SOCIEDAD

Terror en Tortuguitas: "Se tomaron todo el whisky y les preparamos milanesas"

Daniel Presa revivió las horas de la toma de rehenes que padeció con su familia. El maltrato psicológico y las críticas a la jueza del caso.

Foto:Cristian Scotellaro

Daniel Presa tiene "bronca atragantada". Cerca de las 17 del jueves regresó a su casa, la misma en la que fue tomado de rehén durante seis horas junto a su familia. "Fue terrorífico", resume. El maltrato no fue físico, pero las huellas de las amenazas permanentes son latentes. Por momentos, Daniel se quiebra. Pese a que en la vivienda no quedan rastros de lo que ocurrió, más que una ventana rota, le cuesta tener que alejarse de la casa que tanto le costó construir junto a su mujer, Azucena Llaves. De a poco, pero a paso firme, los ladrillos comenzaron a dar forma a la casa que soñaron. El matrimonio levantó cada pared con esfuerzo y casi estaba terminada. A la vivienda sólo le restaba darle un toque de seguridad. Los dos perros que la cuidan ladran, pero no asustan.

La casa, ubicada en la calle Puerto Rico al 700, en el barrio San José, y a unas veinte cuadras de la Panamericana, no está custodiada. El único móvil dispuesto por la policía bonaerense cuida en una esquina a los móviles de televisión.

La odisea de la familia comenzó el jueves alrededor de las 14, mientras Daniel y Azucena trabajaban en la reja que colocarían frente a la vivienda, cuando dos hombres armados los sorprendieron y los tomaron como rehenes junto a su hija de 9 años. “Mi señora los había visto pasar y me dijo ‘mirá esos tipos, hace unos minutos pasaron para el otro lado’. Cuando nos quisimos dar cuenta, ya los teníamos dentro de la casa. Entraron al voleo. Se metieron y uno nos mostró el arma, y con eso fue suficiente. Ya sabíamos qué era lo que teníamos que hacer. El otro agarró un cuchillo tipo de pesca que había”, contó Presa a PERFIL, frente a la puerta de su hogar.

Se trataba de Marcelo Ameijeiras y Marcelo García. El primero fue condenado a prisión perpetua en 1999. En 2010, se fugó de la Unidad Penitenciaria 48 de San Martín y en septiembre se escapó de la comisaría 1º de Moreno. El momento de mayor tensión para la familia fue el inicio del asalto, cuando los delincuentes lo ataron, lo hicieron acostarse en el piso y le pegaron patadas porque no encontraban los celulares del matrimonio.

“Lo único que nos pidieron fueron las llaves del auto. Eso era lo único que querían, ni la plata ni joyas ni nada”, dijo Daniel. “Nos dijeron: ‘No somos asesinos, no somos violadores, pero acordate que tu familia está adentro’. Ejercían como una presión psicológica y vos no sabés para dónde iban a salir porque por momentos se descontrolaban porque la policía no les daba respuesta”, continuó.

Sin embargo, la víctima consideró que los ladrones “se comportaron bien”. “No nos maltrataron físicamente. Sólo nos queda el maltrato psicológico. Es terrorífico. Estás encerrado sin saber qué te va a pasar a vos, a tu mujer o a tu hija”, manifestó. “Las amenazas las hacían hacia afuera, a nosotros, no”. Los delincuentes “se tomaron el whisky que había en la casa y al final de todo les preparamos milanesas con arroz”.

“Mi familia está nerviosa, mi señora está mal. Los nervios que uno pasa no te los saca nadie. Le pedían perdón a mi hija por el mal momento que le estaban haciendo pasar, decían que ellos eran padres y que el problema no era con nosotros, sino que era político. Tenían bien claro qué hacer, pero no tenían un repertorio”, señaló.

El exilio obligado no es lo único que enoja al hombre que fue tomado como rehén. “No lo puedo creer, pero no me puedo quejar de los que me robaron y sí de los que nos deberían haber cuidado”, dice. Y agrega: “Quiero que los funcionarios me den una respuesta coherente: ¿por qué hay tantos prófugos? La gente vive con miedo”.

Daniel no puede quedarse. Azucena, su mujer, y su hija de 9 años lo esperan en algún lugar. Tienen miedo y no quieren volver. Al menos, por el momento. “¿Dónde vamos a ir a vivir? Esto pasa acá, en San Isidro y en cualquier country. Inseguridad hay en todos lados. La bronca es por no poder entender por qué tardaron siete horas para que una jueza les dé las garantías, cuando ellos desde un primer momento lo estaban pidiendo para entregarse. Ellos se querían entregar. Yo estaba con mi familia amenazada y ellos no aparecían, nadie daba la cara”



Cecilia Di Lodovico