Asuntos internos

Un arte conservador

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Las leyes suelen sobrevivir a las razones que las hicieron nacer. Uno sigue viendo en algunos pueblos esos carteles que ordenan avanzar al paso porque hace un siglo cruzaban caballos, aunque ahora apenas pase un automóvil cada veinte minutos. Algo parecido ocurre con ciertas costumbres del lenguaje. Conservan una explicación histórica que ya casi nadie recuerda.

La poesía pasó varios siglos obedeciendo a una legislación minuciosa. Cada verso debía medir exactamente lo que debía medir; cada acento caer donde correspondía; cada rima caer en el momento preciso. Si una palabra no encajaba, el poeta no modificaba el verso: modificaba, aunque fuera apenas, la palabra. El idioma era un material noble, pero también maleable.

La antigua métrica dio nombres técnicos a esas operaciones. Llamó diástole al desplazamiento del acento hacia una sílaba posterior y sístole al movimiento contrario. Eran licencias admitidas por un sistema extremadamente riguroso. Góngora, Quevedo, Lope de Vega y tantos otros escribían dentro de una arquitectura verbal cuya precisión hoy resulta difícil de imaginar. Un endecasílabo era una forma que exigía obediencia debida.

Alrededor de esas licencias gravitaba toda una pequeña ingeniería del idioma: sinalefas, sinéresis, diéresis, hiatos deliberados. El poema estaba lleno de mecanismos invisibles. Lo que el lector percibía como naturalidad era, muchas veces, el resultado de una paciente violencia ejercida sobre la lengua.

La alteración estaba prevista por la tradición y era reconocida tanto por quien escribía como por quien leía. Se aceptaba modificar momentáneamente las palabras para que el verso encontrara su equilibrio. Era una convención. 

La poesía moderna fue desprendiéndose poco a poco de esas obligaciones. El verso libre dejó de confiar el ritmo a un molde fijo. El ritmo pasó a surgir de la respiración, de la sintaxis, de las repeticiones, de los silencios, de los cortes del verso. El poeta ya no necesitó violentar una palabra para que coincidiera con un esquema previo. Si una palabra no funcionaba, simplemente elegía otra.

Ese cambio volvió sospechosas muchas de las viejas licencias. Una palabra acentuada artificialmente para cerrar una rima suele sonar hoy menos a destreza que a apuro. El oído contemporáneo ya no acepta con tanta indulgencia ciertos trucos porque desapareció la necesidad que los justificaba. Donde antes había una convención métrica, ahora suele percibirse un ripio.

La canción, en cambio, permanece sometida a una autoridad exterior. La música impone duración, compás, respiración, ataque y caída. Una sílaba debe coincidir con una nota; una palabra tiene que llegar exactamente al final de un compás; la rima aparece donde la melodía la reclama. El autor de canciones dispone de menos libertad de la que suele suponerse. Escribe para una estructura que no puede desobedecer.

Por eso la canción conserva procedimientos que la poesía prácticamente abandonó hace mucho. Alarga vocales, comprime palabras, desplaza acentos, elimina consonantes, inventa apócopes, convierte en tónica una sílaba que normalmente sería átona o acomoda la pronunciación para que la rima cierre con exactitud. La música vuelve aceptables esas maniobras. Lo que dicho en voz alta resultaría artificial, cantado puede parecer completamente natural.

No todas esas alteraciones son defectos. El canto modifica inevitablemente la prosodia. Una sílaba puede prolongarse sin alterar el acento de la palabra, y una nota fuerte puede iluminar un lugar inesperado de la frase. El problema aparece cuando la música ya no transforma la lengua sino que la fuerza de manera visible. Entonces el oyente advierte el mecanismo.

Las antiguas licencias métricas no desaparecieron, solo cambiaron de domicilio. Abandonaron los tratados de retórica y encontraron refugio en las letras de canciones. Allí siguen viviendo, muchas veces sin que nadie las nombre. La poesía aprendió a confiar un poco más en el idioma; la canción sigue negociando con él cada vez que una melodía le exige una sílaba donde no la hay o un acento donde nunca estuvo.