Biografias

Genio y figura

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En ocasiones me paso la semana entera preguntándome acerca de los temas a elegir en el momento de redactar mi columna. Los temas van, vienen como  mariposas híbridas que quiero atrapar con la red que agitaba un genio ruso durante sus vacaciones en los Apalaches vestido con una camisa rústica y unas bermudas ridículas, apariencia que justificaba un aserto de nuestro genio local: “En Oriente alguien muere a los ochenta años en su cama y en posesión de una perfecta sabiduría, mientras que en Occidente muere a la misma edad en pantalones cortos y pegándole a una pelotita de golf”. Cierto que no necesariamente la frase aludía al otro, pero ambos genios se habían leído con alevosía, gustaban defenestrarse mutuamente en operaciones de serrucho del Nobel de Literatura. Uno, el otro, dijo del nuestro; “Al empezar a leerlo creí estar a las puertas de una enorme catedral. Después me di cuenta de que solo había un frontispicio”. El nuestro dijo del otro que no lo había leído y pidió que le repitieran el nombre, fingiendo no haber escuchado bien; “¿Nabobo quién?”.  Las citas parecen textuales, pero no lo son, querido lector. Al menos repongamos los nombres de los autores. Borges y Nabokov, y agreguemos algo más acerca de ambos. A partir de cumplir los sesenta años Borges se la pasó diciendo que estaba viejo, que ansiaba morir y ganarse el olvido (vanidad de vanidades, sabía que se había ganado una forma efímera de la eternidad hecha de nuevas generaciones de lectores); Nabokov, en su Ada o el Ardor -novela tilinga, aristocrática, racista, machista y pedofílica y extraordinaria y conmovedora de principio a fin-, escribió: “¡Échenle a la calle! ¿Quién ha dicho que yo moriré?”. (“Yo” léase con bastardillas).

Perdido en esas vacilaciones, a veces me digo que escribiré de política, asentando mis opiniones acerca de la situación nacional e internacional y proponiendo alternativas al presente estado de cosas, siempre apocalíptico, pero a último instante algo me disuade. Aparte de que la gran mayoría de los artículos abundan sobre los mismos asuntos, su lectura produce un efecto de insatisfacción derivado de la técnica decepcionante del periodismo, que simula una verdad completa y un saber articulado sobre la escena a tratar y concluye siempre en recortes de información pellizcada en algunos pasillos oscuros y gajitos de interpretación ligados a las creencias sinceras o las meretricias conveniencias del firmante. En cualquier caso, estoy siempre a punto de escribir sobre político y casi nunca lo hago. Y si se me ocurre hacerlo, me sale peor que a la mayoría. Y como aceptarse peor que otros afecta hasta los egos más sólidos prefiero dirigir mi vista a cualquier otra parte y me las arreglo para encontrar un Objeto A. Ayer encontré dos. El primero fue la biopic de Moria Casan. Siempre me desconcertó el culto que se le rinde a las tres integrantes estelares de la derecha televisiva. Me refiero a Moria, Susana y Mirta. Malas actrices las tres (aunque al menos Mirta aprendió a preguntar, además de interrumpir), y crecientemente afectadas de infatuación las otras dos, sacrificaron todo resto de frescura en beneficio del falsete y la impostación. Susana hizo renta de la celebración de la estulticia y el prejuicio como falsa ingenuidad y fresco encanto, y Moria presumió siempre de la forma elemental de inteligencia que es la velocidad de respuesta y la carencia de reflexión. Pues bien. Me puse a ver su biopic-serie en Netflix, preguntándome ¿por qué, Dios mío, ¿por qué? Lo primero que me fastidió fue esa representación de mujer fatal, de chabona brava provista de lengua karateca, y la obscena apoteosis que el personaje encuentra en la palabra “¡Éxito!”, ese mantra capitalista que postula el uso y anula el valor. Solo que ahora el éxito es el único valor que no se discute. Y acabo de ver que esta serie acaba de aparecer como una de las diez más vistas a nivel mundial. ¡Increíble! ¡El mundo conspira contra mis gustos y opiniones! No obstante, a mitad del primer capítulo de la miniserie me di cuenta de que sólo se trataba de un cuento de hadas, Cenicienta con ovarios para millones, con una Moria brillantemente interpretada o parodiada en todos sus tics de cartulina por su hija Sofía Gala. Comprendido esto y sabido lo otro, apagué la televisión. Ya no me interesaba recorrer las distintas instancias vitales de la biografía de una mujer que convirtió su cuerpo portentoso en una simulación de estilo y a su chabacano charloteo en la versión vernácula y deslustrada, del epigramático Oscar Wilde. El segundo Objeto A era el caso de la tumba de Recoleta vaciada de sus moradores para instalar un kiosco bar. Pero como se acabó el espacio, te la debo, lector.