UNIVERSIDADES POR UNA MEJOR EDUCACION

Los rankings universitarios: hora de asumir las propias responsabilidades

Ser reconocida entre las mejores instituciones de nivel superior es un honor para una unversidad, pero cuando esto no sucede se cuestionan los parámetros con que se mide. Quizá es tiempo de asumir errores para poder mejorar y superarse.

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Con la aparición del Ranking Shanghai de Universidades 2015 surgieron como otros años protestas y críticas de funcionarios o especialistas en educación. La principal objeción es que se toman en cuenta indicadores de investigación, de prestigio académico y de publicaciones que favorecen a las universidades anglosajonas o europeas. Colateralmente hay que recordar que las universidades chinas y asiáticas están compitiendo también para lograr el reconocimiento de varias universidades de rango mundial.
¿Qué pasaría si en lugar de indicadores de producción científica se tomaran en cuenta indicadores pedagógicos, sociales o económicos? Veamos algunas de estas posibilidades.

Rendimientos académicos y pedagógicos. en las universidades públicas argentinas el fracaso académico alcanza a cerca del 80% de los estudiantes si tenemos en cuenta la desaprobación de exámenes, el retraso escolar por la prolongación excesiva de las carreras y las deserciones. Desde este punto de vista ninguna universidad argentina formaría parte de las primeras 500 del mundo, ni siquiera la UBA.
Inclusión social, deportiva y becas. El gasto por alumno en beneficios de becas, actividades deportivas, residencias, recreación o asistencia psicológica está muy debajo de cualquier universidad norteamericana o de la Unión Europea. Muchas universidades norteamericanas que utilizan el deporte como un mecanismo de inclusión social tienen equipos de básquet, béisbol, rugby y otros famosos. En Chile encontramos el equipo de fútbol Universidad Católica y el Universidad de Chile como clubes de primera. No existe algo parecido en Argentina. Las becas que otorga Brasil para estudiante en las universidades públicas superan en varias veces el número y el monto de lo que se consigue en Argentina.

Libros, bibliotecas, accesos informáticos. ¿Cuántas computadoras por alumnos tienen nuestras universidades nacionales? En general se consiguen algunas en la biblioteca y otras ocasionalmente en las salas de informática. Pero la disponibilidad es bajísima comparada con la que existe en universidades privadas argentinas o en universidades públicas de Brasil o Chile.
Si hablamos de libros sobre el conjunto de los saberes podemos decir que la mayoría de las universidades públicas tiene menos libros que los que tenía la Biblioteca de Alejandría hace unos 2.300 años (cerca de 600 mil manuscritos). La compra de libros compite en la asignación de gastos de las universidades con la compra de nafta o papel higiénico.

Situación de los posgrados. El posgrado es la máxima instancia académica de la Universidad desde la Edad Media a la fecha. Curiosamente, los estudios de posgrados no tienen ni estructura, ni presupuesto, ni claustros en las universidades públicas. La mayoría son arancelados, mientras que los estudios de grado son gratuitos. Se les cobra incluso a los profesores para formarse. El posgrado creció en los últimos veinte años, pero todavía no existen políticas coherentes al respecto.
Estos son algunos ejemplos de cosas que no se consideran en los rankings internacionales y que podrían considerarse relevantes para comparar universidades. Si aplicáramos algunos de estos indicadores las universidades públicas argentinas figurarían en el pelotón de las últimas de América Latina y el mundo.

Generar. De modo que privilegiar la investigación y la publicación de papers y el número de Premios Nobel no está tan mal para que la universidad argentina logre alguna representatividad entre las mejores del mundo. A los defensores de la imagen de la universidad pública se les ha escapado, en cambio, algo muy importante para ganar mayor prestigio: la capacidad de las universidades nacionales para realizar proyectos de servicios, de transferencia tecnológica para las empresas, las organizaciones sociales o el Estado. Ningún país de América Latina nos supera en eso, salvo Brasil en cuanto a la creación de incubadoras universitarias de empresas (tienen más 800 contra las treinta que tenemos en Argentina). En la crisis del 2001 se pudo constatar que las universidades nacionales tenían capacidad para ayudar a la recuperación de industrias o para organizar emprendimientos entre los desocupados o para asesorar a organismos del Estado en cuestiones vitales. Y en poco tiempo las universidades nacionales llegaron a facturar más de US$ 100 millones anuales en servicios a terceros. Esto sí es relevante e importante.

Resulta lamentable que algunos rectores de universidades nacionales rechacen los rankings simplemente porque no figuramos entre el pelotón de los mejores. Se ha propuesto en cambio, en acuerdo con universidades latinoamericanas, establecer otro ranking regional con características locales. Por ejemplo, figuraría el hecho de que los estudiantes pueden cogobernar las universidades adquiriendo una experiencia política. Lo cual forma parte del legado de la Reforma Universitaria de 1918. Pero no está previsto que figure la incursión dominante de partidos políticos y sindicatos en el gobierno de la universidad, violando el sentido cabal de la autonomía que reposa sobre la independencia de los profesores y alumnos con respecto a cualquier poder político, económico o religioso.

Reconocer. En lugar de rechazar los diagnósticos, las evaluaciones o los indicadores de rendimiento (que son instrumentos para conocer nuestra propia realidad) deberíamos poner en evidencia nuestros problemas para solucionarlos. Por ejemplo, el monumental problema de los bajos rendimientos académicos de las universidades públicas ante el cual no atinamos a elaborar políticas sistémicas coherentes mientras ensayamos otro tipo de manifestaciones puramente expresivas.

*Ph.D. Profesor del Doctorado en Políticas y Gestión Universitaria (Untref) y de la Maestría en Gestión Universitaria (U.N. de Mar del Plata).



Augusto Pérez Lindo