SOCIEDAD NI UNA MENOS

Violencia de género: Contra todos y todas

Algo está muy mal si necesitamos marchar para que no nos maten. Por qué las mujeres somos las responsables de provocar el cambio que le corresponde a todos.

Ni una menos. Por tercera vez, Argentina marchó contra la violencia de género.
Ni una menos. Por tercera vez, Argentina marchó contra la violencia de género. Foto:DyN.

La violencia de género no es un tema de mujeres podría ser una buena frase para un sobrecito de azúcar. Para una colorida imagen de esas que se vuelven virales en cuestión de minutos y, también, en cuestión de minutos son olvidadas entre likes y compartidos en las redes sociales. Cualquier escritor de ego generoso y poca pluma podría hacerse dueño de ella. Y haría bien. Haría mejor -él y todos los que la leyeran- en buscar algunos de los argumentos por los cuales diríamos que este tipo de ataques, en cualquiera de sus formas, excede a la condición de las víctimas.

De momento, las mujeres pedimos que dejen de matarnos. Muchos hombres nos acompañan en el reclamo. A ellos como a nosotras nos estremece la crueldad de las embestidas: los cadáveres aparecen apuñalados, violados, desmembrados, quemados. En su gran mayoría, los informes forenses dan cuenta de conductas ensañadas y prácticas de tortura previa a la muerte. Y mientras la violencia crece, el reclamo más urgente es el de dejarnos vivir.

Después, sólo después, pediremos no sólo vivir, sino hacerlo con dignidad. Vivas, ya no pedimos ser sobrevivientes. No queremos pasar por la experiencia de ser atacadas con armas de fuego, armas blancas, ahorcadas, quemadas, y vivir para contarla. Tampoco maquillar las heridas manifiestas de estas agresiones ni disimular las impreceptibles. Mucho menos ser violadas: el ejercicio de nuestra sexualidad, en cualquiera de sus formas, debe estar basado en nuestra decisión personal. Cuando nosotras querramos y el otro, la otra, también lo quiera.

Cuando pase el peligro del ataque físico, pediremos que los atacantes y las atacantes nos dejen tranquilas. Caminaremos por la calle sin pensar en órdenes de restricción ni silbatos y pelearemos por ser respetadas en otros ámbitos.   

Complicidad. No hay perspectiva correcta para avanzar en la consigna de #NiUnaMenos ni la marcha del #MiércolesNegro si pensamos que se trata de un intento para acabar con la creciente violencia contra las mujeres sin tener en cuenta todo el tejido de víctimas indirectas de esta problemática. Hay mujeres muertas, hombres muertos, niños muertos a modo de castigo contra las destinatarias reales de esta brutalidad. Hay mujeres sobrevivientes, hombres sobrevivientes y niños sobrevivientes de estos ataques, deudos eternos del espiral de furia.

Según datos de La Casa del Encuentro, entre 2008 y 2015, 2094 mujeres fueron asesinadas. 2518 chicos perdieron a sus madres; de ellos, 1617 eran menores de edad. En ese mismo lapso temporal, 205 personas fueron asesinadas en el intento por impedir el femicidio o a modo de castigo indirecto contra la mujer a la cual se destinaba la agresión real. Sólo en lo que va de octubre, ya son 20 las muertas por cuestión de género. El detalle de los casos es cada vez más escabroso y los medios de comunicación se empeñan en alternar entre la obligación de informar y la alimentación de un morbo perverso y ultrajante hacia las víctimas y su entorno. Acaso la corporativa defensa del periodismo a determinados agresores mediáticos merezca un análisis aparte.

Sabemos que Claudia Schaefer recibió 74 puñaladas de parte de su exesposo, y que su exsuegra justificó el crimen porque ella lo “había vuelto loco”. Que Lucía Pérez -última gota del vaso- fue drogada y empalada, y que la “entregó” una amiga. Sospechamos que a Erica Soriano la cremó su expareja, con ayuda de familiares y conocidos. Estaba embarazada, al igual que Chiara Páez. A ella la mató a golpes su novio. Fue enterrada en el fondo de la casa, en complicidad con la familia de él.

En estos y otros casos, pasa inadvertida la red de ayuda con que cuentan los femicidas para concretar tales delitos y el hecho de que esa cadena de encubrimiento está compuesta por mujeres. También pasa inadvertida la violencia ejercida por las mujeres hacia sus congéneres. Algunas dicen entender el rapto de furia de Ricardo Barreda. Preguntan cómo es que los padres de Melina Romero permitían que su hija saliera sola, de noche, con ropa provocativa. Celebran y hasta toman partido en una pelea mediática entre dos, a las que tildan de bragueteras. Y mientras ellas mismas ejercen diversas formas de violencia simbólica, se preguntan cómo llegamos a este rapto de anomia y exigen una solución mágica a las autoridades. Nada dicen sobre la escasa representatividad que tenemos en el Congreso, los sindicatos y la Justicia, ni tampoco por qué los hombres que ocupan esos cargos no promueven políticas de prevención y ayuda a las víctimas de violencia.

¿Esas mujeres se habrán preguntado cuál es su cuota de responsabilidad sobre una educación igualitaria entre chicos y chicas? ¿Por qué el énfasis de su falso feminismo se agota en el repudio al que las nenas se harten de usar el color rosa al mismo tiempo que evalúan, con doble vara y sin fundamento, el éxito profesional de una colega en función de su generosidad sexual?

Somos nosotras las que nos debemos una autocrítica real, corrosiva hacia la falsa progresía y el fantasma del heteropatriarcado como culpable de todos los males, de modo de reconocer qué hicimos mal, qué hacemos mal y qué nos espera. Por qué hay una generación de mujeres que desprecia a sus pares, y una de hombres dispuestos a vulnerarnos hasta la muerte. Hay una legión de varones dispuestos a acompañarnos en esa defensa y a ser responsables, junto a nosotras, de esa bandera.

Sin poder reconocernos en la igualdad, las que estamos, los que estamos, somos la muestra real de la derrota en términos culturales. Aun así hablamos hoy en nombre de las víctimas. Ellas deberían estar a nuestro lado. Vivas. Intactas. Siempre.


(*) Editora general de Perfil.com. En Twitter: @ursulaup