El arte de perder
Elisabeth Kübler-Ross no pensó en Italia cuando describió las cinco etapas del duelo, pero podría haberlo hecho sin cambiar una sola coma. Negación, ira, negociación, depresión y aceptación: un itinerario emocional que sirve tanto para la pérdida de un ser querido como para la eliminación de una selección que, a fuerza de historia, se creía inmune a estas cosas. Italia, en efecto, consiguió lo improbable: convertir la ausencia en costumbre y el desconcierto en rutina.
La negación, como corresponde, fue breve pero intensa. Italia no quedó afuera, se decía en voz baja y en voz alta, hubo un malentendido, un error técnico, un formulario extraviado en algún escritorio de la FIFA. Nadie falta tres veces seguidas a un Mundial sin que el universo se equivoque. Es una cuestión de prestigio, de equilibrio cósmico, casi de geometría moral.
Pero la realidad tiene la desagradable costumbre de insistir. Y entonces llegó la ira, que en Italia no es un estado de ánimo sino una forma de expresión cultural. Los diarios hablaron de “fracaso”, de “todos a casa”, de sistemas que hay que “azzerare”, partir de cero, como si el problema fuera una aplicación que se cuelga y no un entramado más bien complejo de decisiones, inercias y tardes infelices. En esa fase, todos son culpables: los jugadores, el entrenador, la federación y, con un poco de imaginación, también el clima, la historia y la alineación de los planetas.
La negociación vino después, inevitable y creativa. “Si aquel penal...”, “Si ese cambio...”, “Si la pelota entraba dos centímetros más a la izquierda...”. El condicional es el idioma oficial del derrotado, una lengua flexible que permite ganar todos los partidos después de haberlos perdido. En ese territorio, Italia no solo se clasifica: levanta la copa con una solvencia que el mundo real le niega con cierta crueldad.
Luego se instala la depresión, que en el fútbol adopta formas curiosamente teatrales: primeras páginas negras, publicaciones en redes sociales que parecen mensajes suicidas, silencios cargados de sentido. Es la etapa en la que uno sospecha que no se trata de un accidente aislado sino de una tendencia, una inclinación persistente hacia el borde equivocado de la historia. Tres ausencias consecutivas dejan de ser una anécdota para convertirse en un relato.
Finalmente, la aceptación. Una aceptación incompleta, provisoria, casi tímida. Se admite que no habrá Mundial, pero se habla de reconstrucción, de proyectos, de volver a empezar con esa fe que el fútbol produce incluso en sus víctimas más recientes. Porque si algo distingue al hincha es su capacidad en creer que hay otra vez, incluso cuando la evidencia sugiere lo contrario.
Italia, mientras tanto, queda suspendida entre lo que fue y lo que insiste en no ser. Cuatro títulos mundiales no alcanzan para clasificar y la historia, que suele ser un refugio, empieza a parecerse a un museo: admirable, pero inútil para resolver el presente. Quizás ahí radique la verdadera incomodidad de esta derrota: no en la ausencia en sí, sino en la sospecha de que ya no es excepcional.
Elizabeth Kübler-Ross no lo dijo, pero podría haberlo añadido como una sexta fase: la ironía. Ese momento en que uno, cansado de la tragedia, decide mirarla con una sonrisa torcida. Italia, que siempre supo ganar con estilo, parece haber aprendido también a perder con una elegancia involuntaria. Y en ese aprendizaje hay algo casi admirable: la capacidad de convertir el desastre en narrativa y la narrativa en una forma no del todo inútil de consuelo.
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