millones de dólares. En México, con 19 mil máquinas obtuvo ingresos por sólo US$ 326 millones. Pese a las críticas, el gobierno bonaerense dice que tiene el canon más alto del país para las salas.



Gisela Nicosia