El banco cerca
Entre los tantos y tantos locales que van quedando vacíos en el paisaje cada vez más desolado de un país cada vez más pobre, varios corresponden a sucursales de banco que se dan de baja y se anulan. Todo tiende a la desmaterialización virtual en el mundo de hoy, y el dinero pasó por eso mucho más y mucho antes; pero se siente más raro el hueco que queda en los locales vacíos de lo que fue sucursal bancaria, el lugar donde la plata estuvo y circuló, que en los locales donde antes hubo pantalones, zapatillas o libros, pinturas o discos o lácteos, comida para perros y gatos.
Quienes consideran que la sociedad de los humanos se regula según las leyes naturales que en su momento estableció Charles Darwin, no vacilan en considerar que si todos esos rubros sucumben y se extinguen, es porque no atinaron a reinventarse (aunque casi nunca queda claro cómo es que podrían haberse reinventado). Lo de las sucursales de banco es, en cambio, muy distinto, porque está claro que esas entidades supieron muy bien cómo reconvertirse. Lo hicieron mediante un traslado tan pronto como efectivo: ¡ahora funcionan en nuestras casas!
No, no, no: la plata claro que no está ahí, pero los trámites ahora sí se hacen ahí, en la casa de cada cliente, y tiene que hacerlos el propio cliente, ya no un empleado del banco. La idea de que quedarse uno metido en su casa haciendo trámites en la computadora durante el tiempo que se sobreentiende que corresponde a su descanso o su esparcimiento, es presentada usualmente como ventajosa; también se insiste, mediante diversas campañas publicitarias, en que son tareas muy sencillas de hacer, sólo hay que bajarse la aplicación y seguir el instructivo, como si los trabajos que son fáciles de hacer dejasen por eso de ser trabajos y no hubiese por ende que remunerarlos (cosa que tenían que hacer con sus empleados en la sucursal original).
Quedarse uno metido en su casa puede en principio resultar preferible, sobre todo cuando se lo elige libremente. Pero es dudoso que esa elección sea tan libre como se pretende. Y es difícil que resulte preferible siempre: también hay un mundo ahí afuera por vivir.
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