opinión

Mentiras verdaderas

En pintura, por razones obvias, los nombres de los falsificadores conocidos son menos de los que ejercen el oficio.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Cuando leí por primera vez Siluetas, un libro de Luis Chitarroni en el que el retrata a cuarenta y tres escritores, estaba advertido de que algunos de ellos no existían. Dado que la gran mayoría de esos nombres me eran desconocidos, supuse que eran inventados. Pero no: mi ignorancia se combinaba con la erudición del crítico y creo que solo uno era de su invención. De todos modos, no sé si hoy sabría reconocerlo. 

Traigo a cuento esta anécdota porque fue una de las tantas pruebas de que mi capacidad para distinguir lo verdadero de lo falso siempre fue muy baja, y esto es un problema si uno se ocupa de materiales escritos, pero sería aun mayor si mi trabajo fuera autenticar pinturas. Es que en la artes plásticas, la copia y la imitación son un asunto serio (quiero decir, un asunto en el que hay dinero de por medio) mientras que en materia literaria la reseña o la biografía imaginarias son un género en sí, practicado por escritores importantes (Borges, Bustos Domecq, Lem y Schwob fueron algunos de sus cultores). En pintura, por razones obvias, los nombres de los falsificadores conocidos son menos de los que ejercen el oficio. Digo pintura y no artes plásticas porque, aunque debe haberlas, es más difícil que existan estatuas falsificadas. Mientras que, si hablamos de instalaciones, la cuenta se invierte ya que el género tiene en sí bastante de mentira y todas son de algún modo sospechosas.

Todo esto nos lleva a un tema candente, que es el de las fake news. No me refiero a las que forman parte de campañas de inteligencia política que intentan descalificar al adversario atribuyéndole actos deshonrosos, escandalosos o contrarios a su ideología, sino a las mucho más pedestres que abundan en las redes sociales. Acá vuelvo a mi dificultad para distinguir la realidad de la fantasía y a la innumerable cantidad de veces en las que creí en el cuento del tío que me hacían en un tuit. Además, el bochorno que resulta de comprobar mi credulidad indiscriminada es doble, porque llega bajo la forma de un enemigo que me dice algo como: “Solo un tarado como vos puede creer que eso es cierto” (en X uno descubre a diario que tiene enemigos desconocidos y en general anónimos que hasta ese momento no se habían manifestado). 

En ocasión del último mundial de fútbol, las fake news alcanzaron un volumen aplastante, sobre todo bajo la modalidad de la falsa atribución. Después de cada partido proliferaban tuits que reproducían supuestos comentarios de ex jugadores y técnicos. Así fue como más veces de las que me habría gustado me encontré dándole likes a declaraciones de famosos con las que coincidía o repudiando otras que me parecían disparatadas para que minutos más tarde me llegara la desmentida acompañado de un insulto. Ahora, más sereno, me admiro de la capacidad de esos usuarios de X para producir esos textos verosímiles en unos casos e irritantes en otros. Dicen que los perpetradores ganan dinero haciéndolo, pero me parece dudoso que sea en cantidades que justifiquen su empeño, más bien creo que se divierten a costa de los tontos como yo. Al final, son una forma de arte y creo que debería haber un premio Nobel para las fake news más ingeniosas y más verosímiles, o acaso para las más repugnantes y llamativas. Después de todo, tampoco los premios en sí son confiables.