El buen lugar
Se trata más bien de una historia crítica desde Platón y Tomás Moro, hasta lo que juzga utopías parciales o partidistas (entre otras, socialistas, corporativistas, cooperativistas) que aparecieron en el siglo XIX. Éstas, a su vez, caen bajo la clasificación de utopías de escape, que se completa con las de reconstrucción, aunque sobre ninguna se derrama una lluvia de elogios.
Posiblemente La rebelión de Atlas (1957), novela de la escritora y filósofa liberal-libertaria Ayn Rand, en la cual relata un lock out de los empresarios prominentes en Estados Unidos contra el gobierno y el sistema político, es la última gran utopía moderna, en una época donde el género ya ha decaído. Así como las utopías prosperan, en realidad, entre los siglos XVII y XIX (y solo en la modernidad), las distopías se multiplican en el siglo XX –sin considerar el actual, distópico en general–, y no solo en la literatura sino también en el cine y la historieta (en otras palabras, en el cómic y el manga). En ese sentido, la ficción utópica de Rand, cuya obra ficcional está cargada de elementos utópicos, representa la expresión tardía del utopismo económico del siglo XIX. Al menos esto se infiere del capítulo 11 y de la misma cronología de esta historia de las utopías, publicada por primera vez en 1922 –y reeditada con fervor– del urbanista, sociólogo, historiador y filósofo de la técnica Lewis Mumford (1895-1990), que ha llegado a ser un autor de varios libros clásicos, como Técnica y civilización (1932) o La ciudad en la historia (1961).
A ellos, por supuesto, hay que agregar el volumen sobre las utopías del joven Mumford, tanto un historiador como un filósofo del pensamiento utópico y no por partes iguales – nada de eso –, porque se trata más bien de una historia crítica desde Platón (inclusión discutible) y Tomás Moro –el auténtico fundador del género–, hasta lo que juzga utopías parciales o partidistas (entre otras, socialistas, corporativistas, cooperativistas) que aparecieron en el siglo XIX. Éstas, a su vez, caen bajo la clasificación de utopías de escape, que se completa con las de reconstrucción, aunque sobre ninguna se derrama una lluvia de elogios.
Es cierto que Mumford simpatiza más con unas y menos con otras, por ejemplo, la utopía estatista e industrialista de Edward Bellamy (la novela Looking Backward, de 1888, ambientada en el año 2000 y la siguiente, de 1897, Equality) le parece sombría y mecánica, mientras el comunismo gremial de Cristianópolis (1619) de Johann Valentin Andreae, pastor luterano y polígrafo, le despierta admiración, solo morigerada por las tendencias moralizantes del utopista.
Del mismo modo, desestima la novela Freiland (1890) del economista Theodor Hertzka, una fantasía liberal-social, por seca e incolora, pero la influyente utopía de los falansterios de Charles Fourier (1772-1837) –un orden social igualitario basado en las pasiones– lo entusiasma en cuanto reconoce la pluralidad y la desigualdad humana y, por primera vez, presenta un plan para civilizar la barbarie industrial de comienzos del siglo XIX. En otros términos, Mumford es antiutópico, sobre todo con referencias a determinado utopismo (científico, tecnológico, militar, nacionalista), a la vez que recupera del pensamiento utópico, aquí y allá, lo que entiende beneficia las potencialidades humanas inhibidas en la vida real. De ahí que, en vez de la utopía (“no lugar”) propone la eutopía, es decir, imaginar y pensar el “buen lugar”.
Historia de las utopías
Autor: Lewis Mumford
Género: ensayo
Otras obras del autor: Técnica y civilización; La ciudad en la historia; El mito de la máquina; La cultura de las ciudades; El pentágono del poder
Editorial: Godot, $ 30.900
Traducción: Diego Luis Sanromán
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